No huyas de ti misma, Eva: El día que escapé de mi propia boda
—Eva, ¿has preparado ya las torrijas para la abuela?— La voz de Carmen, la madre de Álvaro, retumbó en el pasillo como un trueno. Yo estaba en la cocina, con las manos temblorosas, batiendo los huevos para las dichosas torrijas. Era el día de mi boda y, sin embargo, allí estaba yo, cumpliendo con las tradiciones de una familia que nunca sentí como mía.
Miré por la ventana. El cielo de Madrid estaba encapotado, como si presagiara la tormenta que se avecinaba. Mi madre, Lucía, me había dicho mil veces que casarme con Álvaro era lo mejor que podía hacer. «Es un buen chico, de buena familia. No lo estropees con tus dudas, Eva», me repetía cada vez que intentaba hablarle de mis miedos.
Pero nadie escuchaba mis miedos. Ni siquiera yo misma.
—Eva, ¿me oyes?— insistió Carmen desde el salón.
—Sí, ya casi están —respondí, forzando una sonrisa que nadie veía.
El aroma dulce y empalagoso llenaba la casa. Me sentía asfixiada. Recordé la primera vez que conocí a Álvaro: fue en la universidad, en una charla sobre literatura española. Me enamoré de su sonrisa tímida y su manera de hablar de Machado. Pero con el tiempo, su familia se convirtió en una presencia constante y abrumadora. Todo debía hacerse «como siempre se ha hecho». Yo era la invitada permanente en su mundo perfecto.
Mi padre murió cuando yo tenía quince años. Desde entonces, mi madre se aferró a la idea de que debía encontrar estabilidad a cualquier precio. «No seas como yo, Eva. No te quedes sola», me decía mientras planchaba mi vestido de novia.
La casa estaba llena de voces: primas, tías, amigas de la infancia. Todas hablando de lo guapa que estaría vestida de blanco, de lo afortunada que era por casarme con un chico como Álvaro. Nadie notó mis manos frías ni mis ojos vidriosos.
A las once en punto, subí a mi habitación para vestirme. Mi madre entró detrás de mí y cerró la puerta.
—¿Estás nerviosa?— preguntó mientras me ayudaba con el vestido.
—Un poco —mentí.
Ella me miró a los ojos y vi en su mirada el reflejo de sus propios miedos. Quise decirle que no podía hacerlo, que sentía que me ahogaba, pero no me salieron las palabras.
Cuando me quedé sola, me miré al espejo. No reconocía a la mujer que tenía delante: el vestido blanco, el peinado perfecto, el maquillaje impecable. Todo era una máscara. Sentí un nudo en el estómago y las lágrimas empezaron a caer sin control.
«No huyas de ti misma, Eva», susurré en voz baja.
En ese momento supe lo que tenía que hacer.
Cogí mi móvil y llamé a mi mejor amiga, Marta.
—Marta, necesito que vengas ya. No puedo casarme. No quiero seguir viviendo así —le dije entre sollozos.
—Estoy contigo en diez minutos —respondió sin dudarlo.
Mientras esperaba, oía los pasos y risas abajo. Pensé en mi madre, en cómo le rompería el corazón. Pensé en Álvaro, en su mirada herida cuando supiera la verdad. Pero por primera vez pensé también en mí.
Marta llegó sigilosa por la puerta trasera. Me ayudó a cambiarme y salimos sin hacer ruido. Caminamos deprisa por las calles del barrio de Chamberí hasta llegar a su coche.
—¿Estás segura?— preguntó mientras arrancaba.
—No lo sé —admití—. Pero no puedo seguir viviendo una vida que no es mía.
Condujimos hasta su piso en Lavapiés. Allí me tumbé en el sofá y lloré hasta quedarme dormida. Cuando desperté, tenía decenas de llamadas perdidas: mi madre, Carmen, Álvaro… El móvil vibraba sin parar.
No contesté a nadie ese día.
Por la noche, Marta me preparó una taza de chocolate caliente y nos sentamos en el balcón a mirar las luces de la ciudad.
—¿Y ahora qué vas a hacer?— preguntó con suavidad.
—No lo sé —repetí—. Pero por primera vez siento que puedo decidirlo yo.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre vino a buscarme llorando, suplicando que volviera a casa y pidiera perdón a todos. Carmen me llamó para decirme que había destrozado a su hijo y avergonzado a toda la familia. Álvaro me escribió un mensaje corto: «Ojalá algún día entiendas lo que has hecho».
Me sentí culpable y egoísta. Dudé mil veces si había hecho lo correcto. Pero cada vez que pensaba en volver atrás, recordaba aquella sensación de asfixia frente al espejo.
Busqué trabajo como profesora particular para niños inmigrantes en Vallecas. Allí conocí historias mucho más duras que la mía: madres solteras luchando por sus hijos, jóvenes huyendo de guerras y pobreza. Aprendí a escuchar y también a hablar de mis propios miedos sin sentir vergüenza.
Con el tiempo, mi madre empezó a entenderme. Un día vino a verme al trabajo y me abrazó fuerte.
—Solo quiero que seas feliz —me dijo entre lágrimas.
No sé si algún día podré perdonarme del todo por el daño causado. Pero sé que no podía seguir viviendo una mentira solo para no decepcionar a los demás.
A veces me pregunto si fui valiente o cobarde al huir aquel día. ¿Cuántas mujeres viven atrapadas entre las expectativas ajenas y el miedo a ser ellas mismas? ¿Cuántas veces nos negamos nuestra propia felicidad por miedo al qué dirán?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu vida no te pertenece? ¿Qué harías si tuvieras que elegir entre tu felicidad y las expectativas de quienes te rodean?