“Mamá, aquí sigue sucio”: La historia de Carmen, la madre que se olvidó de sí misma
—¡Mamá, aquí sigue sucio! —gritó Lucía desde el salón, agitando el trapo como si fuera una bandera de rendición. Yo estaba en la cocina, con las manos aún mojadas del agua jabonosa y el corazón encogido. Miré el reloj: las siete y media. Sergio aún no había llegado del trabajo y los niños ya empezaban a pelearse por el mando de la tele.
Me llamo Carmen y tengo sesenta y dos años. Hace ocho meses, después de que mi marido falleciera, mi hijo Sergio me propuso venir a vivir con él y su familia en su piso de Vallecas. «Así no estarás sola, mamá», me dijo. Pero nunca imaginé que la soledad podía ser aún más profunda rodeada de gente.
Al principio, todo parecía bien. Lucía me sonreía y los niños me abrazaban. Pero pronto empecé a notar cómo mi presencia se convertía en una sombra incómoda. «Carmen, ¿puedes recoger los platos?», «Carmen, ¿puedes llevar a los niños al parque?», «Carmen, ¿has visto mis llaves?». Cada día era una lista interminable de tareas que nadie agradecía.
Esta mañana, mientras fregaba el suelo del pasillo, escuché a Lucía hablando por teléfono en la habitación contigua:
—No sé qué hacer con ella, mamá. Está todo el día en casa y parece que no hace nada. ¡Encima Sergio dice que la cuidemos! —su voz era un susurro envenenado.
Sentí un nudo en el estómago. Me pregunté si realmente era una carga para ellos. Recordé mi vida antes: las tardes en la asociación de vecinos, las meriendas con mis amigas en la cafetería de la esquina, las risas con mi marido viendo el fútbol los domingos. Ahora mi mundo era este piso pequeño, donde cada rincón parecía recordarme que ya no era dueña de mi propia vida.
Esa tarde, mientras preparaba la cena, Sergio llegó cansado del trabajo. Se sentó a la mesa y ni siquiera me miró.
—¿Qué hay para cenar? —preguntó sin emoción.
—He hecho tortilla de patatas —respondí intentando sonar alegre.
Lucía bufó desde el sofá:
—Otra vez tortilla… Carmen, podrías variar un poco, ¿no?
Me mordí el labio para no contestar. Los niños entraron corriendo y uno de ellos tiró un vaso al suelo. Me agaché a recoger los cristales mientras sentía cómo se me humedecían los ojos.
Esa noche no pude dormir. Me levanté y fui al baño, donde me miré al espejo durante un largo rato. ¿Quién era esa mujer de pelo canoso y mirada cansada? ¿En qué momento dejé de ser Carmen para convertirme en «la abuela que ayuda»?
Al día siguiente, mientras barría el balcón, escuché una conversación entre Sergio y Lucía:
—No podemos seguir así —decía ella—. Tu madre está siempre metida en casa y yo necesito mi espacio.
—Es mi madre, Lucía. No puedo dejarla sola —respondió él, pero su voz sonaba insegura.
Me sentí como una intrusa en mi propia vida. Decidí salir a dar un paseo por el barrio. Caminé despacio por las calles que conocía desde niña. Pasé por la panadería donde solía comprar churros con mi marido los domingos por la mañana. La dependienta me reconoció y me saludó con una sonrisa cálida.
—¡Carmen! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estás?
Sentí ganas de llorar.
—Bien… bueno, tirando —dije encogiéndome de hombros.
—Tienes que venir más a menudo —me animó—. Aquí siempre tienes tu sitio.
Volví a casa con una bolsa de magdalenas y un poco más de esperanza. Pero al entrar, Lucía me recibió con una mirada fría:
—¿Dónde estabas? Te he estado llamando para que recogieras a los niños del colegio.
—Solo salí un momento… necesitaba aire —intenté explicar.
—Pues avisa la próxima vez —dijo cortante—. No podemos estar pendientes de ti todo el día.
Esa noche, después de cenar sola en la cocina mientras los demás veían la tele, tomé una decisión. Fui al cuarto de Sergio y llamé suavemente a la puerta.
—¿Puedo hablar contigo?
Él asintió sin apartar la vista del móvil.
—Sergio… yo… no quiero ser una carga para vosotros. Sé que las cosas no están siendo fáciles y tampoco lo son para mí. Echo de menos mi vida, mis amigas… incluso echo de menos discutir con papá por tonterías. Aquí siento que he dejado de existir.
Sergio levantó la mirada y por un momento vi al niño que fui capaz de consolar tantas veces cuando tenía miedo a la oscuridad.
—Mamá… no sabía que te sentías así —susurró.
—No quiero molestaros más —dije con voz temblorosa—. Mañana iré a ver si puedo volver a mi piso del barrio o buscar algo cerca de mis amigas. Necesito volver a ser yo misma.
Sergio se quedó callado mucho rato antes de abrazarme fuerte.
Esa noche dormí mejor que nunca desde hacía meses. Al día siguiente recogí mis cosas y salí del piso con el corazón encogido pero también con una extraña sensación de libertad.
Ahora escribo esto desde la cafetería donde solía reírme con mis amigas. Me doy cuenta de que nunca es tarde para volver a empezar ni para recordarse a una misma quién es realmente.
¿De verdad tenemos que renunciar a nuestra dignidad por amor a los nuestros? ¿Cuántas madres hay ahora mismo sintiéndose invisibles en su propia casa? Me gustaría saber qué pensáis vosotros.