¡Soltad a la asistenta, la culpable es mi madrastra!
Irrumpí en el juzgado, con el corazón en un puño y la voz temblorosa, para defender a Carmen, la mujer que me cuidó como a una hija. Nadie quería escucharme, pero yo sabía que la verdadera culpable era mi madrastra, y no podía quedarme callada. Esta es la historia de cómo una niña pequeña se enfrentó a los prejuicios, las apariencias y el miedo para salvar a quien más quería.