Una sombra sobre mi familia: Cuando mi hijo se volvió un desconocido
—¿Estás seguro de que ese niño es tuyo, Pablo?
La voz de mi suegro, Don Manuel, retumbó en la cocina como un trueno inesperado. Era miércoles, casi las nueve, y el aroma del cocido aún flotaba en el aire. Mi mujer, Lucía, se quedó petrificada con la cuchara en el aire. Yo sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. Mi hijo, Diego, jugaba ajeno en el salón, riéndose con los dibujos animados.
—¿Pero qué dices, papá? —Lucía apenas pudo articular las palabras.
Don Manuel me miró fijamente, con esa severidad castellana que siempre me intimidó. —Solo digo lo que muchos piensan y nadie se atreve a decir. El niño… no se parece a ti, Pablo. Y tú lo sabes.
Mi mente se llenó de imágenes: los primeros pasos de Diego, su risa contagiosa, sus ojos grandes y oscuros. ¿Acaso no eran como los míos? ¿O era solo lo que yo quería ver? Sentí una punzada de rabia y vergüenza. ¿Cómo podía dudar siquiera un segundo?
Lucía rompió a llorar. —¡Basta ya! ¡No tienes derecho!
Pero la semilla estaba plantada. Esa noche no dormí. Observé a Diego mientras dormía abrazado a su peluche del Real Madrid. Recordé las veces que mi madre había comentado, medio en broma: «Este niño ha salido a la familia de Lucía». ¿Había algo más detrás de esas palabras?
Los días siguientes fueron un infierno. Don Manuel insistía en hablar conmigo a solas. —Mira, Pablo, yo solo quiero lo mejor para mi hija y para ti. Pero si hay una duda… mejor aclararla ahora que después.
Lucía y yo discutíamos cada noche. —¿De verdad dudas de mí? —me gritó una madrugada—. ¡Después de todo lo que hemos pasado juntos!
Yo quería creerle, pero la duda me carcomía por dentro. Empecé a mirar a Diego con otros ojos. Notaba gestos suyos que no reconocía, manías que no eran ni mías ni de Lucía. Me odiaba por pensarlo, pero no podía evitarlo.
Un domingo, durante la comida familiar en casa de mis padres en Salamanca, mi hermana Marta me llevó aparte.
—¿Qué te pasa? Estás raro últimamente.
No pude más y le conté todo entre susurros. Marta me miró con tristeza.
—Pablo… ¿y si no es tuyo? ¿Dejarías de quererle?
No supe qué responderle.
La presión aumentaba. Los rumores empezaron a circular por el barrio. La madre de un compañero del colegio de Diego me preguntó con sorna: «¿A quién habrá salido ese niño tan moreno?» Sentí ganas de gritar.
Finalmente, una tarde lluviosa de noviembre, tomé una decisión cobarde: le pedí a Lucía que hiciéramos una prueba de paternidad.
—¿No confías en mí? —me preguntó con los ojos llenos de lágrimas.
—No es eso… Es que necesito saberlo. Por nosotros… por Diego.
El silencio entre nosotros se volvió insoportable. Durante semanas vivimos como dos extraños bajo el mismo techo. Diego notaba la tensión; dejó de reírse tanto y empezó a tener pesadillas.
El día que llegaron los resultados llovía a cántaros sobre Madrid. Abrí el sobre con las manos temblorosas mientras Lucía me observaba desde la puerta del salón.
«Compatibilidad genética: 99,99%. Pablo García López es el padre biológico de Diego García Martín».
Me derrumbé en el suelo y lloré como un niño. Lucía no se acercó; solo me miró con una mezcla de alivio y resentimiento.
—¿Ahora ya puedes volver a quererme? —me preguntó con voz rota.
Intenté abrazarla, pero ella se apartó.
—Has dejado que la duda te destruya… y nos destruya a todos.
Desde entonces nada volvió a ser igual. Diego recuperó poco a poco su alegría, pero Lucía y yo éramos dos desconocidos compartiendo casa y responsabilidades. Don Manuel nunca pidió perdón; al contrario, se justificó diciendo que «solo quería protegernos».
A veces me pregunto si merezco el perdón de Lucía o si fui víctima de una presión social imposible de soportar. ¿Cuántas familias se rompen por culpa del qué dirán? ¿Hasta dónde puede llegar la desconfianza cuando el amor debería ser suficiente?
¿Y vosotros? ¿Perdonaríais una duda así? ¿O creéis que hay cosas que nunca se pueden reparar?