No soy vuestra criada: La historia de Magda en Madrid
—¡Magda, ¿dónde están mis calcetines limpios?! —gritó Álvaro desde el pasillo, mientras yo intentaba terminar de preparar la cena y ayudar a Lucía con los deberes de matemáticas. El olor a lentejas llenaba la casa, pero mi estómago estaba encogido. Otra vez la misma escena, otro día igual. Miré el reloj: las ocho y media. Mi suegra, Carmen, estaba sentada en el salón, hojeando una revista y lanzando miradas de desaprobación cada vez que Lucía levantaba la voz.
—Mamá, ¿puedes venir? No entiendo este problema —suplicó mi hija, con los ojos llenos de frustración.
—Un momento, cariño —respondí, mientras apagaba el fuego y me secaba las manos en el delantal. Álvaro apareció en la puerta, con el ceño fruncido.
—¿Es mucho pedir tener la ropa lista? —me reprochó en voz baja, para que su madre no escuchara.
Sentí cómo la rabia me subía por la garganta. Ocho años casada con Álvaro y sentía que cada día era una prueba de resistencia. Desde que Carmen se vino a vivir con nosotros tras la muerte de su marido, mi vida se había reducido a ser la sombra de todos: madre, esposa, nuera, pero nunca Magda.
Recuerdo cuando llegué a Madrid desde Salamanca, llena de sueños y ganas de comerme el mundo. Quería ser profesora de literatura, escribir un libro, viajar. Pero la vida se fue llenando de obligaciones: primero Lucía, luego el trabajo de Álvaro que le exigía viajar constantemente, y finalmente Carmen, que nunca aceptó del todo que su hijo se casara con una chica «de provincias».
—Magda, ¿has puesto ya la lavadora? —preguntó Carmen desde el salón.
—Sí, Carmen. Ahora mismo la tiendo —contesté, tragándome las ganas de gritar.
Esa noche, mientras todos cenaban y yo recogía los platos, escuché cómo Carmen le decía a Álvaro:
—Las cosas no son como antes. En mi época, las mujeres sabían llevar una casa.
Me mordí el labio hasta casi hacerme sangre. ¿Acaso no hacía suficiente? ¿No era yo quien mantenía todo en orden mientras ellos vivían ajenos al esfuerzo?
Cuando me metí en la cama esa noche, Álvaro ya dormía. Me tumbé mirando al techo, sintiendo un peso insoportable en el pecho. Pensé en mi madre, en cómo siempre me decía: «No te olvides de ti misma». Pero yo ya no sabía quién era esa Magda que soñaba con escribir.
Al día siguiente, mientras fregaba los baños y Carmen criticaba el detergente que usaba, recibí un mensaje de mi amiga Pilar: «¿Te apuntas al club de lectura este jueves?» Dudé. Hacía años que no salía sola por la noche. Pero algo dentro de mí se rebeló.
—Carmen, esta tarde saldré un rato. Pilar me ha invitado a un club de lectura —anuncié durante la comida.
Carmen me miró como si hubiera dicho que iba a robar un banco.
—¿Y quién va a cuidar de Lucía? ¿Y la cena?
Álvaro ni levantó la vista del móvil.
—Ya veremos —dije, intentando sonar firme.
Esa tarde me puse una blusa que hacía años no usaba y salí antes de que pudiera arrepentirme. El aire fresco de Madrid me golpeó en la cara y sentí una mezcla de miedo y libertad. En el club de lectura conocí a mujeres como yo: cansadas, invisibles en sus propias casas, pero llenas de historias por contar.
Cuando volví a casa, Carmen estaba indignada y Lucía ya dormía. Álvaro me esperaba en el salón.
—¿Te parece normal dejarme solo con todo? —me preguntó con voz fría.
—¿Solo? —repliqué—. ¿Sabes cuántas veces he estado yo sola con todo?
Por primera vez en años no bajé la mirada. Sentí que algo dentro de mí se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
Los días siguientes fueron una batalla silenciosa. Carmen murmuraba críticas veladas; Álvaro estaba distante. Pero yo seguí yendo al club de lectura. Empecé a escribir otra vez: relatos cortos sobre mujeres que luchan por ser escuchadas.
Una tarde, Lucía entró en mi habitación mientras escribía.
—Mamá, ¿puedo leer lo que escribes?
La miré y vi en sus ojos la misma chispa que yo tenía a su edad.
—Claro que sí, cariño —le respondí sonriendo.
Poco a poco empecé a recuperar mi voz. No fue fácil: hubo discusiones, lágrimas y silencios incómodos. Pero también hubo momentos de ternura inesperada: Lucía leyéndome sus propios cuentos; Pilar animándome a publicar mis relatos; incluso Carmen admitiendo un día que le gustaba cómo olía el suavizante nuevo.
No sé qué pasará mañana. No sé si mi matrimonio sobrevivirá a este cambio o si Carmen aprenderá a verme como algo más que una criada. Pero sí sé una cosa: por primera vez en mucho tiempo, soy Magda otra vez.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que nos borren? ¿Cuántas Magdas hay en España esperando recuperar su voz?