La noche en que Sofía llamó al 112

—¡Mamá! ¡Papá! —La voz de Sofía temblaba, apenas un susurro en la oscuridad del piso. El reloj digital marcaba las 02:17 y el silencio era tan espeso que se podía cortar con cuchillo. El olor raro seguía allí, pegajoso, como si la casa entera hubiera dejado de respirar. Sofía apretó su peluche contra el pecho y, con manos temblorosas, marcó el 112 desde el móvil de su madre.

—¿Diga? Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle? —La voz al otro lado sonaba lejana, como si viniera desde otro mundo.

—Señora… mis papás no se despiertan… y la casa huele raro…

La operadora se irguió en su silla. Aquello no era una broma. —¿Cómo te llamas?

—Sofía… tengo siete años…

—Escúchame bien, Sofía. ¿Puedes abrir una ventana? ¿Sabes dónde está la puerta?

Sofía asintió aunque sabía que la señora no podía verla. Caminó descalza por el pasillo, esquivando los juguetes tirados y el abrigo de su padre sobre la silla. El piso era pequeño, típico de un barrio obrero de Madrid, donde las paredes escuchan más secretos de los que deberían.

Al otro lado del teléfono, la operadora intentaba mantenerla despierta. —No cuelgues, cariño. Ya van unos policías para allá. ¿Ves a tus papás?

—Sí… están en el sofá… parece que duermen… pero no se mueven…

El corazón de Sofía latía tan fuerte que pensó que la operadora podría oírlo. Miró a sus padres: su madre con la cabeza ladeada, su padre con una mano colgando hacia el suelo. El televisor seguía encendido, mostrando imágenes de un concurso nocturno.

En menos de diez minutos, las sirenas rompieron el silencio del barrio. Los vecinos se asomaron a las ventanas, algunos en pijama, otros con bata y zapatillas. En España, nadie es ajeno al drama ajeno; todos miran, todos murmuran.

Los policías entraron a toda prisa tras forzar la puerta. Uno de ellos, una mujer joven con acento andaluz, se agachó junto a Sofía.

—Hola, princesa. Soy Carmen. ¿Estás bien?

Sofía asintió y se abrazó más fuerte al peluche. Carmen le acarició el pelo mientras los sanitarios revisaban a sus padres. El olor era inconfundible: gas.

—¿Habéis notado algo raro estos días? —preguntó Carmen con voz suave.

Sofía negó con la cabeza. —Solo que papá estaba triste… y mamá lloraba cuando creía que yo no la veía…

Carmen suspiró. En España, las penas se esconden tras las persianas bajadas y las discusiones se apagan con un café cargado o un paseo por el parque. Pero a veces, el silencio pesa demasiado.

Los sanitarios confirmaron lo peor: intoxicación por monóxido de carbono. Una fuga invisible en la vieja caldera del piso había llenado la casa de un veneno silencioso mientras todos dormían.

El vecindario se volcó con Sofía. La señora Pilar, del tercero, le preparó chocolate caliente; don Manuel bajó una manta; los niños del patio le dejaron dibujos en la puerta del hospital donde pasó las primeras noches.

Pero nada podía llenar el hueco que dejaron sus padres. En los días siguientes, los servicios sociales hablaron con la abuela de Sofía, que vivía en un pueblo de Toledo. «Aquí hay sitio para todos», dijo la abuela entre lágrimas cuando fue a recogerla.

El viaje en coche fue silencioso. Sofía miraba por la ventanilla los campos manchegos iluminados por la luna y pensaba en su casa, en los desayunos de churros los domingos y en las peleas tontas por ver quién elegía el canal de la tele.

En el pueblo, todo era distinto: las calles olían a pan recién hecho y a tierra mojada; los vecinos saludaban por su nombre y preguntaban por su madre sin saber aún lo ocurrido.

Las noches eran las peores. Sofía abrazaba su peluche y recordaba la voz de su madre cantándole nanas antiguas: «Duérmete niña, duérmete ya…». A veces se preguntaba si algún día podría volver a sentirse en casa.

Ahora, meses después, sentada en el banco de la plaza mientras ve jugar a otros niños, Sofía piensa en aquella noche y en todo lo que cambió desde entonces.

«¿Por qué las cosas malas pasan cuando menos te lo esperas?», se pregunta en silencio. «¿Y cómo se aprende a vivir con un corazón roto?»