El vendedor de croquetas que conquistó España: una lección de humildad y éxito
—¿Y tú, Javier, sigues con tus croquetas? —preguntó mi primo Álvaro, con esa sonrisilla burlona que siempre me ha sacado de quicio.
Sentí cómo me ardían las mejillas. Todos en la mesa se rieron, incluso mi tía Carmen, que nunca pierde ocasión de soltar un comentario mordaz. La cena familiar en casa de mi madre, en pleno centro de Sevilla, se había convertido en una especie de juicio popular. Yo, el vendedor de croquetas ambulante, frente a mis primos ingenieros, abogados y médicos.
—Pues sí, sigo con mis croquetas —respondí, intentando que no se me quebrara la voz—. Y no me va nada mal.
Mi madre me miró con esos ojos que mezclan orgullo y preocupación. Ella sabe lo que me ha costado llegar hasta aquí. Recuerdo cuando empecé, hace ya casi diez años, con un carrito viejo que compré de segunda mano en un mercadillo de Triana. Mi padre me decía que estaba loco, que eso no era trabajo «de hombre hecho y derecho». Pero yo tenía claro que quería hacer algo mío.
—¿Pero de verdad te da para vivir? —insistió mi prima Lucía, con ese tonito condescendiente—. Porque yo no sé cómo puedes aguantar el olor a fritanga todo el día…
Me mordí la lengua. Nadie sabe lo que es levantarse a las cinco de la mañana para preparar la masa, ni el frío que hace en invierno cuando montas el puesto en la plaza del pueblo. Nadie sabe lo que es ver a tu madre llorar porque no llegas a fin de mes, ni el miedo a fracasar cuando todo el mundo espera que lo hagas.
Pero lo que tampoco saben es que hoy tengo cuarenta carritos repartidos por toda Andalucía: Sevilla, Córdoba, Granada… Cada uno con su encargado, su ruta y su clientela fiel. Que cada día vendemos miles de croquetas: de jamón, de espinacas, de bacalao… Y que entre todos facturamos más de diez mil euros diarios.
—Pues mira, Lucía —dije al fin, clavando los ojos en los suyos—. No solo me da para vivir, sino que doy trabajo a más de cincuenta personas. Y este año he podido llevar a mamá a ver el mar por primera vez en su vida.
Se hizo un silencio incómodo. Mi tío Paco carraspeó y cambió de tema hablando del Betis. Pero yo ya había soltado mi verdad.
Después de la cena, salí al patio a fumar un cigarro. Mi madre se acercó y me abrazó fuerte.
—Estoy muy orgullosa de ti, hijo —me susurró al oído—. Que digan lo que quieran. Tú eres un luchador.
Miré al cielo estrellado y pensé en todo lo que había pasado: los días sin vender ni una croqueta, las noches sin dormir pensando si podría pagar a mis empleados, las ferias donde la gente hacía cola solo para probar «las croquetas del Javier»…
En España nos gusta aparentar, presumir de títulos y coches caros. Pero al final, lo que cuenta es el trabajo honrado y el cariño con el que haces las cosas. Mis croquetas no solo alimentan estómagos; alimentan sueños y familias enteras.
A veces me pregunto: ¿cuántos Javiers habrá por ahí, luchando contra los prejuicios y las risas? ¿Cuándo aprenderemos a valorar lo nuestro, lo sencillo? ¿Y tú? ¿Te atreverías a empezar desde abajo?