La inquietante calma de la nueva niñera: el dilema que desgarró mi familia

—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Sergio? —le pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras miraba el reloj de la cocina. Eran casi las once y la casa estaba en silencio, salvo por el zumbido lejano de la televisión en el salón. Mi marido dejó las llaves sobre la encimera y suspiró, cansado.

—El trabajo, Lucía. Ya sabes cómo está todo en la oficina desde que cambiaron al jefe —respondió, sin mirarme a los ojos.

Pero yo sabía que no era solo el trabajo. Desde que Marta, nuestra niñera de toda la vida, se fue a cuidar a su madre enferma en Salamanca, todo había cambiado. La casa parecía más fría, los niños más inquietos y yo… yo más sola. Cuando contratamos a Inés, una chica joven de Toledo con referencias impecables, pensé que sería una transición fácil. Pero desde el primer día sentí algo extraño en el ambiente.

Inés era dulce con los niños, paciente y creativa. Paula y Marcos la adoraban; se pasaban las tardes riendo con ella, haciendo manualidades o inventando juegos en el parque. Pero cuando Sergio llegaba a casa, notaba cómo la atmósfera cambiaba. Inés se ponía nerviosa, se recogía el pelo detrás de la oreja y le sonreía más de lo habitual. Sergio, por su parte, parecía rejuvenecer; le hacía bromas, le preguntaba por sus estudios y hasta le preparaba café algunas tardes.

Una noche, mientras recogía los platos de la cena, escuché risas en el salón. Me asomé y vi a Inés y Sergio sentados juntos en el sofá, mirando fotos en el móvil. Ella le enseñaba algo y él se reía como hacía años que no le veía reírse conmigo. Sentí una punzada en el pecho, una mezcla de celos y miedo.

—¿Te apetece un té, Inés? —pregunté desde la puerta, intentando sonar natural.

—No, gracias, Lucía. Ya me iba —respondió ella rápidamente, levantándose casi de un salto.

Esa noche no pude dormir. Me preguntaba si estaba exagerando, si era solo mi inseguridad hablando. Pero al día siguiente encontré a Inés en la cocina, preparando una tortilla para los niños mientras tarareaba una canción de Amaral. Cuando entré, se calló de golpe.

—Buenos días —dije, forzando una sonrisa.

—Buenos días, Lucía —contestó ella, bajando la mirada.

Intenté convencerme de que solo era mi imaginación. Pero las pequeñas cosas seguían acumulándose: mensajes de Sergio a horas extrañas (“¿Has dejado las llaves en el buzón?”), miradas cómplices durante la cena, silencios incómodos cuando entraba en la habitación.

Una tarde, mientras recogía a Paula del colegio, me encontré con Ana, una vecina cotilla pero bienintencionada.

—¿Qué tal con la nueva niñera? —me preguntó con una sonrisa ladeada.

—Bien… Los niños están contentos —respondí, intentando sonar convincente.

—Pues ten cuidado —susurró Ana—. Dicen que es muy simpática con los maridos…

Me quedé helada. ¿Era solo un rumor o había algo más? Empecé a observarlo todo con lupa: cómo Inés se arreglaba más los viernes por la tarde, cómo Sergio llegaba antes esos días y cómo los niños hablaban de las “aventuras” que hacían juntos cuando yo no estaba.

Una noche decidí enfrentarme a Sergio. Esperé a que los niños se durmieran y me senté frente a él en el sofá.

—¿Te pasa algo con Inés? —pregunté directamente.

Él me miró sorprendido, casi ofendido.

—¿Qué dices? Es solo la niñera…

—No me mientas, Sergio. No soy tonta. Os veo cómo os miráis —insistí, sintiendo cómo me temblaban las manos.

Sergio suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Lucía… Estoy cansado. Solo es una chica simpática que cuida bien de nuestros hijos. No hay nada más.

Pero no pude creerle del todo. Al día siguiente hablé con Inés mientras los niños hacían los deberes.

—Inés… ¿Estás cómoda trabajando aquí? —le pregunté suavemente.

Ella me miró fijamente durante unos segundos antes de responder:

—Sí… Pero noto que últimamente hay tensión. Si quiere que me vaya…

Me quedé callada. No sabía qué decirle. Por un lado, los niños estaban felices con ella; por otro, mi matrimonio parecía resquebrajarse poco a poco.

Esa noche lloré en silencio en la cama mientras Sergio dormía a mi lado. Me sentía atrapada entre dos fuegos: proteger a mis hijos o proteger mi relación. ¿Y si despedía a Inés y los niños sufrían? ¿Y si no lo hacía y perdía a mi marido?

Pasaron las semanas y la tensión creció hasta hacerse insoportable. Los niños empezaron a notar el ambiente raro en casa; Paula dejó de contarme sus cosas y Marcos se volvió más callado. Una tarde encontré a Inés llorando en la cocina.

—No puedo más, Lucía —me dijo entre sollozos—. No quiero causar problemas en su familia. Me voy mañana.

Intenté convencerla de quedarse por los niños, pero ella ya había tomado su decisión. Cuando se fue, la casa quedó aún más vacía que antes. Los niños lloraron durante días y Sergio se encerró en sí mismo.

Ahora miro atrás y me pregunto si hice lo correcto. ¿Fui demasiado desconfiada? ¿Debería haber hablado más con Sergio o haber confiado en Inés? Mi familia nunca volvió a ser la misma desde entonces.

A veces me pregunto: ¿cuánto daño puede hacer una sospecha? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para proteger lo que amamos?