El regreso de Diego a la sierra: lo que encontró entre los cerdos salvajes
—¿De verdad vas a dejarlo todo por esos bichos? —La voz de mi madre retumbaba en la cocina, mientras yo metía las últimas herramientas en la mochila.
—Mamá, no son bichos. Son mi oportunidad. Aquí no hay futuro, y tú lo sabes —le respondí, intentando que no se notara el temblor en mi voz.
Era 2018 y yo, Diego, tenía treinta y pocos años y una cabeza llena de sueños. Había conseguido alquilar un cerro olvidado en la Sierra de Gredos, convencido de que podía montar una granja de cerdos ecológicos. Vendí mi coche, vacié mis ahorros y hasta convencí al banco para que me diera un préstamo. Mi padre, que en paz descanse, siempre decía: “El que no arriesga, no gana”. Y yo estaba dispuesto a jugármela.
Los primeros meses fueron duros. Cavé un pozo con mis propias manos, levanté corrales con madera vieja y llevé hasta allí treinta lechones que compré en un pueblo de Ávila. Dormía en una tienda de campaña y me alimentaba a base de bocadillos de chorizo y café recalentado. Pero cada vez que veía a los cerdos corretear entre los robles, sentía que todo valía la pena.
Pero la vida en el campo no es como la pintan en las postales. El invierno llegó antes de lo esperado, con una nevada que me dejó aislado durante días. Un día, al volver del pueblo con sacos de pienso, encontré la valla destrozada y ni rastro de los cerdos. Busqué durante semanas, pregunté a los vecinos, recorrí la sierra entera… Nada. Los había perdido todos. Me sentí el hombre más tonto del mundo.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó mi hermana Lucía cuando volví a casa con las manos vacías.
—No lo sé —le dije. Y era verdad. No tenía ni idea.
Pasaron los años. Volví a trabajar en el bar del pueblo, ayudé a mi madre con el huerto y aprendí a vivir con esa espina clavada. Pero nunca dejé de pensar en mis cerdos. ¿Habrían sobrevivido? ¿Se los habría comido algún lobo? ¿O simplemente se habrían perdido para siempre?
Cinco años después, en una tarde de junio, algo me empujó a volver al cerro. Subí andando, como antes, con el corazón encogido y la cabeza llena de recuerdos. Al llegar, me quedé sin aliento: el monte estaba removido, lleno de huellas y rastros frescos. Y entonces los vi: una piara enorme de cerdos salvajes, mucho más grandes y fuertes que los míos, correteando entre los árboles.
Me quedé quieto, sin atreverme a moverme. Uno de ellos se acercó, olisqueando el aire. Tenía una mancha blanca en el lomo… ¡Era igual que uno de mis lechones! No podía creerlo. Los cerdos no solo habían sobrevivido: se habían adaptado, habían criado y ahora eran parte del paisaje.
Sentí una mezcla de orgullo y tristeza. Había fracasado como granjero, pero había creado algo nuevo sin quererlo: una familia salvaje en mitad de la sierra. Pensé en mi padre, en su frase favorita: “La vida da muchas vueltas”. Y vaya si las da.
Volví al pueblo con el corazón ligero y una sonrisa tonta en la cara. Cuando se lo conté a mi madre, me abrazó llorando.
—Al final va a resultar que tu locura tenía sentido —me susurró.
Ahora miro la sierra cada mañana y me pregunto: ¿Cuántas veces creemos haber fracasado cuando en realidad hemos sembrado algo más grande? ¿Y si los sueños solo necesitan tiempo para crecer a su manera?