Mi marido salió a por pan y nunca volvió: la verdad que destrozó mi vida
—¿Vas a querer algo más que pan, Carmen?— preguntó Manuel mientras se abrochaba la chaqueta. Era una mañana fría de enero en Madrid, y yo apenas levanté la vista del café. —No, solo pan, gracias— respondí, sin imaginar que esas serían las últimas palabras que le diría a mi marido.
Recuerdo el portazo, el eco en el pasillo y el silencio que se instaló en casa. Pasaron las horas y Manuel no volvía. Al principio pensé que habría encontrado a algún vecino charlatán en la panadería, o que se habría entretenido con algún recado. Pero cuando dieron las dos de la tarde y no contestaba al móvil, empecé a sentir un nudo en el estómago.
Llamé a su hermana, a su madre, a sus amigos. Nadie sabía nada. La policía me miró con lástima cuando fui a denunciar su desaparición. —A veces los hombres se agobian y se van unos días— me dijo uno de los agentes, como si mi angustia fuera una exageración.
Los días se convirtieron en semanas. Los rumores empezaron a circular por el barrio: que si Manuel tenía problemas de dinero, que si le habían visto con otra mujer, que si había discutido conmigo la noche anterior. Yo solo podía pensar en sus ojos, en cómo me besó en la frente antes de salir.
Mi hijo Pablo tenía solo ocho años. Cada noche preguntaba por su padre. —¿Cuándo vuelve papá?— Y yo mentía: —Pronto, cariño, pronto.— Pero la verdad es que cada día perdía un poco más la esperanza.
La familia de Manuel empezó a distanciarse. Su madre me culpaba: —Algo habrás hecho para que se marche así.— Mi cuñada dejó de llamarme. Me sentí sola, juzgada, como si la desaparición de mi marido fuera un castigo por algún pecado que no recordaba haber cometido.
Pasaron tres años. Tres años de noches en vela, de mirar por la ventana cada vez que oía pasos en el portal, de saltar cada vez que sonaba el teléfono. Pablo creció demasiado rápido; aprendió a no preguntar por su padre.
Un día, recibí una carta sin remitente. Dentro había una foto: Manuel, abrazado a una mujer rubia en una terraza de Valencia. Al principio pensé que era un error, pero reconocí su sonrisa torcida, la cicatriz en su ceja. Llamé a la policía con la esperanza de que por fin lo buscaran en serio, pero solo anotaron el dato y me dijeron que no podían hacer nada si él se había ido voluntariamente.
La rabia sustituyó al dolor. ¿Cómo podía habernos dejado así? ¿Por qué no tuvo el valor de decirme que ya no me quería? Empecé a investigar por mi cuenta. Llamé a hoteles, busqué en redes sociales, incluso viajé a Valencia con Pablo para preguntar en la zona donde se había tomado la foto.
Una tarde, mientras caminaba por el paseo marítimo, lo vi. Estaba sentado en una terraza, riendo con la misma mujer de la foto. Sentí cómo se me helaba la sangre. Pablo tiró de mi mano: —Mamá, ¿ese no es papá?—
Me acerqué temblando. Manuel me miró como si hubiera visto un fantasma. —Carmen…— balbuceó. La mujer me miró con desconfianza.
—¿Por qué?— fue lo único que pude decir.
Manuel bajó la cabeza. —No podía más. Me sentía atrapado… No era feliz.—
—¿Y Pablo? ¿Y yo? ¿No merecíamos al menos una explicación?—
La mujer intentó intervenir pero la ignoré. Pablo se quedó paralizado, sin saber si abrazar a su padre o salir corriendo.
—Lo siento— murmuró Manuel.— No tuve valor para afrontarlo.—
Me marché sin mirar atrás. Pablo lloró toda la noche. Yo también.
Volvimos a Madrid y traté de rehacer mi vida. Pero cada vez que alguien mencionaba la palabra «familia», sentía un vacío imposible de llenar.
Hoy han pasado cinco años desde aquel encuentro en Valencia. Manuel nunca volvió a buscarnos. Pablo apenas habla de él; dice que su padre está muerto para él.
A veces me pregunto si hice algo mal, si pude haberlo evitado. Pero también pienso: ¿cuántas mujeres viven historias como la mía en silencio? ¿Cuántos secretos se esconden tras las puertas cerradas de nuestras casas?
¿De verdad es posible empezar de nuevo después de una traición así? ¿O las heridas del abandono nunca terminan de cicatrizar?