El incendio en la casa de los Gutiérrez: lo que Lucía rescató cambió sus vidas para siempre
—¡Mamá, despierta! ¡Huele a quemado!— gritó Sergio, con la voz temblorosa, mientras golpeaba la puerta de mi cuarto.
Apenas abrí los ojos, sentí el picor del humo en la garganta. El reloj marcaba las tres de la madrugada y, por un instante, pensé que era una pesadilla. Pero el griterío en el pasillo y el olor a madera ardiendo me devolvieron a la realidad. Bajé corriendo las escaleras, tropezando con mis propias zapatillas.
En la planta baja, Lucía, nuestra empleada de toda la vida, corría hacia la cocina con un cubo de agua. —¡No entres ahí!— le grité, pero ella ni me miró. El fuego ya había devorado las cortinas y lamía los muebles antiguos que mi abuela había traído de Salamanca. El calor era insoportable.
—¡Señora Carmen, saque a los niños! ¡Yo intento apagar esto!— chilló Lucía, empapada en sudor y con los ojos rojos por el humo.
Mi marido, Paco, bajó tambaleándose, aún medio dormido. —¿Pero qué demonios pasa?—
—¡La cocina arde! ¡Saca a los críos al jardín!— le ordené, empujando a Sergio y a Marta hacia la puerta trasera. El jardín olía a jazmín y a miedo.
Mientras tanto, Lucía desapareció entre las llamas. El tiempo se detuvo. Los segundos parecían horas. Yo solo podía abrazar a mis hijos y rezar para que saliera ilesa. Paco intentaba llamar a los bomberos, pero la cobertura era pésima en esa urbanización a las afueras de Toledo.
De repente, Lucía emergió entre el humo, tosiendo y con la cara tiznada. En sus brazos no llevaba ni joyas ni dinero. Llevaba la caja de madera donde guardábamos las cartas de mi madre, las fotos antiguas y el álbum familiar que siempre hojeábamos en Navidad. La dejó caer a mis pies y se desplomó en el césped.
—¿Por qué has hecho eso?— le pregunté llorando, mientras Paco le daba agua.
Lucía me miró con una ternura infinita. —Las casas se reconstruyen, señora Carmen. Pero los recuerdos… esos no vuelven nunca.—
Los bomberos llegaron cuando ya casi no quedaba nada de la cocina ni del salón. Los vecinos salieron en pijama, murmurando entre ellos y ofreciéndonos mantas y café caliente. En España, hasta en las tragedias, el calor humano nunca falta.
Esa noche dormimos todos juntos en casa de nuestra vecina Pilar, apretujados en colchones en el suelo del salón. Marta no soltaba la caja ni para ir al baño. Sergio preguntaba una y otra vez si podríamos volver algún día a nuestra casa.
Al día siguiente, entre lágrimas y abrazos, Paco me dijo: —No sé cómo vamos a salir de esta, pero mientras estemos juntos…
Lucía sonrió desde la ventana, con su bata prestada y el pelo recogido. —Ya verán cómo salimos adelante. Si hay algo que tenemos los españoles es coraje.—
Hoy, meses después, seguimos reconstruyendo nuestra vida poco a poco. La caja de recuerdos está más presente que nunca en nuestra mesa del desayuno. Y yo me pregunto: ¿Qué habríais salvado vosotros si el fuego os hubiera dejado solo unos segundos para decidir? ¿De verdad lo material vale más que lo vivido?