“Tenéis un mes para buscaros otro piso. Desde ahora, viviré sola”: La historia de una madre española que tuvo que echar a sus dos hijas de casa

—Tenéis un mes para buscaros otro piso. Desde ahora, viviré sola.

Las palabras salieron de mi boca como un disparo, secas y definitivas. Ni siquiera reconocí mi propia voz. Marta se quedó helada, con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca. Lucía, en cambio, soltó una carcajada nerviosa, como si fuera una broma pesada. Pero yo no bromeaba. No podía más.

Me llamo Carmen, tengo 56 años y soy madre de dos hijas adultas. Hace tres años, mi marido, Antonio, murió de un infarto fulminante mientras veíamos juntos la televisión. Desde entonces, la casa se llenó de un silencio espeso, solo roto por las discusiones constantes entre mis hijas y yo. Al principio pensé que era el duelo, que todas necesitábamos tiempo para adaptarnos a la ausencia de Antonio. Pero el tiempo solo trajo más distancia y más reproches.

Marta tiene 28 años y Lucía 25. Ambas terminaron sus carreras —Derecho y Psicología— pero ninguna ha conseguido un trabajo estable. La crisis, los contratos basura, los sueldos miserables… excusas que escucho cada día en las noticias y en mi propia mesa. Al principio las apoyé, les di todo lo que pude: comida, techo, incluso dinero para sus caprichos. Pero poco a poco empecé a sentirme invisible en mi propia casa.

—¿Otra vez llegáis tarde? —les pregunté una noche, cuando entraron riendo a las dos de la madrugada.
—Mamá, no empieces —me cortó Marta—. Ya somos mayores.
—Pues comportaos como tales —contesté, pero ya ni me escuchaban.

Las discusiones se volvieron rutina: por el desorden, por el ruido, por la falta de respeto. Yo trabajaba en una tienda de ropa del barrio y llegaba agotada cada día. Ellas dormían hasta tarde o se pasaban horas con el móvil en el sofá. A veces me preguntaba si realmente eran mis hijas o dos extrañas que habían ocupado mi casa.

La gota que colmó el vaso fue una tarde de domingo. Había preparado una paella —la favorita de Antonio— con la esperanza de reunirnos como antes. Pero Marta llegó tarde y Lucía ni siquiera apareció. Me senté sola frente a la mesa puesta para cuatro y sentí una rabia sorda crecer en mi pecho. ¿Por qué tenía que seguir soportando esa indiferencia? ¿Por qué nadie pensaba en mí?

Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, mientras doblaba la ropa de Lucía, encontré un sobre con facturas impagadas escondido bajo su almohada. No era la primera vez que ocurría: hace meses que me enteré de que ambas tenían pequeñas deudas por compras online y fiestas. Cuando intenté hablarlo con ellas, Marta me gritó:

—¡No eres nuestra jefa! ¡Déjanos vivir!

Y entonces lo supe: tenía que elegir entre seguir siendo la madre abnegada o empezar a pensar en mí misma por primera vez en treinta años.

Pasé noches enteras dándole vueltas. ¿Era egoísta? ¿Estaba traicionando a Antonio? ¿Qué dirían mis hermanas, mis amigas del barrio? En España, una madre nunca abandona a sus hijos… pero ¿y si son los hijos quienes abandonan a su madre?

La decisión fue como un puñal: les di un mes para irse. Marta lloró y me llamó cruel. Lucía me acusó de querer quedarme sola para siempre. Ninguna entendió mi dolor ni mi cansancio.

Durante ese mes, la tensión era insoportable. Apenas nos hablábamos. Yo evitaba mirarlas a los ojos porque temía arrepentirme. Pero cada vez que veía sus habitaciones desordenadas o escuchaba sus risas despreocupadas mientras yo fregaba los platos, recordaba por qué había tomado esa decisión.

El día que se marcharon llovía a cántaros en Madrid. Marta se fue primero, arrastrando una maleta vieja y sin despedirse apenas. Lucía me abrazó rápido y me susurró al oído:

—Ojalá te des cuenta de lo que has hecho.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella, sintiendo cómo el silencio volvía a llenar la casa. Pero esta vez era distinto: era un silencio elegido, no impuesto.

Las primeras semanas fueron durísimas. Me despertaba esperando oír sus voces y solo encontraba vacío. Lloré mucho, sí, pero también empecé a descubrir cosas nuevas: el placer de leer sin interrupciones, de ver mis series favoritas, de invitar a mis amigas sin pedir permiso a nadie.

A veces me siento culpable cuando veo a otras madres presumiendo de sus hijos en las terrazas o en las reuniones familiares. Pero también sé que he recuperado algo que creía perdido: mi dignidad y mi paz.

Hoy Marta vive con unas amigas en Vallecas y Lucía comparte piso cerca de Moncloa. No hablamos mucho, pero sé que están aprendiendo a valerse por sí mismas. Quizá algún día entiendan por qué hice lo que hice.

¿Es posible ser buena madre y pensar también en una misma? ¿Cuántas mujeres viven atrapadas entre el amor y el sacrificio? Me gustaría saber qué haríais vosotras en mi lugar.