¿Por qué mi marido no ve la diferencia entre nuestra familia y la de su amigo?

—Marta, ¿has visto lo que ha preparado Lucía para la cena de anoche? —La voz de Miguel retumba en la cocina, mientras yo intento que la sopa no se desborde y mi hija pequeña, Paula, tira los lápices por el suelo—. Deberías pedirle la receta, seguro que a los niños les encantaría.

Me quedo quieta, cuchara en mano, mirando el vapor que sube de la olla. ¿Otra vez? ¿Otra vez la comparación? Siento cómo se me encoge el estómago, no por el hambre, sino por la rabia y la tristeza. Me muerdo el labio para no contestar mal, porque sé que si lo hago, la discusión será inevitable. Pero no puedo evitarlo.

—Miguel, ¿te has parado a pensar alguna vez en la diferencia entre nuestra vida y la de ellos? —le digo, intentando que mi voz no tiemble—. Lucía no trabaja fuera de casa, tiene ayuda con los niños y su madre vive al lado. Yo salgo cada mañana a la oficina, recojo a los niños, hago la compra, cocino y aún así… ¿no es suficiente?

Miguel suspira, se encoge de hombros y se va al salón, como si mis palabras fueran aire. Paula me mira con sus ojos grandes y me pregunta si puede ver los dibujos. Le sonrío, aunque por dentro me siento diminuta. ¿Por qué no ve todo lo que hago? ¿Por qué siempre tengo que ser comparada?

Recuerdo la primera vez que me lo dijo, hace ya más de un año. Habíamos ido a cenar a casa de Andrés y Lucía. Todo estaba perfecto: la mesa puesta con esmero, la comida deliciosa, los niños tranquilos. Miguel no paraba de alabar a Lucía, y yo, con mi vestido arrugado y el cansancio en la cara, solo podía pensar en lo lejos que estaba de esa imagen. Desde entonces, cada vez que algo no sale bien en casa, aparece el fantasma de Lucía.

No es que no me guste cocinar. Me encanta, cuando tengo tiempo. Pero entre el trabajo, los deberes de los niños, las reuniones del colegio y la casa, a veces solo puedo hacer una tortilla o calentar una pizza. ¿Eso me hace peor madre? ¿Peor esposa?

Una tarde, después de otra de esas comparaciones, llamé a mi hermana, Elena. Ella siempre sabe escucharme.

—Marta, no dejes que te haga sentir menos —me dijo—. Cada familia es un mundo. ¿Por qué no se lo explicas de verdad? Que vea todo lo que haces.

Pero cuando intento hablar con Miguel, él siempre tiene una excusa. «No es una crítica, solo una sugerencia», dice. «No te lo tomes así». Pero sí me lo tomo así, porque cada palabra suya es una herida más. Y lo peor es que empiezo a creer que tiene razón, que no soy suficiente.

El domingo pasado, mientras preparaba la comida, escuché a Miguel hablando por teléfono con Andrés. Reían, hablaban de fútbol, y de repente, oí mi nombre.

—Marta no tiene tiempo para esas cosas, siempre está liada —decía Miguel, como si yo fuera una especie de desastre doméstico.

Me encerré en el baño y lloré. Lloré por todas las veces que me he sentido invisible, por todas las cenas que he preparado deprisa, por todos los cumpleaños en los que he hecho malabares para que todo saliera bien. Lloré porque, aunque lo intento, nunca parece suficiente.

Esa noche, cuando los niños ya dormían, me senté con Miguel en el sofá. Le miré a los ojos, intentando que viera el cansancio y el dolor que llevaba dentro.

—Miguel, ¿alguna vez te has preguntado cómo me siento cuando me comparas con Lucía? —le dije, con la voz baja—. ¿Te has parado a pensar en todo lo que hago cada día? No tengo ayuda, no tengo tiempo, pero hago lo que puedo. ¿Por qué no puedes ver eso?

Él me miró, sorprendido, como si nunca se le hubiera ocurrido. Se quedó callado un momento y luego murmuró:

—No quería hacerte daño, Marta. Solo pensaba que…

—¿Que debería ser como ella? —le interrumpí—. Pero no lo soy. Y no quiero serlo. Quiero que valores lo que tenemos, lo que hago, lo que somos. Nuestra familia no es perfecta, pero es nuestra.

Miguel asintió, pero no dijo nada más. No sé si lo entendió. Al día siguiente, volvió a casa con una bolsa de la compra y preparó la cena. Fue un gesto pequeño, pero me hizo sentir vista, aunque solo fuera por un momento.

A veces pienso en dejarlo todo, en marcharme y empezar de cero. Pero luego veo a mis hijos, veo sus sonrisas, y sé que no puedo. No quiero que crezcan pensando que una madre solo vale por lo que cocina o por lo perfecta que es la casa. Quiero que sepan que una madre también puede estar cansada, equivocarse, pedir ayuda.

Hoy, mientras escribo esto, Paula me abraza y me dice que le gusta mi sopa, aunque no sea como la de Lucía. Y por un instante, me siento suficiente. Pero la duda siempre vuelve. ¿Cuándo aprenderemos a valorar lo que tenemos, en vez de buscar siempre lo que nos falta?

¿De verdad es tan difícil ver la diferencia entre una familia y otra? ¿O es que a veces preferimos mirar hacia fuera para no ver lo que tenemos dentro?