Café para dos: Una segunda oportunidad después de los cincuenta
—Mamá, por favor, sólo es un café. No tienes que casarte con él —me repitió Lucía, mi hija, mientras me apretaba la mano y me entregaba una nota con un nombre: «Antonio», un número y la dirección de la cafetería. Yo, que llevaba años rehuyendo cualquier atisbo de romance desde que mi exmarido, Fernando, se fue con una mujer más joven, sentía el corazón desbocado.
Entré en la cafetería con el alma encogida. El aroma a café recién molido y canela me envolvió, pero mi instinto fue dar media vuelta. Entonces le vi: Antonio, sentado junto a la ventana, hojeando un libro de Javier Marías. Alzó la vista y me dedicó una sonrisa cálida, sincera, como si supiera exactamente lo que sentía. Dudé un instante en la puerta.
—¿Eres Carmen? —preguntó él, levantándose con torpeza y apartando la silla para mí.
Asentí, incapaz de articular palabra. Me senté frente a él, sintiendo las miradas de los camareros y de una pareja mayor en la mesa de al lado. ¿Qué hacía yo allí? ¿No era ridículo buscar compañía a mi edad?
—No tienes por qué quedarte si no quieres —dijo Antonio, bajando la voz—. Pero me encantaría invitarte a un café. Sólo eso.
Su tono era tan respetuoso que me relajé un poco. Pedimos dos cafés con leche y una porción de tarta de Santiago. Hablamos de libros, de cine español, de los paseos por el Retiro cuando éramos jóvenes. Descubrí que Antonio era viudo desde hacía tres años y que su hija también le había animado a salir de casa.
—A veces siento que ya no pertenezco a este mundo —confesó él—. Todo va tan deprisa… Pero hoy, aquí contigo, siento que aún hay cosas por descubrir.
Me reí nerviosa. Hacía años que nadie me miraba así, como si realmente importara lo que decía. Cuando salimos de la cafetería, Antonio me acompañó hasta el metro. Me ofreció su número y me pidió permiso para llamarme.
Esa noche, Lucía me esperaba despierta en el sofá.
—¿Y bien? ¿Te ha gustado?
—No lo sé —mentí—. Ha sido agradable, pero no creo que vuelva a verle.
Lucía suspiró.
—Mamá, mereces ser feliz. No tienes que demostrarle nada a nadie.
Pero no era tan fácil. Al día siguiente, mi hermana Pilar llamó para cotillear.
—¿Así que te has echado novio? ¡A tu edad! ¿No te da vergüenza?
Sentí cómo la culpa y la inseguridad me invadían. ¿Estaba traicionando a mi familia? ¿A mis hijos? ¿A mí misma?
Pasaron días antes de atreverme a responder al mensaje de Antonio: «¿Te apetece pasear por el parque este domingo?» Dudé mucho antes de escribir: «Sí».
El domingo amaneció soleado. Caminamos entre los castaños del parque del Oeste. Antonio me habló de su nieto recién nacido; yo le conté cómo había sido criar sola a Lucía y a mi hijo Álvaro tras el divorcio. Me sorprendió lo fácil que era hablar con él.
Pero cuando Lucía me vio llegar sonriente a casa, supe que algo iba mal.
—¿Has estado con él otra vez? —preguntó Álvaro desde el pasillo—. Mamá, ¿no ves que haces el ridículo? ¿Qué dirán los vecinos?
Me dolió más de lo que esperaba. Siempre había sido una madre entregada; ahora mis propios hijos me juzgaban por intentar rehacer mi vida.
Esa noche lloré en silencio. Recordé los años en los que Fernando llegaba tarde sin dar explicaciones, las noches en vela esperando oír la llave en la puerta. Recordé cómo aprendí a vivir sola, a ser fuerte por mis hijos. ¿No tenía derecho ahora a buscar mi propia felicidad?
Las semanas siguientes fueron una montaña rusa emocional. Salía con Antonio a escondidas, temiendo el juicio de mi familia y los comentarios maliciosos de las vecinas del barrio. Una tarde, mientras tomábamos café en su casa, Antonio me cogió la mano.
—Carmen, no quiero esconderme más. No somos adolescentes. Merecemos vivir esto sin miedo.
Le miré a los ojos y sentí una mezcla de vértigo y alivio.
Esa noche reuní a mis hijos en el salón.
—Quiero que sepáis que estoy saliendo con Antonio —dije con voz temblorosa—. No os pido permiso ni bendición, sólo respeto.
Álvaro se levantó furioso y salió dando un portazo. Lucía se acercó y me abrazó.
—Te quiero, mamá. Haz lo que te haga feliz.
No fue fácil. Durante meses sentí el rechazo de parte de mi familia y el cuchicheo constante en el mercado o en la panadería del barrio. Pero poco a poco aprendí a ignorar las miradas y los comentarios hirientes.
Antonio y yo seguimos viéndonos. Compartimos paseos por Madrid al atardecer, tardes de cine español antiguo y cenas improvisadas en su pequeña terraza llena de geranios. Redescubrí el placer de reírme sin miedo al qué dirán, de sentirme viva después de tanto tiempo sobreviviendo.
Hoy miro atrás y pienso en todo lo que he tenido que superar: el miedo al rechazo, la culpa impuesta por otros, la soledad disfrazada de rutina. Y me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto darnos una segunda oportunidad? ¿Cuántas mujeres como yo siguen renunciando a su felicidad por miedo al qué dirán?
¿Vosotros qué pensáis? ¿No merecemos todos volver a empezar cuando la vida nos da otra oportunidad?