El robo en la casa de los Gutiérrez: una decisión desesperada
—¿Pero cómo voy a conseguir tanto dinero en tan poco tiempo? —me repetía una y otra vez, mientras frotaba el suelo de mármol con las manos temblorosas. El eco de mi voz se perdía entre los muros fríos de la casa de los Gutiérrez, tan grande que parecía un museo. Aquella mañana, el miedo me apretaba el pecho como una garra invisible. Mi hija Lucía estaba ingresada en el hospital de La Paz, y los médicos no dejaban de repetir que, sin la operación, no pasaría del mes. Pero la Seguridad Social iba lenta y yo no tenía ni para pagar el autobús.
—Nadia, ¿has terminado ya con el salón? —La voz de doña Carmen, la señora de la casa, me sobresaltó. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y respondí con un hilo de voz:
—Sí, señora, ahora mismo voy a la cocina.
Nadie en esa casa sabía nada de mi vida. Solo era «la chica nueva», esa que llegó con una bolsa de Mercadona y zapatos rotos. En mi barrio, en Vallecas, todos sabían que la vida era cuesta arriba, pero aquí, en esta urbanización de La Moraleja, la gente parecía vivir en otro planeta. Los niños tenían clases particulares de inglés y equitación; yo solo quería que Lucía pudiera volver a correr por el parque.
Esa tarde, mientras limpiaba el despacho de don Ernesto, vi el sobre encima de la mesa. «Para la Fundación», ponía. No pude evitar mirar dentro: billetes de 50 euros perfectamente ordenados. Era más dinero del que había visto en toda mi vida. Sentí un nudo en el estómago. ¿Y si…? No. No podía. Pero entonces recordé a Lucía, su carita pálida y sus manos frías.
—¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar? —me pregunté en silencio.
Esa noche no dormí. El reloj marcaba las tres y media cuando tomé la decisión. Al día siguiente, con el corazón a mil por hora, metí el sobre en mi bolso mientras todos desayunaban en la terraza. Nadie me vio. O eso creía yo.
Apenas crucé la puerta principal, sentí que las piernas me fallaban. Corrí hasta el hospital y entregué el dinero en administración. «Con esto podemos programar la operación», me dijeron. Lloré como nunca antes.
Pero la alegría duró poco. Al día siguiente, dos policías me esperaban en la entrada del hospital.
—¿Eres Nadia? —preguntó uno de ellos.
—Sí…
—Tienes que acompañarnos a comisaría.
El mundo se me vino abajo. En comisaría estaba don Ernesto, serio como una estatua romana.
—¿Por qué lo hiciste? —me preguntó sin levantar la voz.
Las palabras salieron solas:
—Mi hija… está muy enferma. No tenía otra opción. Se lo juro por lo más sagrado.
Don Ernesto guardó silencio unos segundos eternos. Luego miró a los policías y dijo:
—No quiero presentar cargos. Pero quiero hablar con ella a solas.
En una sala pequeña, me miró a los ojos y suspiró:
—¿Sabes? Yo también fui pobre alguna vez. Nadie lo recuerda porque ahora tengo dinero, pero sé lo que es tener miedo por un hijo. Podrías haberme pedido ayuda.
Me eché a llorar otra vez.
—No pensé que alguien como usted pudiera entenderme…
Él sonrió levemente:
—A veces juzgamos demasiado rápido. Quédate con el trabajo y acepta esto —me tendió un sobre aún más grande—. Para Lucía. Pero prométeme que nunca más harás algo así.
No podía creerlo. ¿Cómo era posible tanta generosidad?
Hoy Lucía está bien y yo sigo trabajando para los Gutiérrez, pero ya no soy solo «la chica nueva»; ahora soy Nadia, la madre valiente que hizo lo imposible por su hija.
A veces me pregunto: ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar? ¿Hasta dónde puede llegar una madre por salvar a su hija?