Bajo el sol de Castilla: Un refugio inesperado
—¡Por favor, no nos haga daño! —La voz de la mujer temblaba como una hoja al viento, y el niño se aferraba a su cintura con los ojos desorbitados.
Me quedé petrificado en el umbral de la puerta, con el polvo del camino aún pegado a mis botas y el sudor corriéndome por la espalda. No esperaba encontrar a nadie en la vieja casa de piedra que acababa de comprar en este rincón olvidado de Castilla. Había venido aquí para morir en paz, lejos del ruido, lejos de todo. Pero allí estaban ellos, dos sombras acurrucadas junto a la chimenea apagada, como si el miedo les hubiera robado hasta el calor.
—Tranquila —dije al fin, con una voz que ni yo reconocía—. No voy a haceros daño. ¿Qué hacéis aquí?
La mujer, con el pelo revuelto y la ropa sucia, me miró con desconfianza. El niño, de unos siete años, tenía las mejillas manchadas de lágrimas secas. Me sentí un intruso en mi propia casa, pero también un testigo de algo más grande que mi propia desgracia.
—No tenemos a dónde ir —susurró ella—. Nos echaron del piso en Madrid. Mi marido… —se le quebró la voz—. No está. Solo queremos un sitio donde pasar la noche.
Me quedé mirando el techo desconchado, las paredes llenas de humedad, los muebles cubiertos de polvo. ¿Qué clase de refugio podía ofrecerles yo? Ni siquiera era capaz de cuidar de mí mismo desde que perdí a Lucía y a mi hijo en aquel accidente absurdo. Había comprado esta casa para desaparecer, para dejarme consumir por el silencio y el olvido. Pero ahora tenía delante a dos personas más rotas que yo.
—No es mucho —dije al fin—, pero podéis quedaros esta noche. Mañana veremos qué hacer.
La mujer asintió, agradecida pero aún tensa. Me llamo Mateo, aunque hacía tiempo que nadie pronunciaba mi nombre con cariño. Ella se llamaba Ana y su hijo, Samuel. Les preparé un poco de sopa con lo poco que había traído del supermercado del pueblo. Mientras comían en silencio, escuché cómo el viento golpeaba las contraventanas y recordé los inviernos de mi infancia en Segovia, cuando mi madre me arropaba junto al brasero.
Esa noche apenas dormí. Escuchaba los susurros de Ana consolando a Samuel, sus miedos flotando en la oscuridad como fantasmas. Me pregunté qué haría yo si estuviera en su lugar. ¿A quién acudiría? ¿Quién me tendería una mano?
Al amanecer salí al patio y vi cómo el sol teñía de oro los campos resecos. Ana salió detrás de mí, envuelta en una manta.
—Gracias —me dijo—. No sé cómo vamos a seguir adelante.
—Aquí no hay mucho —le respondí—, pero podemos intentar arreglar la casa entre los tres. Si os quedáis unos días…
Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, pero esta vez no eran solo de miedo. Había algo parecido a la esperanza.
Los días siguientes fueron una rutina extraña pero reconfortante. Samuel ayudaba a recoger leña y Ana limpiaba las habitaciones mientras yo reparaba goteras y trataba de poner orden en el caos. Por las noches cenábamos juntos y compartíamos historias: ellos me contaban su vida en Madrid, yo les hablaba de Lucía y del hijo que perdí.
Poco a poco, la casa dejó de ser solo un refugio para convertirse en un hogar improvisado. Los vecinos del pueblo empezaron a acercarse con curiosidad: primero fue Carmen, la panadera, que nos trajo una hogaza recién hecha; luego Julián, el pastor, que ofreció leche fresca para Samuel. En Castilla nadie pregunta demasiado, pero tampoco dejan tirado a quien lo necesita.
Un día Ana me miró mientras colgábamos ropa al sol:
—¿Por qué nos ayudas? Tú también tienes tus heridas.
Me encogí de hombros.
—Quizá porque ayudaros me ayuda a mí también. Porque cuando uno está roto, solo puede empezar a curarse si se atreve a abrir la puerta otra vez.
El verano fue pasando y la casa se llenó de risas tímidas y olor a pan tostado. Samuel volvió a sonreír y Ana empezó a hacer planes para buscar trabajo en el pueblo. Yo ya no pensaba tanto en la muerte ni en desaparecer; había encontrado una razón para quedarme.
Ahora, sentado bajo el porche mientras cae la tarde sobre los campos dorados, me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de salvarnos ayudando a otros? ¿Y si todos tuviéramos el valor de abrir la puerta cuando más miedo tenemos?