Cuando mi hija solo me llama por dinero: El dolor de una madre española
—¿Mamá, me puedes hacer una transferencia? Es urgente, de verdad.
La voz de Laura, mi hija, suena al otro lado del teléfono. No hay un «¿cómo estás?», ni un «te echo de menos». Solo esa frase, directa, como una puñalada. Me quedo en silencio unos segundos, intentando tragarme el nudo que se me forma en la garganta.
—Laura, ¿qué ha pasado ahora? —pregunto, intentando sonar calmada, aunque por dentro siento que me desmorono.
—Nada, mamá, es solo que este mes no llego. El alquiler, la universidad… Ya sabes. ¿Puedes ayudarme o no?
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando la foto de Laura en la estantería del salón. Tenía seis años en esa foto, con sus coletas y su sonrisa traviesa. ¿En qué momento se rompió todo? ¿Cuándo pasé de ser su refugio a ser solo un cajero automático?
Mi marido, Antonio, entra en la habitación y me mira con preocupación.
—¿Otra vez Laura?
Asiento en silencio. Él suspira y se sienta a mi lado.
—No podemos seguir así, Carmen. No es bueno para ella ni para nosotros.
Pero ¿cómo decirle que no a tu propia hija? ¿Cómo dejarla sola cuando sabes que está luchando en Madrid, lejos de casa, con trabajos precarios y una carrera universitaria que parece no acabar nunca?
Recuerdo cuando Laura era pequeña y venía corriendo a mi cama después de una pesadilla. «Mamá, tengo miedo», decía. Yo la abrazaba fuerte y le prometía que nada malo le pasaría mientras yo estuviera cerca. Ahora, la pesadilla parece ser mía.
La última vez que vino a casa fue en Navidad. Apenas habló con nosotros. Se pasó el día mirando el móvil y salió corriendo antes de los postres para quedar con sus amigos. Cuando intenté abrazarla al despedirse, noté cómo se tensaba.
—Mamá, por favor, que ya no soy una niña —me dijo apartándose.
Me quedé con los brazos en el aire, sintiéndome ridícula y vieja.
Antonio y yo siempre quisimos darle lo mejor. Trabajamos duro para pagarle el colegio privado, las clases de inglés, los veranos en la playa… Pero ahora siento que todo eso nos ha alejado más que acercado. ¿La hemos protegido demasiado? ¿O demasiado poco?
A veces pienso en llamarla yo, solo para preguntarle cómo está, pero me freno. No quiero parecer pesada. No quiero que piense que la estoy controlando. Pero luego pasan semanas sin saber nada de ella, hasta que vuelve a sonar el teléfono y todo se repite: «Mamá, ¿puedes enviarme dinero?»
Una tarde, mientras preparo la cena, escucho a Antonio hablando por teléfono en el balcón. Su voz suena dura:
—Laura, tienes que aprender a apañártelas sola. No podemos estar siempre rescatándote.
Cuelga y entra en la cocina con los ojos rojos.
—Me ha colgado —me dice—. Dice que no entendemos nada.
Esa noche no ceno. Me encierro en el baño y lloro en silencio para que Antonio no me oiga. Me siento culpable por todo: por ayudarla demasiado, por no ayudarla lo suficiente, por no saber cómo hablarle sin que se enfade.
Un día decido escribirle una carta. No un WhatsApp ni un email: una carta de las de antes.
«Querida Laura,
Sé que la vida no es fácil y que a veces necesitas ayuda. Pero también necesito sentirme tu madre, no solo tu banco. Echo de menos nuestras charlas, tus risas, tus abrazos. Si alguna vez quieres hablar de verdad —de lo que sea— aquí estaré siempre para ti.
Te quiero mucho.
Mamá»
La meto en un sobre y la envío a su piso en Madrid. Pasan días sin respuesta. Me resigno a pensar que ni siquiera la habrá abierto.
Hasta que una noche suena el teléfono. Es Laura.
—Mamá… He recibido tu carta —su voz suena temblorosa—. Perdona si te he hecho daño. No me doy cuenta de cómo te sientes… Es que aquí todo es tan difícil…
Por primera vez en mucho tiempo hablamos de verdad. Me cuenta sus miedos, sus inseguridades, lo sola que se siente a veces en la ciudad. Yo le hablo de mi tristeza cada vez que cuelga sin decirme un «te quiero».
No solucionamos todo en una noche, pero algo cambia entre nosotras. Empiezo a recibir mensajes suyos sin pedir dinero: «Mamá, hoy he aprobado un examen», «¿Cómo está papá?», «He hecho tu receta de lentejas».
Sé que aún queda mucho camino por recorrer. Que habrá más llamadas difíciles y silencios incómodos. Pero también sé que el amor de una madre nunca desaparece del todo.
A veces me pregunto: ¿Cuántas madres españolas estarán pasando por lo mismo? ¿Hasta dónde debemos ayudar a nuestros hijos sin perderlos por el camino?