El día que rompí mi boda: Cuando el amor no es suficiente
—Mamá, la boda se cancela. No me caso con Álvaro.
El teléfono tembló en mi mano mientras escuchaba el silencio helado al otro lado. Mi madre, Carmen, tardó unos segundos en reaccionar. Sabía que estaba sentada en la cocina, probablemente con el delantal puesto y las manos húmedas de fregar los platos del desayuno. Podía imaginar su cara: cejas fruncidas, labios apretados, ese gesto que siempre me hacía sentir como una niña pequeña.
—¿Pero qué dices, Lucía? ¿Te has vuelto loca? ¡Si ya está todo pagado! ¡La iglesia, el restaurante, las invitaciones! ¿Qué le digo yo ahora a tu tía Pilar?
Me mordí el labio para no llorar. No podía más. Llevaba semanas fingiendo, sonriendo en las pruebas del vestido, aguantando los comentarios de mi suegra sobre la mantilla y el menú. Todo el mundo decía que Álvaro y yo éramos la pareja perfecta. «Sois como los de las películas», decían en cada reunión familiar. Pero nadie sabía lo que pasaba cuando se cerraba la puerta de nuestro piso en Chamberí.
La última discusión fue la gota que colmó el vaso. Era sábado por la noche y yo había llegado tarde del trabajo. Soy enfermera en el hospital Gregorio Marañón y aquel día hubo un accidente múltiple en la M-30. Llegué agotada, con ganas de una ducha y una cena tranquila. Pero Álvaro estaba sentado en el sofá, con cara de pocos amigos.
—¿Otra vez tarde? —me soltó sin mirarme—. ¿No te das cuenta de que tienes que priorizar? Cuando estemos casados esto no puede seguir así.
Me quedé paralizada. No era la primera vez que me lo decía, pero esa noche sentí que algo dentro de mí se rompía. ¿Priorizar? ¿Dejar mi trabajo, mi vocación, porque a él le molestaba cenar solo? Me fui al baño y me miré al espejo. Tenía ojeras, el pelo recogido a toda prisa y la piel marcada por la mascarilla. Pensé en mi abuela Rosario, que siempre decía: «Busca a un hombre que te quiera con las manos limpias y el corazón aún más».
Esa noche dormí en el sofá. Álvaro ni se acercó. Al día siguiente, mientras desayunábamos, me soltó una frase que aún resuena en mi cabeza:
—Deberías aprender de mi madre. Ella siempre ha sabido cuál es su sitio.
Me atraganté con el café. ¿Su sitio? ¿Eso era lo que esperaba de mí? ¿Que renunciara a mis sueños para convertirme en la sombra de su madre? Recordé todas las veces que había cedido: cuando cambié de turno para ir a cenar con sus amigos, cuando acepté mudarme cerca de su trabajo aunque a mí me quedara lejos todo… Y ahora, ¿también tenía que renunciar a mi futuro?
Esa misma tarde fui a casa de mi amiga Marta. Lloré como una niña pequeña mientras ella me abrazaba y me decía que no estaba sola.
—Lucía, si dudas ahora, imagina dentro de diez años —me susurró—. No te cases por miedo al qué dirán.
Esa frase me dio fuerzas. Al día siguiente empaqué mis cosas y volví a casa de mis padres en Alcalá de Henares. Mi madre casi se desmaya cuando me vio aparecer con las maletas.
—¿Pero qué ha pasado? —preguntó mi padre, Antonio, desde la puerta del salón.
—No puedo casarme con alguien que no me respeta —respondí entre sollozos—. Prefiero ser la vergüenza de la familia antes que vivir una mentira.
Los días siguientes fueron un infierno. Llamadas de familiares, mensajes de amigas del colegio, incluso la vecina del tercero vino a preguntarme si era verdad lo que decían por el barrio. Mi suegra me mandó un audio larguísimo diciendo que estaba destrozando a su hijo y que «una buena esposa sabe cuándo callar».
Pero también recibí apoyo inesperado. Mi tío Julián me llevó a tomar un café y me dijo:
—Tu abuela estaría orgullosa de ti. No todo el mundo tiene el valor de romper con lo establecido.
Y entonces llegó el mensaje de Álvaro:
—No entiendo cómo puedes hacerme esto después de todo lo que hemos pasado juntos. Espero que encuentres a alguien que aguante tus tonterías.
Leí el mensaje una y otra vez. Sentí rabia, tristeza y alivio al mismo tiempo. Por primera vez en mucho tiempo dormí tranquila.
Hoy hace una semana desde aquel día. Sigo sin saber si hice lo correcto. Mi madre apenas me habla y mi padre evita el tema en las comidas familiares. Pero cuando salgo a pasear por el Retiro y veo a otras mujeres sonriendo, siento una chispa de esperanza.
¿Es mejor vivir con miedo al qué dirán o arriesgarse a ser feliz aunque duela? ¿Cuántas mujeres han renunciado a sí mismas por cumplir expectativas ajenas? Yo he decidido buscar mi propio camino, aunque esté lleno de piedras.
Quizá algún día pueda mirar atrás sin sentir dolor. Por ahora solo sé una cosa: prefiero estar sola que perderme a mí misma por complacer a los demás.
¿Y tú? ¿Te atreverías a romper con todo por ser fiel a ti misma? ¿O seguirías adelante aunque tu corazón gritara lo contrario?