Bajo el mismo techo, bajo los mismos sueños: La espera de mi décimo hijo

—¿Otra vez embarazada, Mirela? —La voz de mi suegra, Carmen, retumba en el pasillo mientras dejo la compra sobre la mesa. Sus ojos, siempre inquisitivos, recorren mi barriga con una mezcla de incredulidad y resignación.

—Sí, Carmen. Ya sabes que Ramón y yo siempre quisimos una familia grande —respondo, intentando que mi voz no tiemble. Pero por dentro, siento el peso de todas esas miradas, de todos esos comentarios que se repiten cada vez que salgo a la calle con mis nueve hijas.

Madrid no es fácil para una familia como la nuestra. En el barrio de Vallecas, donde vivimos desde hace quince años, la gente nos conoce como «los de las niñas». Cuando vamos al parque, las madres cuchichean: «¿Pero no tienen tele en casa?», «Pobre mujer, siempre embarazada». A veces sonrío, otras veces me encierro en el baño y lloro en silencio para que nadie me escuche.

Ramón, mi marido, es un hombre bueno. Trabaja de conductor de autobús y cada día vuelve a casa agotado pero con una sonrisa para cada una de nuestras hijas: Lucía, Carmen (como su abuela), Paula, Inés, Marta, Sofía, Elena, Teresa y Nuria. Nueve nombres que repito como un mantra cuando me siento perdida.

La noticia del décimo embarazo cayó como una bomba en la familia. Mi madre me llamó llorando: «Mirela, hija, ¿no crees que ya es suficiente? ¿No te das cuenta de que te estás perdiendo a ti misma?». Yo no supe qué contestar. ¿Me estoy perdiendo? ¿O me estoy encontrando en cada abrazo, en cada beso pegajoso de mermelada por las mañanas?

Pero lo peor fue la reacción de Carmen. Una tarde, mientras preparaba lentejas para todas, entró en la cocina y soltó:

—Ramón necesita un hijo varón. Ya está bien de tanta niña. ¿No ves que la familia necesita un heredero?

Sentí cómo se me encogía el estómago. ¿Y si este bebé también es niña? ¿Y si nunca le doy ese «heredero» que todos esperan? Ramón me abrazó esa noche y me susurró al oído:

—No me importa si es niño o niña. Lo único que quiero es que estés bien.

Pero yo no podía dejar de pensar en las palabras de su madre. Empecé a tener pesadillas: soñaba con cunas vacías, con niñas llorando porque no eran suficientes. Me despertaba sudando y miraba a Ramón dormir tranquilo. ¿Por qué yo no podía estar en paz?

Las discusiones en casa se volvieron más frecuentes. Lucía, la mayor, empezó a rebelarse:

—Mamá, ¿por qué tenemos que cuidar siempre de las pequeñas? Yo quiero salir con mis amigas como las demás.

Y tenía razón. A veces siento que les robo la infancia a mis hijas mayores obligándolas a ser pequeñas madres. Pero ¿qué otra opción tengo? Ramón trabaja todo el día y yo apenas puedo con todo.

Un domingo por la tarde, mientras doblaba ropa en el salón, escuché a Marta decirle a Inés:

—Ojalá el bebé sea niño y así la abuela dejará de molestar a mamá.

Me senté en el sofá y rompí a llorar. Mis hijas también sentían la presión. No era solo yo.

Esa noche llamé a mi hermana Ana. Vive en Sevilla y siempre ha sido mi confidente.

—Mirela —me dijo—, tienes derecho a ser feliz con tu familia tal y como es. No tienes que demostrarle nada a nadie.

Pero las palabras se quedan cortas cuando el peso del día cae sobre tus hombros y sientes que no puedes más.

La cita para la ecografía llegó rápido. Ramón me acompañó al hospital Gregorio Marañón. Mientras esperábamos en la sala llena de mujeres embarazadas, sentí cómo me temblaban las manos.

—¿Y si es otra niña? —le susurré.

Ramón me miró serio:

—Entonces será nuestra décima princesa.

La ginecóloga sonrió mientras movía el ecógrafo sobre mi vientre.

—¿Queréis saber el sexo?

Asentí sin poder hablar.

—Es una niña —dijo finalmente.

Sentí una mezcla de alivio y tristeza. Alivio porque ya no tenía que esperar más; tristeza porque sabía lo que vendría después: los comentarios, las miradas, las bromas crueles.

De camino a casa, Ramón me cogió la mano:

—No permitas que nadie te haga sentir menos por tener hijas maravillosas.

Pero al llegar a casa, Carmen estaba esperándonos en la puerta.

—¿Y bien?

—Es una niña —dije bajito.

Carmen suspiró y se fue sin decir nada más.

Esa noche cenamos en silencio. Las niñas notaron el ambiente tenso y Lucía se acercó a mí después:

—Mamá, no importa lo que diga la abuela. Nosotras te queremos así.

La abracé fuerte y sentí cómo algo dentro de mí se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.

Hoy escribo esto mientras mis hijas juegan en el salón y Ramón lee el periódico en su sillón favorito. Sé que la vida seguirá siendo difícil; sé que los comentarios no cesarán. Pero también sé que bajo este techo caben todos mis sueños y los suyos.

A veces me pregunto: ¿Por qué pesa tanto lo que esperan los demás? ¿Cuándo aprenderemos a valorar lo que tenemos sin mirar lo que nos falta?