Cuando mi marido me echó de casa: La soledad dentro del matrimonio

—No puedo más, Marta. Necesito que te vayas unos días a casa de tus padres —me dijo Luis, sin mirarme a los ojos, mientras recogía sus cosas para irse a trabajar.

Me quedé paralizada en el pasillo, con Lucía llorando en mis brazos. El eco de sus palabras retumbaba en mi cabeza como una sentencia. ¿Cómo podía pedirme eso justo ahora, cuando más le necesitaba? Nuestra hija apenas tenía dos semanas y yo apenas podía distinguir el día de la noche entre tomas, pañales y llantos. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Pero… por qué? —balbuceé, intentando no romperme del todo.

Luis suspiró, cansado, como si yo fuera una carga más. —No puedo con esto, Marta. No duermo, no descanso… Necesito espacio. Por favor, vete unos días con tus padres. No es para siempre.

No es para siempre. Pero dolía como si lo fuera. Recogí lo imprescindible para Lucía y para mí y llamé a mi madre. Ella vino enseguida, preocupada por mi voz temblorosa. No preguntó mucho; supo leer en mis ojos todo lo que no podía decir en voz alta.

En el coche, mientras Lucía seguía llorando, mi madre me acarició la mano. —Hija, aquí estamos para lo que necesites. Ya verás cómo todo se arregla.

Pero yo no estaba tan segura. Al llegar a casa de mis padres en Alcalá de Henares, sentí una mezcla de alivio y vergüenza. Mi padre intentó animarme con su humor seco: —Bueno, ya tienes quien te ayude con los biberones —pero yo solo podía pensar en Luis, en nuestra cama vacía, en la vida que habíamos construido y que ahora parecía desmoronarse.

Las primeras noches fueron un infierno. Lucía no dormía más de dos horas seguidas y yo tampoco. Mi madre se turnaba conmigo para calmarla, pero yo sentía que estaba fallando en todo: como madre, porque no conseguía tranquilizar a mi hija; como esposa, porque Luis había preferido quedarse solo antes que estar conmigo.

Una tarde, mientras paseaba a Lucía por el parque O’Donnell, vi a otras madres riendo juntas, compartiendo confidencias sobre sus bebés. Me sentí invisible, como si llevara un cartel que dijera: «Abandonada». ¿Era esto lo que me esperaba? ¿Ser la madre sola del grupo?

Intenté hablar con Luis por teléfono varias veces. Al principio contestaba con monosílabos: —Estoy bien. Necesito tiempo. No sé qué quiero. —Después dejó de responderme.

Una noche, desesperada, le escribí un mensaje largo:

«Luis, necesito saber si piensas volver a casa. Lucía te echa de menos y yo también. No entiendo qué ha pasado para que quieras estar lejos de nosotras justo ahora. Si he hecho algo mal, dímelo. Pero no me dejes así, sin respuestas.»

No contestó.

Los días se convirtieron en semanas. Mis padres intentaban distraerme: mi madre cocinaba mis platos favoritos; mi padre me llevaba churros al desayuno; pero nada llenaba el vacío que sentía dentro. Empecé a dudar de mí misma: ¿había sido demasiado exigente? ¿Demasiado torpe como madre primeriza? ¿Había descuidado a Luis?

Una tarde, mi hermana Ana vino a verme. Ella siempre ha sido directa:

—Marta, deja de culparte por todo. Luis es un adulto y tiene que afrontar lo que significa ser padre. No eres tú la que ha fallado.

Lloré en su hombro como una niña pequeña.

A veces pensaba en volver a casa aunque él no lo pidiera. Pero el miedo al rechazo me paralizaba. ¿Y si volvía y él me decía que ya no quería seguir?

Un día recibí una llamada inesperada de la madre de Luis:

—Marta, cariño… ¿cómo estás? Luis está muy raro, apenas habla conmigo tampoco. Solo quiero que sepas que aquí tienes una familia pase lo que pase.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo podía ser que todos vieran mi dolor menos él?

El tiempo pasaba lento y pesado. Empecé a salir más con Lucía, a intentar disfrutar de los pequeños momentos: su primera sonrisa, el olor a colonia infantil después del baño, los paseos al atardecer por la ribera del Henares. Poco a poco fui recuperando fuerzas.

Un mes después, Luis apareció en casa de mis padres sin avisar. Tenía ojeras profundas y parecía más delgado.

—Marta… —dijo con voz ronca— Lo siento mucho. No supe cómo manejarlo todo… Me sentí desbordado y pensé que alejándome podría aclarar las cosas.

Le miré durante un largo rato antes de contestar:

—¿Y ahora? ¿Qué quieres hacer?

Luis se encogió de hombros:

—Quiero intentarlo otra vez… Si tú quieres.

No respondí enseguida. Miré a Lucía dormida en su cuna portátil y sentí una mezcla de amor y rabia.

—No sé si puedo perdonarte tan fácilmente —le dije— pero por nuestra hija… podemos intentarlo poco a poco.

Esa noche dormimos bajo el mismo techo pero en habitaciones separadas. No fue un final feliz ni un nuevo comienzo perfecto; fue solo un paso más en este camino incierto.

Hoy sigo preguntándome si es posible sentirse tan sola dentro del matrimonio. ¿Cuántas mujeres viven esto en silencio? ¿De verdad es culpa nuestra cuando la pareja se rompe? ¿O simplemente hay heridas que tardan mucho en sanar?

¿Vosotras también os habéis sentido así alguna vez? ¿Qué haríais en mi lugar?