Traicionada por mi propia madre: el secreto de una herencia robada
—¿Por qué me haces esto, mamá? —grité, con la voz quebrada, mientras sostenía la carta que acababa de encontrar en el cajón de su mesilla. La tinta azul, temblorosa, era inconfundible: la letra de mi padre. Aquella carta, fechada dos días antes de su muerte, lo cambiaba todo.
Mi nombre es Lucía Fernández y crecí en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, donde todos creen saberlo todo de todos. Mi padre, Antonio, era el alma de la casa: honesto, trabajador, siempre con una sonrisa para mí y para mi hermano menor, Sergio. Mi madre, Carmen, era más reservada, siempre preocupada por las apariencias y el qué dirán. Nunca pensé que sería capaz de traicionarnos.
La noche en que murió mi padre fue un antes y un después. Un infarto fulminante mientras veíamos juntos el telediario. Recuerdo el grito ahogado de mi madre, el llanto desconsolado de Sergio y el silencio que se instaló en casa durante semanas. Pero lo peor estaba por venir.
Pasaron los meses y llegó el momento de leer el testamento. El notario, don Manuel, nos citó en su despacho del centro del pueblo. Yo esperaba que todo fuera sencillo: la casa para mi madre, los ahorros repartidos entre Sergio y yo. Pero cuando don Manuel leyó el documento, algo no cuadraba.
—Según este testamento, toda la herencia pasa a nombre de Carmen López —dijo el notario, mirando a mi madre con una mezcla de sorpresa y resignación.
—¿Cómo? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Eso es lo que pone aquí —repitió don Manuel.
Mi madre evitó mi mirada. Sergio se encogió en su silla. Yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Durante semanas intenté hablar con ella. Siempre tenía una excusa: que estaba cansada, que no era momento para discutir, que papá habría querido que estuviéramos unidos. Pero yo no podía dejarlo pasar. Algo no encajaba.
Una tarde, mientras ella estaba en misa y Sergio en clase de guitarra, me armé de valor y rebusqué en su habitación. Fue entonces cuando encontré la carta.
«Querida Lucía: Si alguna vez lees esto es porque ya no estoy. Quiero que sepas que todo lo que tengo es para ti y tu hermano. Tu madre y yo hemos tenido nuestras diferencias, pero confío en que sabrá hacer lo correcto…»
El resto de la carta estaba tachado con rabia. Pero lo importante estaba ahí: mi padre quería que Sergio y yo heredáramos lo nuestro.
Esa noche enfrenté a mi madre. Su reacción fue fría como el mármol.
—No tienes derecho a hurgar en mis cosas —me espetó.
—¡No son solo tus cosas! ¡Papá quería que Sergio y yo tuviéramos parte de la herencia!
—No entiendes nada —susurró ella, bajando la mirada—. Las cosas no son tan simples como crees.
—¿Qué has hecho, mamá? ¿Por qué cambiaste el testamento?
Guardó silencio durante unos segundos eternos. Luego se sentó en la cama y empezó a llorar en silencio.
—Tenía miedo… —dijo al fin—. Tu padre quería repartirlo todo entre vosotros, pero yo… yo no sabía cómo iba a salir adelante sola. Pensé que si tenía todo a mi nombre podría protegeros mejor. Pero luego… luego me asusté de perderlo todo.
—¿Y mentirnos? ¿Robarnos?
—No lo entiendes, Lucía. Cuando te ves sola… haces cosas que nunca imaginaste.
Me marché dando un portazo. Esa noche no dormí. Pensé en denunciarla, en contarle todo a Sergio, en marcharme de casa para siempre. Pero algo me frenaba: el miedo a romper lo poco que quedaba de nuestra familia.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre apenas salía de su cuarto; Sergio notaba la tensión pero no sabía nada. Yo iba al trabajo como un autómata y evitaba cruzarme con ella.
Un domingo por la tarde, mientras llovía a cántaros y las calles del pueblo estaban vacías, mi abuela Pilar vino a visitarnos. Siempre había sido la voz de la razón en casa.
—¿Qué os pasa? —preguntó nada más entrar—. Se puede cortar el aire con un cuchillo.
No pude más y rompí a llorar delante de ella. Le conté todo: la carta, el testamento cambiado, la confesión de mi madre.
Mi abuela suspiró hondo y abrazó a mi madre con fuerza.
—Carmen, hija… El dinero va y viene. Pero si pierdes a tus hijos por miedo o avaricia… eso sí que no tiene remedio.
Mi madre lloró como nunca antes la había visto llorar. Por primera vez entendí su soledad y su miedo, pero también sentí rabia por su traición.
Pasaron semanas hasta que pudimos sentarnos los cuatro a hablar. Mi madre pidió perdón entre sollozos; Sergio se quedó helado al saberlo todo; yo sentí una mezcla amarga de alivio y tristeza.
Finalmente acordamos repartir la herencia como papá quería. Pero las heridas tardaron mucho más en cerrarse.
Hoy sigo preguntándome si algún día podré perdonar del todo a mi madre. La confianza rota duele más que cualquier pérdida material.
¿Vosotros seríais capaces de perdonar una traición así? ¿Hasta dónde puede llegar el miedo cuando se mezcla con el amor?