¡Papá, yo no he robado nada!

—¡Eh, niña! ¡Deja esos caramelos ahora mismo! Sé perfectamente lo que intentas hacer.

El grito cortó el aire como un cuchillo. Lucía, con sus trenzas deshechas y la cara aún manchada de chocolate del bocadillo de la merienda, se quedó paralizada en mitad del pasillo del supermercado Día. Tenía ocho años y los ojos tan grandes como aceitunas negras. En una mano apretaba una chocolatina, en la otra, dos monedas de euro que había contado y recontado antes de salir de casa. El guardia de seguridad, un hombre robusto con acento andaluz, se acercó con paso firme, mientras los clientes giraban la cabeza y cuchicheaban.

—¡Pero si yo…! —balbuceó Lucía, con la voz temblorosa.

—Nada de excusas. Aquí no toleramos a los listillos —le espetó el guardia, cruzando los brazos.

Yo estaba a dos pasillos de distancia, el carrito medio lleno de yogures y pan de barra. Al escuchar el alboroto, corrí hacia allí, con el corazón en la garganta. Mi marido, Javier, venía detrás, refunfuñando por el precio del aceite de oliva.

—¿Qué pasa aquí? —pregunté, intentando mantener la calma.

—Su hija ha intentado robar —dijo el guardia, señalando a Lucía como si fuera una delincuente.

Lucía me miró con lágrimas en los ojos. —Mamá, te juro que iba a pagar…

Javier se adelantó, rojo como un tomate. —¿Pero qué tontería es esta? ¡Mi hija no es ninguna ladrona! ¡Enséñame las cámaras si hace falta!

El encargado del supermercado apareció entonces, móvil en mano. —Tenemos todo grabado. Si quieren, lo vemos juntos.

La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo jamonero. Los clientes formaban un corro discreto pero atento. Una señora mayor murmuró: «Pobrecilla… si solo es una niña».

El vídeo mostraba a Lucía cogiendo la chocolatina y sacando las monedas del bolsillo. Nada más. Ni rastro de intento de robo. El guardia palideció.

—Bueno… quizá me he precipitado —dijo, bajando la mirada.

Javier no se contuvo:
—¡Esto es lo que pasa por juzgar antes de tiempo! ¿Y si no hubiéramos pedido ver el vídeo? ¿Iba a llamar a la policía por una niña?

El encargado intentó calmar los ánimos:
—Disculpen el malentendido. Les invitamos a la compra de hoy.

Pero Javier no quería regalos. Quería justicia y respeto para su hija. Se agachó junto a Lucía y le limpió las lágrimas con el pulgar.

—Cariño, tú sabes quién eres. No dejes que nadie te haga dudar de eso —le susurró.

Salimos del supermercado en silencio. En el coche, Lucía preguntó:
—¿Por qué me han mirado todos así? ¿Por qué no me han creído?

Javier suspiró largo y tendido:
—En este país nos gusta mucho hablar antes de saber la verdad. Pero tú siempre di la tuya, aunque tiemble la voz.

Esa noche, mientras cenábamos tortilla y gazpacho, pensé en lo fácil que es herir a alguien con una palabra o una mirada. Y me pregunté: ¿Cuántas veces juzgamos sin saber? ¿Cuántas veces olvidamos que detrás de cada historia hay una persona?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que os juzgaban sin motivo? ¿Qué haríais en mi lugar?