Una Navidad en el hospital: la historia de Marcos, el niño valiente que venció al cáncer y al COVID

—Mamá, ¿por qué no puedo ir a casa esta Navidad? —me preguntó Marcos con los ojos grandes y húmedos, mientras las luces del árbol improvisado parpadeaban sobre la mesilla de noche. Sentí cómo se me rompía el alma. No sabía si abrazarle fuerte o salir corriendo al pasillo para no llorar delante de él.

Era diciembre de 2021 y llevábamos ya seis meses en el Hospital La Paz de Madrid. Marcos tenía leucemia linfoblástica aguda y, justo cuando parecía que la quimioterapia empezaba a hacer efecto, una fiebre repentina nos trajo la peor noticia: positivo en COVID-19. El miedo se apoderó de mí. ¿Cómo podía soportar su pequeño cuerpo tanto dolor?

Recuerdo la primera vez que entró la doctora Carmen con su bata azul y su voz serena:

—María, tenemos que aislar a Marcos. No podrá recibir visitas durante unos días.

Me aferré a su mano como si fuera mi salvavidas. Mi marido, Luis, se quedó fuera, mirando por la ventana del pasillo, con los ojos rojos de tanto llorar. Nuestra hija pequeña, Lucía, preguntaba cada noche por su hermano desde casa de los abuelos en Alcalá de Henares.

Las horas se hacían eternas. El hospital olía a desinfectante y a miedo. Las enfermeras intentaban animarnos con dibujos y canciones, pero yo solo podía pensar en los tubos, las máquinas y el pitido constante del monitor. Una noche, mientras Marcos dormía, me derrumbé:

—¿Por qué a él? ¿Por qué ahora? —susurré al techo blanco.

Pero entonces escuché su vocecita desde la cama:

—Mamá, ¿me cuentas otra vez cómo fue mi primer día en la playa?

Y así pasaban los días, entre cuentos inventados y videollamadas con Lucía. El personal sanitario se convirtió en nuestra segunda familia. La enfermera Pilar le trajo un Belén hecho con plastilina; el celador Antonio le enseñó a hacer aviones de papel; hasta la señora Rosario, la limpiadora, le regaló una bufanda tejida por ella.

El 24 de diciembre llegó envuelto en incertidumbre. Aquel año no habría turrón ni villancicos en casa; solo mascarillas y batas verdes. Pero algo cambió esa tarde. La doctora Carmen entró con una sonrisa distinta:

—Marcos ha dado negativo en la última PCR. Si todo sigue bien, podrá salir del aislamiento mañana.

No pude evitarlo: lloré de alegría delante de todos. Marcos me miró y sonrió por primera vez en semanas.

Esa noche, los médicos y enfermeros organizaron una pequeña fiesta en el pasillo. Había globos, zumo de naranja y hasta un Papá Noel disfrazado (que resultó ser Antonio). Luis pudo entrar unos minutos con un permiso especial; Lucía apareció en la tablet cantando «Campana sobre campana». Por un instante, el hospital dejó de ser un lugar triste.

—¿Sabes qué quiero pedirle a los Reyes Magos? —me susurró Marcos al oído— Que todos los niños puedan volver pronto a casa.

Me di cuenta entonces de que mi hijo era mucho más fuerte que yo. Había soportado pinchazos, miedo y soledad sin perder la sonrisa. Aquella Navidad no hubo regalos caros ni cenas abundantes, pero sí abrazos sinceros y esperanza renovada.

Hoy, dos años después, Marcos corretea por el parque con Lucía y sueña con ser médico para ayudar a otros niños como él. Yo sigo temiendo cada revisión médica, pero también he aprendido a valorar cada día juntos.

¿De verdad sabemos lo que importa hasta que lo perdemos? ¿Cuántas veces olvidamos dar las gracias por las pequeñas cosas? Si mi historia te ha tocado el corazón, cuéntame: ¿qué es para ti la verdadera Navidad?