El secreto del collar de perlas

—¡Ese collar es de mi hija! —gritó Elena, su voz retumbando en el salón como un trueno inesperado.

Lucía, con las mejillas encendidas y las manos temblorosas, se quedó paralizada en medio del salón. Todos los invitados giraron la cabeza hacia ellas, el murmullo de la fiesta se apagó de golpe. El collar de perlas brillaba en el cuello de Lucía, tan fuera de lugar como una amapola en un campo de trigo.

—Señora Elena, yo… —balbuceó Lucía, pero la señora no le dejó terminar.

—¡No me digas nada! Ese collar estaba en el joyero de mi hija. ¿Cómo te atreves? ¿Qué clase de persona eres?

Elena estaba roja de ira. Su hija, Marta, se acercó corriendo, con los ojos abiertos como platos.

—Mamá, por favor, no montes un escándalo —susurró Marta, intentando calmarla.

Pero Elena no escuchaba. En su cabeza solo resonaba la traición. ¿Cómo era posible que alguien a quien había dado trabajo y techo pudiera robarle? Los invitados cuchicheaban, algunos con morbo, otros con incomodidad. El periodista de El País ya apuntaba detalles en su libreta.

Lucía tragó saliva. Sentía que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Marta suplicando ayuda, pero la joven bajó la mirada.

—Señora, yo no lo robé. Se lo juro por mi madre —dijo Lucía con voz quebrada.

Elena bufó.

—¡Por favor! ¿Ahora vas a jurar por tu madre? ¡Qué poca vergüenza! —y se giró hacia su marido—. Javier, llama a la policía. Esto no puede quedar así.

Javier dudó. Miró a Lucía y luego a su esposa. Sabía que Elena era impulsiva y que Lucía llevaba años trabajando en casa. Nunca había dado problemas. Pero el collar era caro, un regalo familiar que había pasado de generación en generación.

—Elena, quizá deberíamos hablarlo primero… —intentó Javier.

—¡No hay nada que hablar! —cortó Elena.

En ese momento, la abuela Carmen, que hasta entonces había permanecido sentada en un rincón, se levantó despacio y caminó hacia el centro del salón. Su bastón resonaba en el mármol.

—Elena, hija —dijo con voz firme—, antes de acusar a nadie deberías escuchar lo que tiene que decir Lucía.

El silencio era absoluto. Lucía respiró hondo y miró a todos con los ojos llenos de lágrimas.

—Señora Carmen… Yo encontré el collar esta mañana en el baño de Marta. Pensé que se le había caído y quise devolvérselo después de la fiesta. Pero… —miró a Marta— no me atreví a decírselo delante de todos.

Marta se puso pálida. Elena la miró incrédula.

—¿Es cierto eso?

Marta asintió lentamente.

—Sí… Anoche salí corriendo al baño porque me sentía mal y debí dejarlo allí sin darme cuenta. Esta mañana no lo encontraba y pensé que lo había guardado en otro sitio… No quería preocuparos —dijo con voz temblorosa.

Elena se quedó muda. Miró a Lucía y sintió una punzada de vergüenza. Los invitados empezaron a murmurar otra vez, pero ahora con compasión hacia Lucía y cierta crítica hacia Elena.

La abuela Carmen suspiró y acarició el hombro de Lucía.

—A veces el orgullo nos ciega, hija —dijo mirando a Elena—. Y olvidamos que todos somos humanos.

Elena se acercó a Lucía y bajó la voz.

—Perdona… Me he dejado llevar por los nervios. No debí acusarte así —dijo, aunque le costaba admitir su error delante de todos.

Lucía asintió en silencio, pero las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas. Sabía que esa noche nada volvería a ser igual en esa casa.

Javier abrazó a Marta y le susurró algo al oído. La fiesta continuó, pero el ambiente ya no era el mismo. Algunos invitados se marcharon antes de tiempo; otros se quedaron para consolar a Lucía o para criticar a Elena entre susurros.

Esa noche, mientras recogía los restos de la fiesta en la cocina vacía, Lucía pensaba en lo frágil que es la confianza y lo fácil que es perderla por un malentendido. ¿Cuántas veces juzgamos sin saber toda la verdad? ¿Y cuántas veces nos atrevemos a pedir perdón cuando nos equivocamos?