El consejo de la mendiga: una noche en el hospital de Sevilla
—¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? —pensé, apretando el bolso de piel contra mi pecho mientras la lluvia golpeaba con rabia el parabrisas del taxi. Mi marido, Javier, respiraba con dificultad a mi lado, pálido como la cera. El conductor, un hombre mayor con acento andaluz, nos miraba por el retrovisor con preocupación, pero yo solo quería llegar cuanto antes al hospital Virgen del Rocío.
Al bajar del coche, el aire húmedo y el olor a tierra mojada me golpearon. Javier apenas podía caminar; lo sujeté con fuerza, sintiendo cómo su peso me arrastraba. De repente, una figura encorvada apareció bajo la marquesina del hospital: una mujer mayor, con la cara surcada de arrugas y los ojos brillantes de necesidad.
—Señora, ¿me puede dar algo para comer? —suplicó la mendiga, extendiendo una mano temblorosa.
No lo dudé. Saqué un billete de cincuenta euros y se lo lancé casi sin mirarla, como quien espanta una mosca molesta. No tenía tiempo para sentimentalismos; mi mundo se estaba desmoronando y nadie parecía entenderlo.
Pero entonces, la mujer me miró fijamente y, con voz grave y pausada, soltó:
—El dinero no cura el alma ni salva a los que amas. A veces hay que dar lo que más duele para recibir lo que más necesitas.
Me quedé helada. Javier tosió y me apremió para entrar, pero esas palabras se me clavaron como un puñal. ¿Qué quería decir esa mujer? ¿Acaso no era suficiente con ayudarla económicamente? ¿Qué más podía dar yo?
Dentro del hospital, el ambiente era denso: luces frías, gente corriendo, enfermeros gritando nombres por los pasillos. Me senté en una silla de plástico mientras los médicos se llevaban a Javier en una camilla. Mi móvil vibraba sin parar: mensajes de mi hija Lucía preguntando por su padre, llamadas perdidas de mi suegra desde Cádiz.
Miré mis manos perfectamente cuidadas y sentí una punzada de vergüenza. Toda mi vida había estado rodeada de lujos: cenas en Triana, veranos en la costa de Huelva, fiestas familiares donde el jamón y el vino nunca faltaban. Pero ahora, en ese hospital público, rodeada de desconocidos y del miedo más puro, todo eso parecía ridículo.
La voz de la mendiga resonaba en mi cabeza. «Dar lo que más duele»… ¿Qué era eso para mí? ¿Mi tiempo? ¿Mi atención? ¿Mi amor? Recordé las veces que había dejado a Javier solo por irme de compras o a reuniones sociales. Las discusiones por tonterías, los silencios incómodos en la mesa del comedor.
Una enfermera joven se acercó y me tocó el hombro:
—¿Es usted la esposa de Javier? Puede pasar a verlo unos minutos.
Entré en la habitación y vi a mi marido conectado a mil cables. Sus ojos se abrieron apenas al verme. Me senté junto a él y le cogí la mano. Por primera vez en años, sentí que no importaba nada más: ni el dinero, ni las apariencias, ni las críticas de mi familia política.
—Perdóname —susurré—. Por no estar cuando más me necesitabas.
Javier sonrió débilmente y apretó mi mano. En ese instante supe que el verdadero valor no está en lo que damos materialmente, sino en lo que entregamos de nosotros mismos.
Al salir del hospital al amanecer, busqué a la mendiga. Seguía allí, envuelta en su manta raída. Me acerqué y le di las gracias. Ella asintió con una sonrisa triste.
—A veces hay que perderlo todo para darse cuenta de lo que realmente importa —me dijo.
Mientras caminaba hacia casa bajo el cielo gris de Sevilla, me pregunté: ¿Cuántas veces nos escondemos tras el dinero para no enfrentar lo que realmente nos duele? ¿Y tú? ¿Qué estarías dispuesto a dar por salvar lo que amas?