La sombra de mi padre: Cuando la familia duele más que ayuda
—¿Otra vez llegas tarde, papá? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras intentaba calmar a mi hija que lloraba desconsolada en mis brazos. El reloj marcaba las once de la noche y yo llevaba horas sola, agotada, esperando que él regresara con la compra que le había pedido por la mañana.
Mi padre, Manuel, entró por la puerta sin mirarme. Olía a vino barato y traía una bolsa con apenas un par de barras de pan y una botella de cerveza. Ni rastro de los pañales ni de la leche para la niña. Sentí una punzada de rabia mezclada con tristeza. ¿Cómo habíamos llegado a esto?
Hace apenas un año, cuando me enteré de que estaba embarazada y mi pareja me dejó, pensé que al menos podía contar con mi padre. Siempre había sido un hombre trabajador, serio, aunque algo distante desde que mamá murió. Cuando le pedí que viniera a vivir conmigo durante el embarazo, aceptó sin dudarlo. Pensé que sería un apoyo, pero pronto la realidad me golpeó como una ola helada.
Al principio, todo parecía normal. Manuel ayudaba en casa, cocinaba algún guiso sencillo y salía a comprar lo necesario. Pero poco a poco empezó a cambiar. Se pasaba las tardes en el bar del barrio, gastando el poco dinero que yo tenía ahorrado. Cuando nació Alba, mi hija, la situación empeoró: él apenas se acercaba a nosotras y cada vez traía menos cosas útiles a casa.
Una noche, mientras Alba dormía y yo recogía los platos sucios, escuché cómo mi padre hablaba por teléfono en el balcón:
—No te preocupes, hermano. Aquí estoy bien. Lucía cobra la baja y paga todo. Yo no tengo que preocuparme de nada.
Sentí un escalofrío. ¿De verdad era ese el hombre que me enseñó a montar en bici en el parque del Retiro? ¿El mismo que me abrazó cuando aprobé Selectividad?
Los días se hicieron eternos. Yo no dormía más de dos horas seguidas. Alba lloraba por cólicos y yo apenas tenía fuerzas para levantarme. Mi padre ni siquiera intentaba ayudarme; se limitaba a pedirme dinero para tabaco o cerveza y a quejarse si la comida no estaba hecha.
Una tarde, después de una discusión porque había gastado el último billete en lotería, exploté:
—¡Papá! ¡No puedo más! ¡Estoy sola con una niña recién nacida y tú solo piensas en ti! ¿Por qué me haces esto?
Él me miró con una mezcla de desprecio y cansancio:
—Tú siempre tan dramática, Lucía. Yo ya he trabajado bastante en mi vida. Ahora me toca descansar.
Me quedé helada. ¿Descansar? ¿A costa de mi salud mental y del bienestar de su nieta?
Empecé a sentirme atrapada. No podía permitirme pagar una guardería ni pedir ayuda a nadie más; mis amigas estaban lejos y mis tíos tenían sus propios problemas. Cada día era una batalla: Alba enfermó de bronquiolitis y tuve que llevarla sola al hospital porque mi padre ni se levantó del sofá.
Una mañana, mientras preparaba un biberón con lágrimas en los ojos, escuché un mensaje de voz de mi amiga Carmen:
—Lucía, no tienes por qué aguantar esto. Es tu casa, tu vida. Pon límites antes de que te destroce.
Esas palabras resonaron en mi cabeza durante días. Empecé a buscar información sobre ayudas sociales y asesoramiento psicológico. Me sentía culpable por siquiera pensar en echar a mi padre de casa, pero cada vez era más evidente: su presencia era un lastre.
Una noche, después de otra discusión absurda porque no había cerveza fría en la nevera, tomé aire y le dije:
—Papá, tienes que irte. No puedo seguir así. Necesito paz para cuidar de Alba y de mí misma.
Él se levantó furioso:
—¡Eres una desagradecida! ¡Después de todo lo que he hecho por ti!
Me temblaban las piernas pero no cedí:
—Te lo agradezco, pero ahora necesito que respetes mi espacio. Puedes quedarte unos días más mientras buscas dónde ir, pero esto no puede seguir.
Durante esas semanas sentí miedo e inseguridad, pero también una extraña sensación de alivio. Mi padre se fue a casa de un primo en Vallecas y yo empecé a reconstruir mi vida poco a poco. No fue fácil: la culpa me perseguía cada noche, pero también sentí que por primera vez estaba defendiendo lo poco que tenía.
Hoy Alba tiene seis meses y sonríe cada mañana al verme. Mi padre me llama a veces; nuestra relación es distante pero cordial. Sigo luchando con la culpa y el dolor, pero también con una nueva fuerza interior.
A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debemos aguantar por amor a la familia? ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse destruir? ¿Alguien más ha sentido esa sombra familiar oscureciendo su propia luz?