Diez años de silencio: cuando el padre ausente vuelve a llamar a la puerta
—¿Por qué ahora, Ignacio? ¿Por qué después de diez años? —mi voz temblaba, pero no iba a dejar que las lágrimas me traicionaran delante de él.
Ignacio bajó la mirada, incómodo, como si el suelo del salón de mi piso en Vallecas pudiera darle una respuesta mejor que yo. Lucía, nuestra hija, estaba en su habitación, ajena a la tormenta que se desataba en el salón. Diez años. Diez años en los que su padre había sido poco más que un nombre en el registro civil y una sombra en las fotos antiguas.
—He cambiado, Marta —dijo al fin, con esa voz grave que un día me enamoró y que ahora sólo me daba rabia—. Sé que no tengo derecho a pedir nada, pero quiero estar con Lucía. Quiero ser su padre.
Me reí, amarga. ¿Padre? ¿Ahora? Cuando Lucía ya tenía casi doce años y había aprendido a vivir sin él. Cuando yo había hecho malabares para pagar el alquiler, los libros del colegio y hasta los regalos de Reyes Magos. Cuando mi madre, Carmen, había sido más abuela y madre para Lucía que Ignacio jamás sería.
—¿Y qué le vas a decir? ¿Que te acordaste de ella porque te sentiste solo? ¿O porque tu nueva novia quiere una familia feliz para Instagram? —le solté, sin poder evitarlo.
Ignacio apretó los labios. No respondió. Sabía que tenía razón. Durante años, sólo recibí mensajes suyos para discutir la pensión alimenticia o para preguntarme si podía retrasarla otro mes. Nunca una llamada por el cumpleaños de Lucía. Ni una postal en Navidad.
Recuerdo perfectamente el día en que me di cuenta de que estaba sola en esto. Lucía tenía apenas dos años y una fiebre altísima. Llamé a Ignacio desesperada, pero él estaba «ocupado» con sus amigos en un bar de Malasaña. Mi madre vino corriendo desde Alcorcón para ayudarme. Esa noche, mientras sostenía la mano sudorosa de mi hija, juré que nunca más dependería de él.
Pero ahora estaba aquí, en mi salón, con esa cara de arrepentido y un ramo de flores baratas del supermercado. Y yo no sabía si gritarle o echarme a llorar.
—Marta —dijo Ignacio suavemente—. No vengo a quitarte nada. Sé que he sido un desastre. Pero quiero intentarlo. Por favor.
Me quedé en silencio. Por un momento pensé en Lucía: en cómo miraba con envidia a sus amigas cuando hablaban de sus padres; en cómo se hacía la fuerte cuando le preguntaban por el suyo; en cómo me abrazaba por las noches y me decía: «No pasa nada, mamá, contigo me basta».
Pero yo sabía que no era verdad. Ningún niño debería crecer sintiéndose abandonado por uno de sus padres.
—¿Y si te deja de interesar otra vez? —pregunté, casi en un susurro—. ¿Y si vuelves a desaparecer cuando las cosas se pongan difíciles?
Ignacio negó con la cabeza.
—No va a pasar. Te lo juro.
No le creí. Pero tampoco podía negarle la oportunidad a Lucía de conocerlo, aunque fuera para decepcionarse por sí misma.
—Hablaré con ella —dije al fin—. Pero será ella quien decida si quiere verte o no.
Ignacio asintió y se marchó sin decir nada más. Cerré la puerta y apoyé la frente contra la madera, sintiendo cómo el peso de los años caía sobre mis hombros.
Esa noche apenas dormí. Mi madre me llamó temprano.
—¿Otra vez Ignacio? —preguntó con ese tono mezcla de protección y reproche que sólo las madres saben usar—. No le dejes hacerle daño otra vez a la niña.
—No lo haré, mamá —le prometí—. Pero tampoco puedo decidir por Lucía.
Mi madre suspiró al otro lado del teléfono.
—Eres demasiado buena, hija.
Quizá tenía razón.
Por la tarde, senté a Lucía conmigo en el sofá. Ella me miró con esos ojos grandes y serios que siempre parecían entender más de lo que decían.
—Cariño —empecé despacio—, tu padre quiere verte. Dice que quiere pasar tiempo contigo.
Lucía se quedó callada un momento. Luego encogió los hombros.
—¿Por qué ahora?
No supe qué responderle. La abracé fuerte.
—No tienes que hacer nada que no quieras —le dije—. Pero si quieres verlo, estaré contigo todo el tiempo.
Lucía asintió despacio.
—Quiero conocerlo —susurró al fin—. Pero no quiero que me haga daño otra vez.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones y dudas. Ignacio empezó a venir los sábados por la tarde: primero conmigo presente, luego llevándose a Lucía al parque o al cine. Al principio ella estaba tensa, distante; pero poco a poco fue soltándose, riendo tímidamente ante los intentos torpes de Ignacio por hacerla reír.
Yo observaba desde lejos, con el corazón encogido y la cabeza llena de preguntas. ¿Podía un padre ausente recuperar el tiempo perdido? ¿Era justo para Lucía darle esa oportunidad?
Una tarde, mientras recogíamos la mesa después de cenar, Lucía se acercó a mí.
—Mamá —dijo bajito—, papá me ha prometido que nunca más va a desaparecer. ¿Tú le crees?
Me quedé mirándola largo rato antes de responder.
—No lo sé, cariño. Pero pase lo que pase, yo siempre estaré aquí contigo.
Lucía sonrió y me abrazó fuerte.
Ahora los sábados son diferentes en casa: hay risas nuevas y también viejos miedos que no desaparecen del todo. A veces veo a Ignacio mirar a Lucía con una mezcla de orgullo y culpa; otras veces lo sorprendo llorando en silencio cuando cree que nadie lo ve.
No sé si algún día podré perdonarlo del todo por habernos dejado solas tantos años. Pero sí sé que nadie puede devolvernos el tiempo perdido.
¿De verdad es posible empezar de cero después de tanto dolor? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar?