El pagaré de la esperanza: una historia de hermanos en Madrid
—¿De verdad me lo estás pidiendo, Javier? ¿Un pagaré? —La voz de Lucía temblaba, entre la rabia y la tristeza, mientras apretaba el móvil con fuerza en la sala de espera del Hospital Clínico San Carlos, en pleno corazón de Madrid.
—No es por desconfianza, Lucía. Es solo… ya sabes cómo es mamá. Si se entera de que te he dejado tanto dinero sin papeles, me monta un pollo que ni en las fiestas de San Isidro —respondió Javier, intentando sonar tranquilo, aunque por dentro sentía el estómago hecho un nudo.
Lucía miró por la ventana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo frenético, ajena a su angustia. Los coches pitaban, la gente corría a sus trabajos, y ella sentía que el mundo se le venía encima. Treinta y cinco mil euros. Una cifra que nunca imaginó necesitar, pero el diagnóstico había sido claro: necesitaba operarse cuanto antes. La Seguridad Social iba lenta y el tiempo apremiaba.
—Vale, Javier. Lo haré. Pero que sepas que esto me duele más que la enfermedad —susurró, colgando antes de que su hermano pudiera responder.
Esa noche, en el pequeño piso de Lavapiés donde vivía con su hija adolescente, Lucía sacó un folio y escribió el pagaré. «Yo, Lucía, me comprometo a devolver a mi hermano Javier la cantidad de treinta y cinco mil euros…». Le temblaba el pulso. Recordó cuando eran niños y compartían bocadillos de chorizo en el recreo, cuando él lloraba porque le daban miedo los truenos y ella le abrazaba fuerte. Ahora era él quien tenía el poder.
Al día siguiente, tras la consulta médica, Lucía fue a casa de Javier. Él vivía en un piso moderno en Chamberí, con su pareja y su perro. Todo olía a nuevo y a éxito. Ella dejó el sobre encima de la mesa del salón.
—Aquí tienes lo que me pediste —dijo, evitando mirarle a los ojos.
Javier cogió el sobre y lo guardó sin abrirlo. Se abrazaron torpemente. No hablaron más del tema.
Pasaron semanas. Lucía ingresó en la clínica privada y la operación fue un éxito. Su hija, Marta, estuvo a su lado todo el tiempo. Los días en casa eran largos y silenciosos; las facturas se acumulaban y la ansiedad no la dejaba dormir. Pero al menos tenía una oportunidad de seguir adelante.
Una tarde lluviosa, mientras Marta hacía los deberes en la cocina, Lucía decidió revisar unos papeles para organizar sus cuentas. Entre ellos encontró el sobre que Javier le había devuelto días atrás, diciendo simplemente: «Guárdalo tú, por si acaso».
Con manos temblorosas lo abrió. Dentro estaba el pagaré… pero algo no cuadraba. Había una nota escrita con la letra inconfundible de Javier:
«Querida hermana,
Si alguna vez te olvidas de cuánto te quiero, lee este papel. No me debes nada. Lo único que quiero es verte bien y volver a reírnos juntos como antes. La familia está para esto: para sostenernos cuando todo se tambalea. Si algún día necesitas algo más, solo tienes que llamarme.
Con todo mi cariño,
Javier»
Lucía rompió a llorar. Lloró por el miedo, por la rabia acumulada, por la vergüenza de haber dudado de su hermano y por la gratitud inmensa que sentía en ese momento. Marta apareció en la puerta y al verla así, corrió a abrazarla.
—¿Qué pasa, mamá?
—Nada malo, cariño… Solo que a veces la vida te da sorpresas bonitas —respondió Lucía entre sollozos y risas.
Esa noche cenaron tortilla de patatas y brindaron con un vaso de vino barato por los pequeños milagros cotidianos. Lucía pensó en todas las veces que había sentido que estaba sola contra el mundo y se dio cuenta de que nunca lo había estado del todo.
¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar por los nuestros? ¿Cuántas veces olvidamos que lo más valioso no cabe en un pagaré ni se mide en euros? Quizá sea hora de recordarlo juntos.