¿Puedes ayudar con el abuelo Manuel? – El día que mi vida cambió para siempre
—¿Lucía, puedes venir a casa? El abuelo Manuel no para de preguntar por ti y yo ya no puedo más—. La voz de mi hermana Marta sonaba cansada, casi derrotada, al otro lado del teléfono. Era un martes cualquiera de febrero, pero esa llamada fue el principio del fin de mi rutina, y el inicio de algo que nunca imaginé vivir.
Colgué el teléfono y me quedé mirando la taza de café frío sobre la mesa. Hacía semanas que Marta me pedía ayuda, pero siempre encontraba una excusa: el trabajo, los niños, la distancia. Sin embargo, esa tarde algo en su voz me hizo sentir culpable. El abuelo Manuel llevaba meses con nosotros desde que la abuela falleció, y aunque siempre fue un hombre fuerte y orgulloso, la enfermedad le había robado la memoria y parte del carácter.
Llegué a casa de mis padres en Vallecas al caer la tarde. El aire olía a cocido y a colonia barata. Marta me recibió con un abrazo rápido y los ojos rojos. —Gracias por venir, de verdad. No sé cuánto más puedo aguantar— susurró. En el salón, el abuelo Manuel miraba por la ventana como si esperara ver aparecer a alguien del pasado. —¿Eres tú, Lucía?— preguntó sin girarse. —Sí, abuelo, soy yo— respondí, tragando saliva.
Esa noche dormí en mi antigua habitación, rodeada de pósters viejos y recuerdos de una adolescencia que parecía lejana. Escuchaba los pasos arrastrados del abuelo por el pasillo y las discusiones ahogadas entre mis padres en la cocina. —No podemos seguir así— decía mi madre. —¿Y qué quieres que haga? ¿Meterlo en una residencia?— respondía mi padre, con ese tono seco que usaba cuando no quería mostrar sus emociones.
Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas agotadoras: pastillas a las ocho, paseo por el parque a las diez, comida a las dos, siesta forzada a las tres. El abuelo se perdía en sus propios recuerdos, confundía mi nombre con el de mi madre y a veces se enfadaba sin motivo. Una tarde, mientras intentaba convencerle para que se duchara, me gritó: —¡No eres mi hija! ¡Quiero irme a casa!—. Sentí una punzada en el pecho y tuve que salir al balcón para no llorar delante de él.
Marta y yo empezamos a turnarnos para cuidar al abuelo. Los roces entre nosotras no tardaron en aparecer. —Siempre llegas tarde— me reprochaba ella. —Tú tampoco eres perfecta— le contestaba yo, cansada y frustrada. Las discusiones se hacían cada vez más frecuentes y más amargas. Un día, después de una pelea especialmente dura, Marta me soltó: —Tú siempre fuiste la favorita de mamá, por eso nunca te has preocupado por nadie más que por ti misma—. Sus palabras me dolieron más de lo que quería admitir.
El abuelo Manuel empeoraba poco a poco. Una noche se escapó de casa y lo encontramos desorientado en la plaza del barrio, preguntando por su mujer. Aquella vez fue mi padre quien rompió a llorar en silencio mientras lo abrazaba. Fue entonces cuando surgió la pregunta inevitable: ¿debíamos ingresarlo en una residencia?
La conversación familiar fue un campo de minas. Mi madre se negaba rotundamente: —Mientras yo viva, tu padre no irá a ningún sitio— decía entre lágrimas. Mi padre guardaba silencio, derrotado. Marta y yo discutíamos cada detalle: los horarios, el dinero, quién se haría cargo los fines de semana. Nadie quería tomar la decisión, pero todos sabíamos que era cuestión de tiempo.
En medio de todo ese caos, empecé a ver al abuelo con otros ojos. Una tarde, mientras le leía el periódico en voz alta, me miró fijamente y murmuró: —Gracias, Lucía. Eres igual que tu abuela cuando era joven—. Por un momento sentí que volvía a ser el hombre cariñoso que me llevaba al Retiro de niña y me compraba churros los domingos.
Poco a poco, los pequeños gestos cotidianos nos fueron acercando: una sonrisa al despertar, una canción tarareada mientras cocinábamos juntos, una caricia en la mano cuando tenía miedo por las noches. Empecé a entender que cuidar no era solo una carga, sino también una forma de amor.
Pero la tensión familiar seguía creciendo. Marta estaba cada vez más irritable y yo sentía que mi vida se desmoronaba: había dejado de lado mi trabajo, apenas veía a mis hijos y mi matrimonio empezaba a resentirse. Una noche discutí con mi marido por teléfono:
—No puedes seguir así, Lucía. Nos estás dejando solos— me dijo él.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Abandonar a mi familia?— le grité entre sollozos.
El día que ingresamos al abuelo en la residencia fue uno de los más duros de mi vida. Mi madre no quiso ir; mi padre apenas habló durante todo el trayecto. Marta y yo nos abrazamos en silencio al salir del edificio, sintiendo una mezcla de alivio y culpa imposible de explicar.
Ahora visito al abuelo cada semana. A veces me reconoce; otras veces solo sonríe como si yo fuera una extraña amable. Pero cada vez que le cojo la mano siento que he recuperado algo perdido: la certeza de que la familia no es perfecta ni fácil, pero es lo único que tenemos cuando todo lo demás falla.
Me pregunto muchas noches: ¿Hicimos lo correcto? ¿Se puede querer sin renunciar a uno mismo? ¿Cuántos sacrificios somos capaces de hacer por los nuestros antes de rompernos del todo?