Lo que nunca me atreví a confesar sobre la maternidad: el error que cometí durante años con mis hijos

—¿Otra vez se ha despertado, Lucía? —la voz de mi suegra retumbó en el pasillo, mezclando preocupación y ese matiz de reproche tan típico suyo. Yo, con el pelo hecho un nido y la camiseta manchada de papilla, apenas pude responderle. Mi hija pequeña, Martina, lloraba desconsolada en mis brazos, mientras mis otros tres hijos corrían por el salón, ajenos al caos que me devoraba por dentro.

No era la primera vez que sentía esa mezcla de agotamiento y culpa. Desde que fui madre por primera vez con Diego, hace ya diez años, siempre creí que lo estaba haciendo bien. O al menos lo mejor que podía. Pero ahora, con Martina, la cuarta, todo parecía distinto. Más difícil. Más solitario. Más juzgado.

Recuerdo perfectamente el día en que todo cambió. Era una tarde de domingo, el sol entraba a raudales por la ventana y yo intentaba, como cada día, dormir a Martina para su siesta. La acunaba en brazos, paseando por el pasillo mientras escuchaba los gritos de mis hijos mayores peleándose por el mando de la tele.

—Mamá, ¿por qué siempre tienes que estar con la peque? —protestó Paula, mi segunda hija, cruzada de brazos en la puerta.

—Porque si no duerme ahora, luego no hay quien la aguante —contesté sin pensar, con ese tono cansado que se me había pegado últimamente.

Pero Martina no dormía. Lloraba y lloraba. Y yo sentía cómo la rabia y la impotencia me subían por la garganta. ¿Por qué no funcionaba nada? ¿Por qué con los otros tres había sido igual de difícil y nunca nadie me lo dijo?

Esa noche, después de acostar a todos (o eso creía), bajé al salón y me desplomé en el sofá. Saqué el móvil y entré en un grupo de madres del barrio en Facebook. Allí encontré un post de Carmen, una vecina a la que apenas conocía: “¿Alguien más tiene problemas con las siestas? Descubrí algo que me cambió la vida”.

No sé qué me impulsó a escribirle un mensaje privado. Quizá la desesperación. Quizá la esperanza de que alguien entendiera lo que sentía.

—Hola Carmen, soy Lucía, la del tercero B. He leído tu post… ¿Qué descubriste?

Su respuesta llegó enseguida: “No sabía que los bebés no deberían dormir en completo silencio ni a oscuras total durante el día. Eso les confunde y creen que es de noche. Desde que dejo algo de luz y ruido ambiente, duerme mejor y se despierta menos asustada”.

Me quedé helada. Toda mi vida había hecho lo contrario: cortinas cerradas, silencio absoluto, todos callados como si estuviéramos en una biblioteca. ¿Y si ese era mi error?

Al día siguiente lo probé. Dejé las cortinas entreabiertas y puse música suave en el salón. Martina lloró menos y se durmió antes. No era magia, pero algo había cambiado.

—¿Ves? —dijo mi suegra desde la cocina— Si es que las madres de ahora leéis demasiadas cosas en internet.

Pero yo sentí una mezcla de alivio y rabia. ¿Por qué nadie me lo había dicho antes? ¿Por qué las madres tenemos que aprender a base de ensayo y error mientras todos opinan desde fuera?

Esa noche hablé con mi marido, Álvaro.

—¿Tú sabías esto? —le pregunté mientras recogíamos los platos.

—No… pero tampoco creo que haya una sola manera correcta —respondió encogiéndose de hombros.

—Pero llevo años sintiéndome mala madre porque mis hijos no dormían bien… Y resulta que era algo tan simple como esto.

Me eché a llorar. Álvaro me abrazó en silencio. Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía soltar todo ese peso.

Los días siguientes fueron una mezcla de alivio y culpa. Empecé a hablar más con otras madres del colegio. Descubrí que muchas sentían lo mismo: miedo a equivocarse, miedo al juicio ajeno, miedo a no estar a la altura.

Un día, Paula se acercó mientras preparaba la merienda.

—Mamá… ¿estás triste?

—Un poco —admití—. Pero también estoy aprendiendo cosas nuevas cada día.

Ella me abrazó fuerte y sentí cómo algo dentro de mí se recomponía poco a poco.

Hoy Martina duerme mejor. Yo también descanso más. Pero sobre todo he aprendido a perdonarme por no ser perfecta. A veces pienso en todas esas madres solas en sus casas, sintiéndose juzgadas o insuficientes por errores tan pequeños como este.

¿Y si habláramos más entre nosotras? ¿Y si dejáramos de juzgarnos tanto? ¿Cuántas cosas podríamos aprender juntas?

¿Alguna vez os habéis sentido así? ¿Qué consejo os habría gustado recibir antes de convertiros en madres?