«Solo quiero ver mi saldo» — El día que todo cambió en la Gran Vía
—¿Pero tú de dónde sales, chaval? —La voz de Don Ernesto retumbó en el mármol frío de la sucursal, tan elegante como un palacio y tan distante como la luna.
El niño, con las zapatillas agujereadas y la camiseta heredada de su hermano mayor, ni se inmutó. Se plantó ante el mostrador de la zona VIP, donde los clientes habituales llevaban relojes que costaban más que un piso en Vallecas.
—Solo quiero ver mi saldo —dijo, con una seguridad que descolocó a la recepcionista.
Don Ernesto, el millonario más conocido del barrio de Salamanca, soltó una carcajada tan sonora que hasta los cuadros parecieron temblar. —¡Venga ya! ¿Tú sabes dónde estás? Aquí no se viene a pedir caramelos, chaval. Aquí se viene a mover millones.
La gente empezó a murmurar. Una señora mayor, con abrigo de visón, miró al niño por encima de las gafas como si fuera invisible. Pero él no bajó la mirada.
—¿Y si tengo millones? —preguntó el niño, con una chispa de picardía madrileña en los ojos.
La recepcionista dudó. Miró a Don Ernesto, que seguía riéndose, y luego al jefe de seguridad. Pero algo en la voz del niño la hizo dudar. Quizá fue el acento castizo, o la forma en que apretaba los labios, como si estuviera acostumbrado a pelear cada céntimo.
—¿Tienes cuenta aquí? —preguntó ella, intentando no sonar condescendiente.
El niño asintió y sacó una libreta bancaria arrugada. La recepcionista tecleó el número y, de pronto, el silencio se hizo tan denso que se podía cortar con cuchillo. En la pantalla apareció una cifra que nadie esperaba: seis ceros seguidos de un uno.
Don Ernesto dejó de reírse. La señora del visón se atragantó con su propio esnobismo. El jefe de seguridad parpadeó dos veces, como si no pudiera creerlo.
—¿Pero esto qué es? —murmuró Don Ernesto, acercándose a la pantalla como si fuera un espejismo.
El niño sonrió, pero no con arrogancia. Era una sonrisa triste, de esas que solo se ven en quien ha visto demasiado para su edad.
—Mi abuela me lo dejó todo cuando murió. Dijo que el dinero no sirve para nada si no sabes compartirlo —explicó el niño, mirando fijamente a Don Ernesto—. Yo solo quería ver si seguía ahí… porque hoy es su cumpleaños y quería sentirla cerca.
En ese momento, el ambiente cambió. La gente dejó de mirar al niño como a un intruso y empezó a verlo como a uno de los suyos. Don Ernesto bajó la cabeza, avergonzado por su prepotencia.
—Perdona, chaval… No sabía —balbuceó.
El niño guardó la libreta y se giró hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a todos:
—El dinero va y viene… pero lo que de verdad importa es quién te acompaña cuando no tienes nada. ¿De qué sirve ser rico si no tienes con quién compartirlo?
Salí del banco sintiéndome más ligero que nunca. Y me pregunto: ¿Cuántas veces juzgamos sin saber la historia que hay detrás? ¿Y tú? ¿Qué harías si tuvieras todo el dinero del mundo pero nadie con quien celebrarlo?