No es mío. Es de ellos. Y de todos los que recuerdan que el futuro de un niño no debería depender de lo que lleva en la mochila… o de lo que le falta.

—¿Por qué siempre te quedas ahí sentado, sin hacer nada? —La voz de la bibliotecaria, doña Carmen, sonó más fuerte de lo habitual aquella tarde de lluvia en Vallecas. Yo, Zofia, setenta y tres años y una vida entera dedicada a enseñar, me detuve en seco al escucharla. Miré al rincón junto a la ventana, donde un niño flaco, con una chaqueta demasiado grande y agujeros en los codos, bajaba la cabeza sin responder.

No era la primera vez que lo veía. Siempre solo, siempre callado. Los demás niños se peleaban por los ordenadores, por los libros nuevos, por un hueco en la mesa grande. Él no. Él miraba el vacío como si esperara que algo —o alguien— llenara ese espacio.

Me acerqué despacio, con el corazón encogido. Recordé a mis nietos, tan lejos, en Alemania y en Francia, que se quejaban por el móvil lento o porque la wifi iba mal. Y pensé: ¿qué pasaría si no tuvieran nada? Si su futuro dependiera de una pantalla rota o de una mochila vacía.

—Hola, cariño —le dije, sentándome a su lado. Él ni siquiera levantó la vista. Sobre la mesa tenía una bolsa arrugada con media barra de pan y un cuaderno sin tapas.

—¿Cómo te llamas?

—Samuel —susurró.

Samuel. Un nombre sencillo, español, como los de antes. Me dolió ver sus manos pequeñas, llenas de mugre bajo las uñas, aferradas al pan como si fuera un tesoro.

Esa noche no dormí. Pensé en mi marido, en cómo siempre decía que la vida era injusta pero que uno podía intentar equilibrar la balanza aunque fuera con gestos pequeños. En el armario guardaba el viejo portátil de mi marido, con la pantalla medio rota pero aún útil para estudiar o leer.

Al día siguiente, martes —uno de esos días en los que me obligo a salir para no sentirme invisible— volví a la biblioteca. Samuel estaba allí, como siempre. Me temblaban las manos cuando saqué el portátil envuelto en una bufanda.

—Toma —le dije—. Es para ti. Para estudiar, para buscar cosas del cole… No tienes que darme las gracias ni devolverlo pronto. Solo úsalo.

Samuel me miró como si le hubiera dado la luna. No dijo nada; solo lo acarició con cuidado y sonrió por primera vez.

Pero no podía quedarme ahí. Llamé a mis amigas del club de petanca: Pilar, que siempre tiene algún móvil viejo; Mercedes, que guarda tablets de sus nietos; y Rosario, que conoce a todo el barrio.

—¿Tenéis algún aparato que ya no uséis? —pregunté en nuestro grupo de WhatsApp—. Hay niños aquí que lo necesitan para estudiar.

Al principio hubo silencio. Luego Pilar contestó:

—Tengo un móvil antiguo pero funciona bien para leer PDFs.

Mercedes apareció al día siguiente con una tablet envuelta en papel de regalo.

—Mi nieta ya no la quiere —dijo encogiéndose de hombros—. Mejor aquí que criando polvo.

Montamos una mesa pequeña junto a la entrada de la biblioteca. Puse un cartel escrito con mi letra temblorosa: “PARA QUIEN LO NECESITE – DEVUELVELO CUANDO PUEDAS”.

Los primeros días nadie se atrevía a coger nada. Algunos padres miraban con desconfianza; otros susurraban: “Eso seguro que es robado”. Pero poco a poco, las miradas cambiaron.

Una tarde lluviosa entró una madre joven con dos niños pequeños. Se acercó a la mesa y cogió una tablet. Me miró a los ojos y murmuró:

—Gracias… No sabe lo que significa esto para nosotros.

Al día siguiente alguien dejó un portátil envuelto en una bolsa del Mercadona con una nota: “Para el siguiente niño que lo necesite”.

La cadena creció sola. El electricista jubilado del bloque empezó a revisar los cargadores y arreglar pantallas rotas. Un chaval del instituto enseñaba a los más pequeños cómo usar Word o buscar información para los deberes.

La directora de la biblioteca se asustó al principio:

—Zofia, ¿y si pasa algo? ¿Y si se pierde algo?

Pero cuando vio a Samuel enseñando matemáticas a Lucía, una niña gitana del barrio, o a Diego ayudando a su hermana pequeña con los deberes gracias al portátil prestado… nos dejó seguir.

El boca a boca hizo el resto. La parroquia trajo mochilas llenas de cuadernos y lápices; el dueño de la tienda de informática empezó a donar ratones y teclados viejos; hasta el bar Manolo puso una hucha para comprar auriculares nuevos.

Un día vino el director del colegio público del barrio:

—No sabíamos cuántos niños estaban quedándose atrás solo por no tener un ordenador —me dijo mientras me daba la mano—. Gracias por abrirnos los ojos. Vamos a pedir ayuda al ayuntamiento para todos.

Ahora vengo cada martes y jueves a sentarme en mi rincón favorito. Veo cómo Samuel ayuda a otros niños; cómo Lucía devuelve la tablet para que otra niña pueda usarla; cómo Mercedes trae galletas caseras para todos.

No es perfecto: hay días en los que nadie deja nada nuevo; otros en los que faltan cargadores o se estropea algún aparato. Pero nunca falta esperanza ni ganas de ayudar.

Los niños llaman a nuestra mesa “El rincón mágico de doña Zofia”. No porque haya magia real… sino porque allí encuentran algo más importante: oportunidades, confianza, futuro.

Y yo solo sonrío y me ajusto el chal mientras repito:

—No es mío. Es vuestro. Es de todos los que recuerdan que ningún niño debería quedarse atrás solo por lo que le falta en la mochila.

A veces me pregunto: ¿Cuántos Samuels habrá todavía esperando en silencio? ¿Cuántos gestos pequeños hacen falta para cambiar un barrio… o un país entero?