La noche en la que perdí a mi hija y me encontré a mí misma: una madre ante la verdad y el amor
—¿Por qué me haces esto, Lucía? —mi voz temblaba, apenas un susurro en la penumbra del pasillo. No sé si ella me oyó. Quizá fue mejor así. Aquella noche de octubre, la lluvia golpeaba los cristales del piso en Chamberí y yo, como tantas veces, salí de mi cuarto para pedirle a mi hija que bajara la música. Pero lo que escuché no fue música, sino su voz, baja y rota, hablando por teléfono.
—No puedo más, Marta. Mi madre nunca lo entendería… —decía Lucía, y cada palabra era un puñal.
Me quedé inmóvil, pegada a la puerta entreabierta. ¿Qué era eso que yo no podría entender? ¿Qué secreto tan grande guardaba mi hija de diecisiete años? Sentí el vértigo de quien mira al abismo y sabe que un paso más lo cambiará todo. Pero di ese paso. No podía seguir viviendo en la ignorancia cómoda de las madres que creen saberlo todo.
Al día siguiente, el silencio entre nosotras era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Mi marido, Fernando, desayunaba leyendo El País sin sospechar nada. Yo miraba a Lucía, buscando en su rostro infantil alguna señal de la niña que crié. Pero sólo vi distancia y miedo.
—¿Te pasa algo? —pregunté, intentando sonar casual.
Ella negó con la cabeza y salió sin despedirse. El portazo fue un eco de mi propia impotencia.
Durante todo el día, la conversación escuchada se repetía en mi cabeza como una letanía. ¿Qué podía ser tan grave? ¿Drogas? ¿Un embarazo? ¿Algo peor? Llamé a mi hermana Carmen, buscando consejo.
—No seas dramática, Ana —me dijo—. Los adolescentes siempre esconden cosas. Dale espacio.
Pero yo no podía. No después de oír el miedo en su voz. Así que esa tarde, cuando Lucía volvió del instituto, la esperé en su cuarto.
—Tenemos que hablar —le dije, cerrando la puerta tras de mí.
Ella se sentó en la cama, abrazando una almohada como si fuera un escudo.
—¿Qué pasa?
—Anoche te oí hablar con Marta…
Vi cómo se le tensaban los hombros. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes siquiera de que pudiera decir nada más.
—Mamá…
—¿Qué ocurre, Lucía? Por favor, dímelo. Sea lo que sea, prefiero saberlo.
El silencio se hizo eterno. Finalmente, con voz apenas audible, confesó:
—Estoy enamorada de Marta. Somos novias desde hace meses.
El mundo se detuvo. Sentí cómo se me helaba la sangre. No por lo que me decía —en el fondo siempre lo había intuido— sino porque ella había vivido todo ese tiempo con miedo a mi reacción. ¿Tan mala madre había sido?
No supe qué decir. Me limité a abrazarla mientras lloraba desconsolada en mis brazos. Esa noche no dormí. Pensé en mi propia madre, en cómo me juzgó cuando decidí estudiar Bellas Artes en vez de Derecho como quería papá. Pensé en las veces que yo misma había criticado a los hijos de otros por ser «diferentes».
A la mañana siguiente, Fernando notó mi cara demacrada.
—¿Todo bien?
—Lucía tiene novia —solté sin pensarlo.
Él se quedó callado unos segundos.
—¿Y?
Me sorprendió su serenidad. Yo esperaba gritos o reproches. Pero él sólo dijo:
—Es nuestra hija. La queremos igual.
Sentí una mezcla de alivio y vergüenza por no haber reaccionado así desde el principio.
Pero el verdadero drama llegó el fin de semana siguiente, cuando mis padres vinieron a comer a casa. Lucía estaba tensa; yo también. Durante el postre, mi madre preguntó:
—¿Y tú qué tal en el instituto? ¿Tienes novio ya?
Lucía me miró suplicante. Yo asentí levemente con la cabeza.
—Tengo novia —dijo ella con voz firme.
El silencio fue absoluto. Mi padre dejó caer la cuchara; mi madre se llevó la mano al pecho como si le faltara el aire.
—¡Por Dios bendito! —exclamó ella—. ¿Eso es lo que te enseñan ahora en el colegio?
Sentí rabia y tristeza a partes iguales. Por primera vez en mi vida me enfrenté a mis padres:
—Mamá, papá… Lucía es feliz así y eso es lo único que importa.
La comida terminó entre lágrimas y reproches. Mis padres se marcharon antes del café y yo sentí que había perdido algo irrecuperable: la imagen de familia perfecta que tanto me había esforzado en mantener.
Esa noche Lucía vino a mi cuarto y se tumbó a mi lado en silencio.
—Gracias por defenderme —susurró.
La abracé fuerte y lloramos juntas hasta quedarnos dormidas.
Desde entonces nada volvió a ser igual. Mis padres dejaron de llamarnos durante semanas; algunos amigos evitaron nuestras miradas en el barrio; incluso en el instituto hubo rumores y miradas torcidas hacia Lucía y Marta. Pero también descubrimos quiénes eran nuestros verdaderos amigos: mi hermana Carmen organizó una cena para celebrar «el amor sin etiquetas», y Fernando empezó a llevar a Lucía y Marta al cine los sábados como si nada hubiera cambiado.
Yo aprendí a mirar a mi hija con otros ojos: no como la niña perfecta que imaginé, sino como la joven valiente que realmente es. Perdí muchas cosas aquel otoño: certezas, amistades, incluso parte de mi familia. Pero gané algo mucho más valioso: el valor para amar sin condiciones y la libertad de ser yo misma, sin miedo al qué dirán.
A veces me pregunto: ¿cuántas madres viven engañadas por sus propios prejuicios? ¿Cuántos hijos callan por miedo a decepcionar? ¿De verdad conocemos a quienes más amamos o sólo amamos la idea que tenemos de ellos?