Mi marido me dejó por otra y, quince años después, volvió pidiéndome ayuda

—¿Por qué has vuelto, Tomás? —le pregunté con la voz temblorosa, apenas capaz de sostener la mirada. La lluvia golpeaba los cristales de la ventana, y el eco de sus palabras aún flotaba en el pasillo de nuestro viejo piso en Vallecas. Quince años. Quince años desde que cerró esa misma puerta tras de sí, llevándose consigo no solo sus cosas, sino también mi confianza, mi alegría y la familia que habíamos construido juntos.

Recuerdo perfectamente aquel día. Lucía tenía solo siete años y no entendía por qué su padre no iba a volver a casa. Yo tampoco lo entendía. Tomás se había enamorado de otra mujer, una tal Marta, y decidió que su felicidad estaba lejos de nosotras. Me quedé sola, con una niña pequeña y un trabajo de media jornada en una tienda de ropa. Mis padres, Carmen y Antonio, me ayudaron como pudieron, pero la herida era mía y solo mía. Cada noche, cuando Lucía dormía, me ahogaba en lágrimas y en preguntas sin respuesta.

Los años pasaron y aprendí a sobrevivir. Me volví más fuerte, aunque a veces esa fortaleza era solo una máscara para no romperme delante de mi hija. Lucía creció, se hizo adolescente y luego mujer, siempre preguntando por su padre, siempre esperando una llamada, una visita, algo. Tomás aparecía de vez en cuando, con regalos y promesas vacías, pero nunca se quedaba. Yo intenté rehacer mi vida, pero cada vez que alguien se acercaba demasiado, el miedo y la desconfianza me paralizaban.

Ahora, quince años después, Tomás estaba de nuevo en mi puerta. Había envejecido, claro. Las arrugas surcaban su frente y sus ojos ya no brillaban como antes. Llevaba una chaqueta vieja y un paraguas roto. Parecía derrotado, como si la vida le hubiera dado la espalda. Me pidió que le dejara entrar. Dudé, pero la costumbre de tantos años de convivencia me hizo apartarme y dejarle pasar.

—Necesito tu ayuda, Ana —dijo, usando mi nombre como si aún tuviera derecho a hacerlo.

—¿Mi ayuda? ¿Después de todo lo que pasó? —No pude evitar que mi voz sonara amarga.

Tomás suspiró y se sentó en el sofá, ese mismo sofá donde tantas veces habíamos discutido, reído y soñado juntos. Me contó que Marta le había dejado, que estaba enfermo y sin trabajo. Que no tenía a dónde ir. Que su familia le había dado la espalda. Sentí una mezcla de rabia y compasión. ¿Cómo podía pedirme ayuda después de haberme destrozado la vida?

—No sé a quién más acudir, Ana. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero… —Su voz se quebró y, por un momento, vi al hombre del que me enamoré hace tantos años.

Lucía llegó en ese momento. Había salido a comprar pan y, al ver a su padre, se quedó paralizada en la puerta. Sus ojos, tan parecidos a los míos, se llenaron de lágrimas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, la voz fría como el hielo.

—Solo quiero hablar, hija. —Tomás intentó acercarse, pero Lucía retrocedió.

—¿Hablar? ¿Después de quince años? ¿Después de todo lo que nos hiciste? —Su dolor era palpable, y sentí que mi corazón se rompía de nuevo, esta vez por ella.

La tensión en la casa era insoportable. Tomás intentó explicar, pedir perdón, justificar lo injustificable. Lucía no quería escuchar. Yo tampoco. Pero, al mismo tiempo, no podía evitar sentir lástima. ¿Era justo dejarle en la calle? ¿O era justo que, después de todo, yo tuviera que cargar con sus errores?

Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando el techo, recordando cada momento de nuestra vida juntos: los veranos en la playa de Cádiz, las Navidades en casa de mis padres, las peleas, las reconciliaciones, la traición. Pensé en Lucía, en todo lo que había sufrido, en todo lo que yo había sufrido. ¿Debía ayudarle? ¿O debía cerrar la puerta para siempre?

A la mañana siguiente, preparé café y me senté frente a Tomás. Él apenas había dormido. Le miré a los ojos y le dije:

—Te ayudaré, pero no por ti. Lo hago por mí, para poder mirar a mi hija y saber que no soy como tú. Pero no esperes que todo vuelva a ser como antes. Aquí tienes un sofá y un techo, pero nada más.

Tomás asintió, agradecido. Lucía no quiso hablarle durante días. Poco a poco, la convivencia se hizo menos tensa, pero las heridas seguían ahí, abiertas, sangrando. A veces, le oía llorar por las noches. A veces, yo también lloraba. La vida no siempre da segundas oportunidades, y cuando lo hace, suelen estar llenas de dolor y dudas.

Un día, mientras fregaba los platos, Lucía se acercó y me abrazó por la espalda.

—Gracias, mamá. No sé si podré perdonarle algún día, pero gracias por enseñarme a ser mejor persona.

Sentí que, al menos, algo bueno había salido de todo aquel sufrimiento. Quizá nunca volvamos a ser una familia, quizá nunca pueda perdonar del todo, pero al menos sé que he hecho lo correcto.

Ahora, cuando miro a Tomás, no veo al hombre que me destrozó, sino a alguien roto, alguien que también merece compasión. ¿Es posible perdonar de verdad? ¿O algunas heridas nunca llegan a cerrarse del todo? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?