El café derramado y el secreto de la señora Carmen

—¡Joder, que llego tarde otra vez!— masculló el agente Javier mientras empujaba la puerta del café de la esquina, el mismo donde siempre paraba antes de patrullar por Lavapiés. El aroma a churros y café recién hecho le golpeó de lleno, pero no le calmó el mal humor. La ciudad ya hervía bajo el sol de junio y él sentía que todo el mundo estaba en su contra.

—Perdone, ¿puedo sentarme aquí?— preguntó una voz suave y educada. Javier ni siquiera levantó la vista. —Está libre, haga lo que quiera— gruñó, sin mirar a la mujer que se acomodaba junto a la ventana.

La señora Carmen, con su vestido azul marino y su bolso de cuero gastado, sacó un libro y pidió un café solo. Sus manos temblaban un poco, pero su mirada era firme. Había aprendido a pasar desapercibida en una ciudad que a veces la miraba con recelo por el color de su piel. Pero hoy no era un día cualquiera.

Javier, distraído con el móvil y su enfado, no vio la taza en el borde de la mesa. Al girarse bruscamente, el café voló y manchó el vestido de Carmen. El líquido oscuro se deslizó por la tela y por sus manos.

—¡Mierda!— exclamó Javier, sin pensar. —¿No ve por dónde se pone?—

Carmen lo miró a los ojos, tranquila pero dolida. —No se preocupe, señor agente. No es la primera vez que me pasa algo así.—

—Pues debería tener más cuidado…— murmuró Javier, pero algo en la dignidad de la mujer le hizo callar. El camarero se acercó corriendo con servilletas.

—¿Está usted bien, señora Carmen?— preguntó con cariño. Javier frunció el ceño. ¿La conocían todos aquí?

—Sí, gracias, Juanito. No pasa nada.—

El policía intentó limpiar la mancha torpemente. —De verdad, lo siento… es que hoy…

Carmen le interrumpió con una sonrisa suave. —No se preocupe. Hay cosas peores en la vida.—

En ese momento, entraron dos jóvenes corriendo: —¡Abuela! ¡Abuela!— gritaron mientras se lanzaban a sus brazos.

Javier se quedó helado. Reconoció a los niños: eran los nietos de su compañero Pedro, el mismo que siempre hablaba con orgullo de su suegra, la mujer que había criado sola a tres hijos tras llegar de Guinea Ecuatorial en los años 70; la mujer que había trabajado limpiando casas para que sus hijos estudiaran; la mujer que había salvado a una vecina durante un incendio hace años.

El camarero sonrió: —La señora Carmen es una institución aquí, agente. Si no fuera por ella, muchos no estaríamos sentados ahora mismo.—

Javier sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Cayó de rodillas, abrumado por la vergüenza y el peso de sus prejuicios.

—Señora Carmen… yo… no sabía…—

Ella le puso una mano en el hombro: —No hace falta que diga nada. Todos tenemos días malos. Lo importante es aprender.—

Los nietos miraban al policía con ojos grandes y curiosos. Javier tragó saliva y les sonrió torpemente.

—¿Ves, abuela? Siempre ayudas a todos— dijo la niña pequeña.

Carmen abrazó a sus nietos y miró al agente con ternura y firmeza.

—En esta vida, hijo, lo único que importa es cómo tratamos a los demás.—

Javier salió del café sintiéndose otro hombre. Caminando por las calles de Madrid, pensaba en cuántas veces había juzgado sin saber. ¿Cuántas historias nos perdemos por mirar solo la superficie? ¿Y si todos intentáramos ver más allá del primer vistazo?