El susurro tras la pared: Un misterio en Lavapiés
—¡Oye, Javier! ¿Tú sabes el escándalo que tienes en casa durante el día?—. La voz de Carmen, mi vecina del tercero, me sorprendió nada más abrir la puerta del portal. Tenía esa mirada de quien no va a dejar pasar una, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. —No puede ser, Carmen, si yo no estoy en casa, ¿cómo va a haber ruido?— respondí, intentando no sonar a la defensiva, aunque por dentro ya sentía el nudo en el estómago. —Pues yo he escuchado gritos, Javier. Y no una vez, varias. Como si alguien estuviera discutiendo o… no sé, algo raro. Tú sabrás lo que haces, pero aquí no queremos líos—.
Me despedí con una sonrisa forzada y subí las escaleras, dándole vueltas a sus palabras. Mi piso en Lavapiés siempre había sido mi refugio, un lugar tranquilo donde lo más emocionante era el olor a cocido que subía de la casa de la señora Pilar los domingos. ¿Gritos? ¿Ruido? Imposible. Pero la duda se me quedó clavada como una espina. Esa noche apenas dormí, escuchando cada crujido de la madera, cada golpe lejano de las tuberías viejas del edificio.
A la mañana siguiente, mientras me preparaba el café, la idea me rondaba la cabeza. ¿Y si Carmen tenía razón? ¿Y si alguien entraba en mi casa cuando yo no estaba? Madrid es grande, y aunque el barrio es de toda la vida, últimamente han pasado cosas raras. Decidí hacer algo que nunca había hecho: fingí salir para el trabajo, cerré la puerta con llave y, en vez de bajar las escaleras, me metí de nuevo en casa y me escondí debajo de la cama, como un crío asustado.
El tiempo pasaba lento, el polvo me hacía cosquillas en la nariz y el corazón me latía tan fuerte que temía que se oyera desde el pasillo. Escuché el reloj de la iglesia dar las diez, luego las once. Nada. Solo el murmullo lejano de la ciudad y el sonido de la televisión de la señora Pilar. Empecé a pensar que estaba haciendo el ridículo, que Carmen se había confundido, que todo era una tontería… Hasta que, de repente, escuché pasos. Lentos, arrastrados. Y una voz, baja, casi un susurro, que venía del dormitorio.
—¿Dónde estás?—. Era una voz de mujer, pero no era la de Carmen ni la de Pilar. Me quedé paralizado, sin atreverme a respirar. La voz volvió a sonar, más cerca: —¿Por qué me haces esto?—. El miedo me atenazó. No podía moverme, ni siquiera para mirar. Los pasos se acercaron a la cama y, durante un segundo eterno, sentí que alguien se agachaba, como si pudiera verme. Cerré los ojos con fuerza, esperando lo peor. Pero solo escuché un sollozo ahogado y luego, silencio.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que me atreví a salir. La casa estaba vacía, igual que siempre. No había señales de nadie, ni puertas forzadas, ni ventanas abiertas. Solo un frío extraño en el aire y la sensación de que algo, o alguien, había estado allí conmigo. Salí al rellano, temblando, y me encontré con Carmen, que me miró con una mezcla de reproche y preocupación. —¿Lo ves? Te dije que aquí pasa algo raro—.
Esa noche, llamé a mi madre. Le conté lo que había pasado, esperando que me dijera que estaba loco, que todo era fruto del estrés y la soledad. Pero en vez de eso, me habló de la historia del edificio, de la mujer que vivió allí hace años y que desapareció sin dejar rastro. —Dicen que a veces se la escucha llorar, buscando a su hijo—, susurró mi madre, como si temiera que la oyeran.
Desde entonces, cada vez que entro en casa, escucho con atención. A veces, creo oír ese susurro, ese sollozo lejano. Y me pregunto: ¿Qué harías tú si descubrieras que no estás tan solo como creías? ¿Te atreverías a quedarte, o saldrías corriendo como alma que lleva el diablo?