Nochebuena bajo el mismo techo: el día que la abuela puso las cosas en su sitio
—¡No pienso aguantar ni un minuto más tus tonterías, Lucía! —gritó mi madre, con la cara roja y los ojos llenos de lágrimas—. Si tanto te molesta cómo hago las cosas en mi casa, ya sabes dónde está la puerta. Y llévate a tu hijo contigo.
El silencio cayó como una losa sobre el salón, solo interrumpido por el tintineo de las copas y el parpadeo nervioso de las luces del árbol. Mi hijo Diego, con sus seis años y su jersey de renos, me miraba sin entender nada, apretando mi mano con fuerza. Sentí cómo se me encogía el corazón. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿En Nochebuena, de todas las noches?
Intenté mantener la compostura, pero la rabia y la tristeza me ahogaban. —Mamá, por favor, no delante de Diego…
—¡No! —interrumpió ella—. Siempre tienes una excusa para todo. Aquí mando yo y punto. Si no te gusta, ya sabes.
Cogí el abrigo de Diego y el mío, temblando. El resto de la familia miraba al suelo, nadie se atrevía a decir nada. Mi hermana Marta se mordía el labio, mi padre fingía estar muy ocupado sirviendo vino. Nadie movió un dedo.
Cuando abrí la puerta para salir al portal helado, una voz grave y firme retumbó desde el pasillo:
—¿Pero qué estáis haciendo aquí?
Era la abuela Carmen. Había llegado antes de lo previsto, con su bastón y su abrigo de lana azul. Sus ojos chispeaban con esa mezcla de ternura y carácter que siempre la había definido.
Mi madre abrió la boca para justificarse, pero la abuela levantó la mano con un gesto seco.
—Ni una palabra más —dijo, con voz temblorosa pero firme—. ¿Cómo se te ocurre echar a tu hija y a tu nieto a la calle en Nochebuena? ¿Tú te has vuelto loca o qué?
Mi madre se quedó petrificada. Nadie le llevaba nunca la contraria, pero la abuela era otra historia.
—Mamá… es que Lucía siempre está criticando todo…
—¡Basta ya! —la cortó la abuela—. Aquí todos tenemos nuestras manías, pero lo que no voy a permitir es que se rompa la familia por una discusión tonta. ¿Te acuerdas de cuando éramos cinco hermanos en un piso de dos habitaciones y compartíamos hasta el turrón? Nunca faltó sitio para nadie.
La abuela se acercó a Diego y le acarició el pelo.
—Ven aquí, campeón. Tú te quedas conmigo esta noche. Y tu madre también. Y si a alguien no le gusta, que se vaya él.
El ambiente cambió de golpe. Mi padre carraspeó y se acercó a darme un abrazo torpe. Marta rompió a llorar y vino corriendo a abrazar a Diego. Hasta mi madre bajó la cabeza, derrotada.
La abuela nos sentó a todos en la mesa y sirvió caldo caliente como si nada hubiera pasado. Pero yo notaba las miradas cruzadas, los silencios incómodos entre plato y plato. La tensión seguía ahí, flotando como una nube negra sobre los villancicos.
Después de cenar, mientras los niños jugaban con los regalos y los adultos intentaban retomar conversaciones triviales sobre fútbol y política, me acerqué a la abuela en la cocina.
—Gracias, abuela —le susurré—. No sé qué habría hecho sin ti.
Ella me apretó la mano con fuerza.
—Las familias son así, hija mía. Nos peleamos, nos decimos cosas feas… pero al final lo importante es estar juntos. No dejes que el orgullo te aleje de los tuyos.
Esa noche dormí poco. Me quedé mirando el techo del cuarto donde había crecido, escuchando la respiración tranquila de Diego a mi lado. Pensé en todo lo que habíamos perdido por culpa del orgullo y las palabras mal dichas.
¿De verdad vale tanto una discusión como para romper una familia? ¿Cuántas veces dejamos que el rencor pese más que el cariño? Ojalá algún día aprendamos a perdonarnos antes de que sea demasiado tarde.