No soy la suegra que todos pintan: confesiones de una madre tras el divorcio de mi hijo
—¿Por qué no me contestas, Andrés? —le susurré al teléfono, con la voz quebrada, mientras la recepcionista del consultorio me miraba de reojo. No era la primera vez que mi hijo ignoraba mis llamadas desde que se fue de la casa que compartía con Mariana y la pequeña Sofía. Hoy, sentada en esa sala blanca y fría del dentista en Guadalajara, sentí que el dolor en mi pecho era más fuerte que el de la muela que me trajo aquí.
No quería pensar en Mariana, pero desde hace meses su imagen no me deja en paz. La recuerdo llegando a nuestra casa con su cabello recogido y los ojos cansados, siempre cargando a Sofía y una bolsa llena de sueños rotos. Cuando Andrés decidió irse, yo no lo apoyé. No podía. Pero tampoco supe cómo ayudar a Mariana. ¿Qué hace una suegra cuando su hijo es el que rompe la familia?
La gente habla mucho. En el mercado, las vecinas cuchichean: “¿Ya viste cómo anda Mariana? Sale cada noche, deja a la niña con su mamá y se va quién sabe a dónde”. Yo escucho y callo. No sé si defenderla o quedarme callada por vergüenza. Mi hermana Lucía fue la primera en decirme: “No te metas, Leticia. Ya no es tu problema”. Pero ¿cómo no va a serlo si Sofía es mi nieta y Mariana fue como una hija para mí durante seis años?
Recuerdo la última vez que vi a Mariana antes del divorcio. Estaba sentada en la cocina, con las manos temblorosas y los ojos rojos de tanto llorar.
—Leti, ¿qué voy a hacer ahora? —me preguntó, con la voz apenas audible.
Yo no supe qué decirle. Solo le serví un café y le acaricié el hombro. Sentí que cualquier palabra sería inútil frente al dolor que compartíamos las dos.
Desde entonces, todo cambió. Andrés se fue a vivir con una mujer más joven, una tal Paola, y Mariana se quedó sola con Sofía en un departamento pequeño al otro lado de la ciudad. Al principio intenté ayudarla: le llevaba despensa, le ofrecía cuidar a Sofía los fines de semana. Pero Mariana empezó a rechazar mi ayuda.
—Gracias, Leti, pero quiero aprender a salir adelante sola —me dijo una tarde, cuando fui a visitarla sin avisar.
Me dolió escuchar eso. Sentí que me estaba alejando de mi nieta y de esa parte de mi familia que tanto quise proteger. Pero también entendí que Mariana necesitaba espacio para reconstruirse.
Las cosas se complicaron cuando comenzaron los rumores. Que si Mariana tenía un nuevo novio, que si salía mucho por las noches, que si descuidaba a Sofía. Mi hijo Andrés me llamaba furioso:
—¡Mamá! ¿No ves lo que está haciendo Mariana? ¡No quiero que Sofía crezca así!
Yo intentaba calmarlo:
—Andrés, tú también tienes responsabilidad. No puedes juzgarla si tú fuiste el primero en irte.
Pero él no escuchaba. Siempre fue terco, igual que su padre.
Un día decidí enfrentar a Mariana. Fui a su casa sin avisar y la encontré jugando con Sofía en el suelo de la sala. Había risas, juguetes por todas partes y un desorden que olía a vida real.
—Mariana —le dije—, la gente está hablando mucho. Dicen cosas feas de ti…
Ella me miró directo a los ojos:
—¿Y tú qué crees, Leti? ¿De verdad piensas que soy mala madre porque intento rehacer mi vida?
Me quedé callada. No sabía qué responderle. Vi el dolor en su mirada y entendí que yo también había caído en el juego de los chismes.
Esa noche no pude dormir. Pensé en mi propia vida: en cómo juzgué a mi suegra cuando era joven, en cómo siempre quise ser diferente pero terminé repitiendo los mismos errores. Recordé las veces que Mariana me pidió consejo y yo solo atiné a decirle “ten paciencia”, como si eso fuera suficiente para curar un corazón roto.
Pasaron los meses y las cosas no mejoraron entre Andrés y Mariana. Las discusiones por la custodia de Sofía se volvieron más frecuentes y yo quedé atrapada en medio del fuego cruzado. Un día Andrés llegó a mi casa furioso:
—¡Mamá! Mariana no me deja ver a Sofía si no le paso más dinero.
—¿Y tú le das lo suficiente? —le pregunté.
Él bajó la mirada y no respondió.
Me sentí impotente. Quería ayudar a todos pero solo lograba empeorar las cosas. Empecé a notar cómo Sofía se volvía más callada cada vez que venía a visitarme. Ya no reía como antes; sus ojos grandes estaban llenos de preguntas sin respuesta.
Un domingo decidí invitar a Mariana y Sofía a comer en casa. Preparé mole como le gustaba a Mariana y puse flores frescas en la mesa. Cuando llegaron, sentí una mezcla de alegría y tristeza.
Durante la comida intenté romper el hielo:
—Mariana, sé que todo esto ha sido difícil para ti… para todos nosotros. Pero quiero que sepas que siempre tendrás un lugar aquí.
Ella sonrió débilmente y me agradeció. Después de comer, salimos al patio y vi cómo jugaba con Sofía bajo el sol tapatío. Por un momento sentí paz.
Pero esa paz duró poco. Al día siguiente recibí una llamada anónima:
—Leticia, deberías cuidar mejor a tu nieta. Dicen que Mariana anda con malas compañías…
Colgué el teléfono temblando de rabia e impotencia. ¿Por qué la gente disfruta tanto destruir lo poco bueno que queda?
Esa noche llamé a Mariana:
—Hija, solo quiero saber si estás bien… Si necesitas algo…
Ella suspiró al otro lado del teléfono:
—Gracias, Leti. Estoy aprendiendo a vivir con todo esto. No es fácil… pero tengo a Sofía y eso me da fuerza.
Colgué sintiéndome más sola que nunca. Me di cuenta de que había perdido mucho más que una nuera: había perdido la oportunidad de ser mejor madre, mejor suegra… mejor persona.
Hoy, mientras espero en esta sala del dentista, pienso en todo lo que hemos vivido juntas: los cumpleaños de Sofía, las Navidades llenas de risas y ahora este silencio incómodo entre nosotras.
Me pregunto si algún día podré perdonar a Andrés por lo que hizo… o si podré perdonarme a mí misma por no haber hecho más por Mariana y Sofía.
¿De verdad somos las suegras tan malas como nos pintan? ¿O simplemente somos mujeres atrapadas entre el amor por nuestros hijos y el deseo de hacer lo correcto?
¿Ustedes qué piensan? ¿Han pasado por algo parecido? ¿Qué harían en mi lugar?