Las huellas silenciosas de María: Diez años después del divorcio

—¿Otra vez vas a casa de doña Carmen? —me preguntó Luis, con ese tono que mezcla celos y cansancio. Yo, María, me detuve en seco en el pasillo, con las llaves temblando entre los dedos. No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que, diez años después de mi divorcio con Pedro, sigo yendo cada semana a ver a mi exsuegra? ¿Cómo decirle que hay heridas que no cierran y secretos que pesan más que la rutina?

En el barrio todos murmuran. Las vecinas se asoman tras las cortinas cuando me ven cruzar la plaza, siempre con una bolsa de magdalenas o un ramo de flores. «Mira, ahí va la exnuera de doña Carmen», cuchichean. «¿No tiene vergüenza?». Pero nadie sabe lo que ocurre tras la puerta verde del tercer piso.

La primera vez que volví después del divorcio, Carmen me abrió con los ojos rojos y la voz rota. —María, hija, pasa. No te quedes ahí como un alma en pena. —Me abrazó tan fuerte que sentí que el tiempo retrocedía y yo volvía a ser parte de esa familia.

Pedro y yo nos separamos por mil razones pequeñas: discusiones por el dinero, silencios en la mesa, sueños distintos. Pero hubo una razón mayor, una herida secreta: la muerte de nuestro hijo, Daniel. Tenía solo seis años cuando una meningitis se lo llevó en tres días. Desde entonces, la casa se llenó de ecos y reproches mudos. Pedro se encerró en sí mismo y yo me aferré a Carmen como a un salvavidas.

—No puedo dejarla sola —le dije a Luis una noche, cuando ya no pude más con sus preguntas.
—Pero no es tu madre —me respondió él, dolido.
—No, pero es la única persona que entiende mi dolor.

Luis nunca lo entendió del todo. Él quería una familia nueva, un comienzo limpio. Pero yo arrastraba el pasado como una sombra. Cuando nació nuestra hija Lucía, sentí alegría y culpa al mismo tiempo. ¿Cómo podía ser feliz si Daniel ya no estaba? ¿Cómo podía mirar a Lucía sin pensar en lo que perdí?

Carmen y yo compartimos silencios largos en su cocina. Ella me sirve café y me mira con esos ojos tristes que lo han visto todo.
—A veces sueño con él —me confesó una tarde—. Viene corriendo por el pasillo y me llama «abuela».
Yo asentí, sin poder hablar. En esos momentos siento que somos dos náufragas aferradas al mismo recuerdo.

Un día, Pedro apareció en casa de su madre mientras yo estaba allí. Se quedó parado en la puerta, sorprendido.
—¿Tú aquí?
—Vengo a ver a Carmen —dije, bajando la mirada.
Él asintió y se sentó con nosotras. Hablamos poco, pero por primera vez en años sentí que no había odio entre nosotros, solo un cansancio inmenso y una tristeza compartida.

La relación con Luis empezó a resquebrajarse. Él sospechaba que yo seguía viendo a Pedro o que no lo había superado. Una noche discutimos fuerte:
—¿Por qué no puedes dejar el pasado atrás? —me gritó.
—Porque el pasado es mi hijo —le respondí llorando—. Y nadie puede pedirme que lo olvide.

Luis empezó a llegar tarde a casa. Yo me refugiaba más en Carmen y en mis recuerdos. Lucía crecía ajena a todo esto, aunque a veces me miraba con esos ojos grandes y serios y preguntaba:
—Mamá, ¿por qué estás triste?
No sabía qué decirle. ¿Cómo explicarle el vacío?

El barrio seguía hablando. Una vecina se atrevió a decírmelo a la cara:
—María, deberías pensar en tu familia nueva. Eso no es normal.
Me dolió, pero no respondí. Nadie sabe lo que pesa la culpa ni lo difícil que es perdonarse a una misma.

Hace unas semanas Carmen enfermó. Fui cada día al hospital, le llevé flores y le leí cartas antiguas de Daniel. Una tarde me tomó la mano y me susurró:
—Gracias por no dejarme sola.
Lloré como no lo hacía desde hacía años.

Cuando Carmen murió, sentí que una parte de mí se iba con ella. En el funeral, Pedro me abrazó y por primera vez hablamos de Daniel sin miedo ni reproches.
—Nunca te culpé —me dijo—. Solo no supe cómo seguir adelante.

Luis estuvo allí también, serio y distante. Al volver a casa me preguntó:
—¿Ahora podrás mirar hacia adelante?
No supe qué responderle.

Hoy escribo esto sentada en la cocina vacía de Carmen. El sol entra por la ventana y escucho las risas lejanas de los niños jugando en la plaza. Me pregunto si algún día podré dejar atrás el dolor sin sentir que traiciono la memoria de mi hijo.

¿Es posible reconstruir una vida nueva sin olvidar lo que fuimos? ¿Alguna vez se cura realmente el corazón de una madre?