¿Por qué ella y no yo? La sombra de la perfección en mi propio hogar

—¿Por qué no preparas la tortilla como la hacía Lucía? —me pregunta doña Carmen, con ese tono que mezcla nostalgia y reproche, mientras deja el plato casi intacto sobre la mesa. Siento el rubor subir por mis mejillas, pero me obligo a sonreír. Sergio, sentado a mi lado, ni siquiera levanta la vista del móvil.

Desde que me casé con Sergio, hace ya dos años, la sombra de Lucía se ha instalado en cada rincón de nuestra casa. Lucía, la exmujer de Sergio, la que todos en la familia siguen llamando “la perfecta”. La que sabía cocinar, planchar, organizar cenas y, según doña Carmen, jamás levantó la voz ni discutió por nada. Yo, en cambio, soy la que llegó después, la que nunca está a la altura, la que siempre hace algo mal.

Recuerdo el primer día que conocí a doña Carmen. Me recibió en el salón con una sonrisa forzada y un comentario que aún me retumba en la cabeza: “Lucía siempre traía flores cuando venía a casa”. Yo llevaba una tarta casera, pero eso no importó. Desde entonces, cada encuentro es una prueba, cada comida una competición invisible contra una rival que ni siquiera está presente.

Sergio, mi marido, no ayuda. Cuando discutimos, siempre termina la conversación con la misma frase: “Lucía nunca se ponía así”. A veces me pregunto si realmente me ve, si alguna vez ha dejado de mirar a través de los recuerdos de su pasado para mirarme a mí, aquí y ahora, con mis defectos y virtudes.

Una tarde, después de una comida especialmente tensa, me encerré en el baño y me miré al espejo. ¿Quién era esa mujer con ojeras, el pelo recogido a toda prisa y los ojos llenos de lágrimas? ¿En qué momento empecé a perderme? Antes de Sergio, era alegre, espontánea, llena de sueños. Ahora, cada día me esfuerzo por encajar en un molde que no es el mío, por complacer a una familia que no me quiere, por no decepcionar a un hombre que vive anclado en el pasado.

—¿Por qué no puedes ser más como Lucía? —me soltó Sergio una noche, después de una discusión absurda sobre la cena. Sentí que algo se rompía dentro de mí. Me levanté de la mesa y salí al balcón, buscando aire, buscando un poco de paz. Desde la calle, las luces de Madrid parpadeaban indiferentes a mi dolor.

Mi madre, que vive en Valencia, me llama a menudo. Siempre me pregunta si soy feliz, si Sergio me cuida, si me siento querida. No tengo valor para contarle la verdad. No quiero preocuparla, no quiero que piense que he fracasado. Pero cada vez me cuesta más fingir.

Un domingo, mientras recogía la mesa después de otra comida familiar, escuché a doña Carmen hablando con su hermana en la cocina:

—Esta chica no es como Lucía. Sergio se equivocó. Nunca será de la familia.

Sentí un nudo en la garganta. Quise gritar, llorar, salir corriendo. Pero me quedé allí, en silencio, recogiendo platos como si nada. Esa noche, cuando Sergio se acercó a la cama, le dije que necesitaba hablar. Le conté cómo me sentía, cómo me dolía vivir siempre a la sombra de otra mujer, cómo su madre me hacía sentir invisible. Él me miró, suspiró y dijo:

—No exageres. Mi madre solo quiere lo mejor para mí. Y Lucía era… bueno, era especial.

Me di la vuelta y lloré en silencio. ¿Cómo podía competir con un fantasma? ¿Cómo podía ser suficiente para alguien que no estaba dispuesto a dejar atrás el pasado?

Empecé a salir más con mis amigas, a recuperar pequeñas partes de mí que había dejado de lado. Volví a pintar, a leer, a pasear por el Retiro. Poco a poco, sentí que volvía a respirar. Pero cada vez que volvía a casa, la realidad me golpeaba de nuevo. Sergio seguía distante, doña Carmen seguía fría, y yo seguía sintiéndome una intrusa en mi propia vida.

Un día, después de una discusión especialmente dura, le pregunté a Sergio si alguna vez podría quererme por quien soy, no por quien él quería que fuera. No supo qué responder. Esa noche dormí en el sofá. Al día siguiente, hice la maleta y me fui a casa de una amiga. Necesitaba pensar, necesitaba recordar quién era antes de perderme del todo.

Ahora, sentada en la habitación de mi infancia en Valencia, me pregunto si hice bien. ¿Debería haber luchado más? ¿O quizás, por fin, estoy empezando a luchar por mí misma? ¿Cuántas mujeres viven a la sombra de otra, intentando ser lo que nunca serán? ¿Alguna vez seremos suficientes para quienes no saben mirar más allá del pasado?

¿Vosotras también habéis sentido alguna vez que no sois suficientes? ¿Qué haríais en mi lugar?