Entre fogones y reproches: El día que mi vida cambió para siempre
—¿Otra vez lentejas, Lucía? ¿No te das cuenta de que siempre cocinas lo mismo? —La voz de Tomás retumbó en la pequeña cocina de nuestro piso en Vallecas, y sentí cómo el cuchillo temblaba en mi mano. El vapor de la olla empañaba mis gafas y, por un instante, deseé desaparecer entre las nubes de garbanzos y zanahorias.
No era la primera vez que discutíamos por la comida. Desde que Tomás perdió su trabajo en la fábrica, sus días se habían vuelto una rutina de quejas y reproches, y yo, atrapada entre mi jornada en la farmacia y las tareas de casa, apenas tenía fuerzas para inventar recetas nuevas cada noche. Pero él no lo entendía. Nunca lo entendió.
—Si no te gusta, puedes cocinar tú —le respondí, intentando mantener la calma, aunque mi voz sonó más rota de lo que pretendía. Él me miró con ese gesto de superioridad que tanto odiaba y se encogió de hombros.
—Ya sabes que no tengo paciencia para esas cosas. Además, tú eres la que siempre dice que le gusta cocinar —replicó, como si eso justificara su actitud.
Me giré hacia la ventana, buscando aire. Afuera, la ciudad seguía su curso: los niños jugaban en el parque, las vecinas charlaban en los balcones, y yo sentía que mi mundo se desmoronaba en silencio. Recordé los primeros años juntos, cuando cualquier excusa era buena para improvisar una cena romántica, cuando reíamos hasta tarde y soñábamos con un futuro mejor. ¿En qué momento se había roto todo?
—No es solo la comida, Tomás. Es que nunca estás contento con nada de lo que hago —dije, casi en un susurro, pero él fingió no oírme. Se sentó en la mesa, encendió la televisión y empezó a zapear sin mirarme.
La cena fue un desfile de silencios y miradas esquivas. Cada cucharada de lentejas era un recordatorio de mi fracaso, de su insatisfacción, de nuestra distancia. Cuando terminé de recoger los platos, Tomás ya estaba dormido en el sofá, roncando con la boca abierta. Me senté a su lado y le observé durante un rato, preguntándome si aún quedaba algo de aquel chico que me enamoró en las fiestas de San Isidro, cuando bailábamos chotis bajo las luces de la verbena.
Al día siguiente, la rutina se repitió. Tomás se levantó tarde, refunfuñando porque no había café recién hecho. Yo salí corriendo al trabajo, con el estómago encogido y la cabeza llena de dudas. En la farmacia, mis compañeras hablaban de sus hijos, de sus maridos, de las vacaciones en la playa. Yo fingía sonreír, pero por dentro sentía que me ahogaba.
Una tarde, mi madre me llamó. —Lucía, hija, ¿estás bien? Te noto rara últimamente. ¿Ha pasado algo con Tomás? —Su voz, cálida y preocupada, me hizo llorar sin poder evitarlo. Le conté todo: las discusiones, la presión, el miedo a que mi matrimonio se estuviera desmoronando. Ella me escuchó en silencio y, cuando terminé, solo dijo: —No dejes que nadie te haga sentir menos. Ni siquiera él.
Aquella noche, decidí hablar con Tomás. Preparé su plato favorito, tortilla de patatas con cebolla, y le esperé en la mesa. Cuando llegó, noté que traía el ceño fruncido.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó, sin sentarse.
—Tenemos que hablar, Tomás. No podemos seguir así. No soy tu criada, ni tu madre. Estoy cansada de que todo lo que hago te parezca mal —le dije, mirándole a los ojos por primera vez en mucho tiempo.
Él bufó, se pasó la mano por el pelo y murmuró: —Siempre estás exagerando, Lucía. No es para tanto.
—¿No es para tanto? —repetí, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta—. ¿Sabes lo que es llegar a casa agotada y que lo único que recibas sean quejas? ¿Sabes lo que es sentir que nunca eres suficiente?
Por un momento, creí que iba a disculparse. Pero en vez de eso, se levantó y salió dando un portazo. Me quedé sola, con la tortilla enfriándose en la mesa y el corazón hecho trizas.
Pasaron los días y Tomás apenas me dirigía la palabra. Yo me refugié en mi trabajo, en los paseos por el Retiro, en las charlas con mi madre y mi amiga Carmen, que siempre tenía una palabra de ánimo. Pero cada noche, al volver a casa, el silencio era más pesado, más insoportable.
Una tarde, mientras doblaba la ropa en el salón, encontré una carta en el cajón de su escritorio. Era de una empresa de Valencia: le ofrecían un puesto, pero él nunca me lo había contado. Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Por qué me ocultaba algo así? ¿Por qué no podía confiar en mí?
Cuando llegó, le enfrenté con la carta en la mano.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté, con la voz temblorosa.
Él bajó la mirada y, por primera vez en mucho tiempo, le vi vulnerable.
—No quería darte falsas esperanzas. No sé si quiero irme, ni siquiera sé si quiero seguir contigo —admitió, y sus palabras me atravesaron como un cuchillo.
Lloré. Lloré como no había llorado en años. Y, entre sollozos, comprendí que no podía seguir luchando sola por un amor que ya no existía.
Esa noche, hice la maleta y me fui a casa de mi madre. Tomás no intentó detenerme. Al cerrar la puerta, sentí una mezcla de alivio y miedo. ¿Y ahora qué? ¿Cómo se reconstruye una vida cuando todo lo que conocías se ha derrumbado?
Hoy, meses después, sigo preguntándome si hice lo correcto. A veces echo de menos las pequeñas cosas: los paseos por Madrid Río, las risas tontas, los domingos de sofá y manta. Pero también sé que merezco ser feliz, que no quiero volver a perderme intentando complacer a alguien que no sabe valorar lo que tiene.
¿De verdad es tan difícil encontrar el equilibrio entre dar y recibir? ¿Cuántas mujeres más estarán ahora mismo cocinando una cena entre lágrimas, preguntándose si el amor es suficiente para aguantarlo todo?