Cuando el corazón late más fuerte que el miedo: La noche de Lucía en el campo de fútbol

—¿De verdad piensas que vas a jugar hoy, Lucía? —La voz de Marta, mi compañera de banquillo, sonaba entre resignada y burlona mientras se ajustaba las medias.

No respondí. Miré el césped del campo municipal de Vallecas, iluminado por los focos y cubierto de las sombras alargadas de la tarde. El entrenador, don Ernesto, paseaba nervioso por la banda, mascullando entre dientes. Yo sentía el corazón en la garganta. Mi madre, sentada en la grada con mi abuela y mi hermano pequeño, me miraba con esa mezcla de orgullo y preocupación tan típica de las madres españolas: «Lucía, hija, ¿no sería mejor que estudiaras para las oposiciones?»

Pero yo no podía pensar en otra cosa que en el partido. Era la semifinal del torneo juvenil femenino de Madrid y, aunque llevaba toda la temporada calentando banquillo, algo me decía que esa noche sería diferente.

—¡Lucía! —gritó don Ernesto de repente—. Calienta. Vas a salir.

Sentí un vuelco en el estómago. Marta me miró con los ojos como platos. Me levanté y empecé a trotar por la banda mientras el murmullo del público crecía. El partido iba 1-1 y quedaban quince minutos. El entrenador me susurró al oído:

—No te pongas nerviosa. Haz lo que sabes. Y no me la líes, ¿eh?

Entré al campo y sentí el peso de todas las miradas. Las rivales eran duras, jugaban como si les fuera la vida en ello. Yo también. Recordé los veranos en el pueblo de mi abuela en Extremadura, jugando descalza en la plaza con los chicos, escuchando a los viejos decir: «Eso no es cosa de niñas». Pero yo seguía jugando.

El balón llegó a mis pies tras un pase largo. Lo controlé como si fuera un secreto solo mío. Oí los gritos de mis compañeras y los silbidos del público. Corrí por la banda, esquivé a una defensa y centré al área. Golpe seco. Gol.

El estadio explotó en aplausos. Mi madre lloraba abrazada a mi abuela, que gritaba: «¡Eso es sangre extremeña!» Don Ernesto se tapó la cara con las manos, incrédulo.

Pero no terminó ahí. En los últimos minutos, cuando el rival apretaba y nos ahogábamos en nuestro propio campo, robé un balón en defensa y salí disparada hacia el área contraria. Sentí cómo el miedo se transformaba en rabia y esperanza. Chuté desde fuera del área. Golazo por la escuadra.

El pitido final sonó como una liberación. Caí de rodillas sobre el césped, llorando sin poder contenerme. Mis compañeras me rodearon entre gritos y abrazos. Don Ernesto se acercó y me susurró al oído:

—Hoy me has callado la boca, Lucía. Perdona por no creer en ti antes.

Mi madre bajó corriendo a abrazarme, temblando de emoción.

—¿Ves? Cuando una quiere algo de verdad… —me dijo entre lágrimas.

Esa noche, mientras cenábamos tortilla y croquetas en casa para celebrar, mi abuela levantó su copa de vino tinto:

—Por Lucía, que ha demostrado que las chicas también pueden hacer historia.

Y yo pensé: ¿Cuántas veces dejamos que otros decidan lo que somos capaces de hacer? ¿Y si hoy fuera el primer día del resto de mi vida?