Puertas cerradas: ¿Por qué mi hijo me ha apartado de su vida?

—¿Por qué no puedo ver a mi nieta, Antonio? —le pregunté una vez más, con la voz quebrada, mientras sostenía el teléfono con manos temblorosas. Al otro lado, mi hijo guardaba silencio. Ese silencio que se clava como un puñal en el pecho, ese silencio que grita más que cualquier palabra.

Me llamo Carmen y llevo cinco años sin pisar la casa de mi propio hijo. Cinco años en los que he visto a mi nieta, Paula, solo en fotos que me manda mi hermana Rosa a escondidas, porque Lucía, mi nuera, no quiere saber nada de mí. Dicen que en España la familia lo es todo, pero ¿qué pasa cuando te cierran la puerta en las narices y te dejan fuera, como si fueras una extraña?

Recuerdo la última vez que estuve en su casa. Era el cumpleaños de Paula, apenas tenía dos años. Llevé una muñeca que le había comprado en El Corte Inglés, envuelta con un lazo rojo. Lucía me recibió con una sonrisa forzada y apenas me dirigió la palabra durante toda la tarde. Noté cómo sus ojos me seguían cada vez que intentaba acercarme a Paula, como si temiera que le hiciera daño. Cuando me fui, Antonio ni siquiera me acompañó a la puerta.

Desde entonces, todo cambió. Las llamadas se volvieron más cortas, las visitas se hicieron imposibles. «Lucía está muy ocupada», «Paula tiene muchas actividades», «No es buen momento»… Siempre había una excusa. Al principio pensé que era cosa de Lucía, pero con el tiempo empecé a notar que Antonio también se alejaba. ¿Qué había hecho yo para merecer esto?

Mi hermana Rosa siempre me dice que no me rinda, que insista. Pero cada vez que llamo y escucho esa voz fría al otro lado —o peor aún, cuando no contestan— siento que me hundo un poco más. La soledad pesa mucho cuando tienes setenta años y lo único que quieres es ver crecer a tu nieta.

Una tarde de otoño, decidí ir al parque donde solían llevar a Paula. Me senté en un banco y esperé. Al cabo de media hora los vi llegar: Lucía empujando el carrito y Antonio mirando el móvil. Me acerqué despacio, con el corazón en la garganta.

—Hola, Paula —dije con una sonrisa temblorosa.

Lucía se puso tensa al instante.

—Carmen, por favor, no hagas esto —me dijo en voz baja, casi susurrando pero con una firmeza que me heló la sangre.

—Solo quiero saludarla… —intenté justificarme.

Antonio ni siquiera levantó la vista del móvil. Paula me miró con curiosidad, sin entender nada.

—No es el momento —sentenció Lucía, y se marcharon deprisa.

Me quedé allí sentada, sintiendo cómo las miradas de otras madres se clavaban en mí. Me sentí pequeña, insignificante. ¿En qué momento me convertí en una extraña para mi propia familia?

Esa noche no pude dormir. Di vueltas en la cama recordando cuando Antonio era pequeño y venía corriendo a abrazarme después del colegio. Siempre fuimos solo él y yo; su padre nos dejó cuando tenía seis años y desde entonces fuimos inseparables. ¿Cómo podía ahora dejarme fuera de su vida?

Al día siguiente llamé a Rosa llorando.

—No puedo más —le dije—. Siento que he perdido a mi hijo para siempre.

—Carmen, tienes que hablar con él a solas —me aconsejó—. Sin Lucía delante.

Así que esperé una semana y le mandé un mensaje: «Antonio, por favor, necesito verte. Solo tú y yo». Me contestó al día siguiente: «Vale, mamá. El sábado a las 10 en la cafetería de siempre».

Llegué antes de tiempo y pedí un café con leche. Cuando Antonio entró, vi en sus ojos el niño que crié, pero también un hombre cansado y distante.

—¿Qué pasa, mamá? —preguntó sin rodeos.

—¿Por qué me habéis apartado así? ¿He hecho algo tan malo? —le pregunté con lágrimas en los ojos.

Antonio suspiró y bajó la mirada.

—No es tan sencillo… Lucía no se siente cómoda contigo desde aquella vez…

—¿Qué vez? —le interrumpí.

—Cuando dijiste delante de todos que Paula era igualita a mí y que ojalá no heredara el carácter de su madre… Lucía se sintió muy herida.

Me quedé helada. Recordaba ese comentario como una broma sin maldad, pero ahora entendía el daño que había causado.

—Antonio… solo era una broma… nunca quise ofenderla…

—Lo sé, mamá —dijo él—. Pero Lucía lo pasó muy mal después de eso. Y luego empezaste a opinar sobre cómo criamos a Paula… Necesitamos espacio.

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Tanto daño podía hacer una madre sin darse cuenta?

—Solo quiero veros… No quiero perderos —susurré.

Antonio me miró por fin a los ojos.

—Dame tiempo para hablarlo con Lucía —dijo antes de marcharse.

Esa noche lloré como hacía años no lloraba. Me sentí culpable y sola, pero también incomprendida. ¿Acaso no merezco una segunda oportunidad? ¿No somos las madres humanas también?

Han pasado dos meses desde aquella conversación. Sigo esperando una llamada o un mensaje que nunca llega. Cada día miro el móvil con esperanza y miedo a partes iguales. La soledad sigue aquí, sentada conmigo en la mesa del desayuno.

A veces me pregunto: ¿es posible reconstruir los puentes rotos? ¿O hay heridas familiares que nunca sanan? ¿Vosotros qué pensáis? ¿Alguna vez os habéis sentido extranjeros en vuestra propia familia?