El corazón de Mateo: Entre el lujo y la verdad
—¡Vete de aquí, te odio! —gritó Mateo, con la voz rota y los ojos hinchados de tanto llorar.
Me quedé quieta en el umbral, sujetando la bandeja del desayuno. El olor a cacao caliente se mezclaba con el de la rabia y la tristeza que llenaban la habitación. Miré los juguetes rotos, la ropa tirada por el suelo, la silla volcada. En el rincón, Mateo apretaba los puños como si así pudiera contener todo lo que sentía. Tenía solo ocho años, pero parecía cargar con el peso del mundo.
—Mateo, cariño, ¿qué ha pasado? —pregunté, intentando que mi voz sonara suave, como cuando mi abuela me calmaba en las noches de tormenta en mi pueblo de Extremadura.
Él no contestó. Me miró con una mezcla de furia y miedo. De repente, corrió hacia mí y empezó a golpearme con sus pequeños puños. No dolía físicamente, pero sentí cada golpe en el alma.
—No quiero verte más. ¡No eres mi madre! —sollozó.
Me agaché a su altura y le abracé despacio, sin soltar la bandeja. Él se resistió al principio, pero luego se dejó caer en mis brazos, como si estuviera agotado de pelear contra el mundo.
—Ya lo sé, Mateo. Pero aquí estoy —susurré.
En la casa de los Ortega, todo era grande: las habitaciones, los ventanales, los silencios. Don Álvaro, el padre de Mateo, era un empresario famoso en Madrid. Viudo desde hacía dos años, se había volcado en el trabajo y en buscarle una nueva madre a su hijo. Cada semana venía una mujer distinta: todas elegantes, perfumadas, con sonrisas perfectas y palabras vacías. Mateo las rechazaba una tras otra. Cien mujeres habían pasado por esa puerta, y ninguna había conseguido llegarle al corazón.
Yo era solo la empleada. Venía de un pueblo pequeño donde todos se conocían y las penas se compartían en la plaza o en la iglesia. En Madrid aprendí a moverme entre la gente que no mira a los ojos y a callar cuando las cosas duelen. Pero con Mateo no podía fingir.
Esa tarde, después del desayuno accidentado, bajé a la cocina. Carmen, la cocinera, me miró con pena.
—¿Otra vez el niño? —susurró mientras removía el puchero.
—Sí. Está muy solo —respondí.
—Aquí hay mucho dinero pero poco amor —dijo Carmen, meneando la cabeza.
Esa noche escuché a Don Álvaro hablar por teléfono en el despacho:
—No sé qué hacer con Mateo. No acepta a nadie… Ni siquiera a Guadalupe, que es tan buena con él… ¿Qué más puedo hacer?
Me asomé sin querer y vi cómo se tapaba la cara con las manos. Por primera vez le vi vulnerable, como un hombre que ha perdido el rumbo.
Al día siguiente llevé a Mateo al Retiro. Le propuse dar de comer a los patos y él aceptó a regañadientes. Caminamos entre castaños y fuentes antiguas. Al principio no hablaba, pero poco a poco empezó a contarme cosas de su madre: cómo le cantaba nanas en gallego, cómo le hacía reír cuando llovía.
—¿Tú tienes madre? —me preguntó de repente.
—La tuve. Era muy distinta a mí: fuerte como una encina y dulce como la miel —le respondí.
Mateo me miró largo rato.
—¿Por qué te quedas si yo te trato mal?
—Porque sé que no eres malo. Solo estás triste —le dije.
A partir de ese día algo cambió entre nosotros. Empezó a buscarme para enseñarme sus dibujos o contarme sus sueños raros. Cuando Don Álvaro lo notó, me llamó al despacho.
—Guadalupe, no sé cómo agradecerte lo que haces por mi hijo… He pensado que quizá podrías quedarte más tiempo con nosotros… incluso vivir aquí —me dijo, nervioso.
Sentí un nudo en la garganta. Sabía lo que significaba: dejar mi piso compartido en Vallecas, renunciar a mis tardes libres… Pero también sabía que Mateo me necesitaba más que nadie.
Acepté. Poco a poco fui ocupando un lugar en esa casa enorme. No como madre sustituta ni como empleada invisible, sino como alguien que escucha y abraza sin pedir nada a cambio.
Un día Mateo me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—Ojalá tú fueras mi madre de verdad.
Lloré en silencio mientras le acariciaba el pelo. No hacía falta ser millonaria para quererle; solo hacía falta estar ahí cuando más lo necesitaba.
Ahora, cuando veo a Mateo reír o correr por el jardín sin miedo, me pregunto: ¿Cuántos niños ricos hay en España que solo necesitan un poco de cariño verdadero? ¿Y cuántos adultos seguimos buscando algo tan sencillo como eso?