El día que descubrí que mi hija nunca se había ido: una historia de identidades cruzadas
—¿Por qué me miras así, mamá? —me preguntó Lucía, con esa mezcla de desconfianza y ternura que solo tienen los adolescentes.
No supe qué responderle. Tenía el corazón encogido y las manos temblorosas. Era la primera vez que la veía en persona, aunque llevaba semanas preparándome para ese encuentro. ¿Cómo le explicas a una niña de quince años que toda su vida ha sido una mentira? ¿Cómo le dices que la familia que la crió no es la suya, y que tú, una desconocida, eres en realidad su madre?
Todo empezó hace seis meses, cuando Vicente y yo recibimos una llamada del juzgado de menores de Toledo. Nos dijeron que había una chica en situación de desamparo, con un expediente complicado y pocas posibilidades de ser adoptada. Nos miramos y supimos que debíamos intentarlo. Después de perder a nuestra hija recién nacida en el hospital de Ciudad Real hace quince años —o eso creíamos—, nunca habíamos vuelto a ser los mismos. El dolor nos había unido y separado a partes iguales.
—Eliana, ¿estás segura? —me preguntó Vicente esa noche, mientras cenábamos en silencio.
—No sé si estoy preparada —le confesé—, pero siento que debemos hacerlo. Quizá sea nuestra oportunidad de sanar.
El proceso fue largo y lleno de papeleo, entrevistas con psicólogos y visitas al centro de menores. La primera vez que vi a Lucía, sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Había algo en sus ojos, en la forma en que fruncía el ceño, que me resultaba familiar. Pero lo achaqué a mis ganas de ser madre otra vez, a esa necesidad de encontrarme reflejada en alguien.
La convivencia no fue fácil. Lucía era desconfiada, respondona y tenía una tristeza antigua en la mirada. Vicente intentaba acercarse a ella con bromas torpes; yo cocinaba sus platos favoritos e intentaba no hacer demasiadas preguntas. Pero había silencios densos en casa, como si todos supiéramos que algo no encajaba.
Una tarde, mientras ordenaba papeles antiguos para tramitar la adopción definitiva, encontré una carta del hospital donde nació nuestra hija fallecida. Me detuve al ver el nombre: Lucía García Sánchez. El mismo nombre y apellidos que nuestra hija adoptiva. El corazón me dio un vuelco.
—Vicente —le llamé al salón—, ven aquí un momento.
Le mostré la carta. Él se quedó pálido.
—No puede ser… ¿Será una coincidencia?
Pero yo sabía que no lo era. Empecé a investigar: llamé al hospital, pedí expedientes médicos, hablé con trabajadores sociales. Descubrí que aquel año hubo un error administrativo: dos bebés nacieron el mismo día, con nombres similares. Una fue dada por muerta por error; la otra entregada a una familia equivocada.
No dormí esa noche. Miré a Lucía mientras dormía en su habitación y sentí una mezcla de rabia y ternura. ¿Cómo podía haberle pasado esto a mi hija? ¿Cómo podía haberme resignado tantos años a su ausencia?
Al día siguiente, pedí una prueba de ADN sin decirle nada a Lucía. Cuando llegaron los resultados, lloré durante horas: era mi hija. Mi niña perdida. La misma que había llorado durante noches enteras pensando que nunca volvería a ver.
Contárselo fue lo más difícil que he hecho en mi vida.
—Lucía —le dije una tarde, sentadas en el parque—, tengo algo muy importante que decirte.
Ella me miró con desconfianza.
—¿Qué pasa ahora? ¿Me vais a devolver al centro?
—No, cariño… Es todo lo contrario. Eres mi hija biológica. Hubo un error cuando naciste…
No pude seguir hablando. Las lágrimas me ahogaban. Ella se quedó en silencio, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué dices? Eso no puede ser verdad…
Le enseñé los papeles, los resultados del ADN, las cartas del hospital. Al principio no quiso creerme; luego empezó a gritarme, a insultarme, a decirme que estaba loca.
—¡No eres mi madre! ¡Mi madre es Carmen! ¡Tú eres una extraña!
La abracé aunque me rechazó con fuerza. Vicente intentó calmarla, pero ella salió corriendo de casa y estuvo desaparecida toda la noche. Llamamos a la policía; recorrimos las calles del barrio buscándola bajo la lluvia.
A la mañana siguiente volvió hecha un ovillo de rabia y miedo.
—¿Por qué me ha pasado esto a mí? —me preguntó entre sollozos—. ¿Por qué nadie me preguntó nunca lo que yo quería?
No supe qué responderle. Solo pude abrazarla y prometerle que nunca volvería a perderla.
Los meses siguientes fueron un infierno: reuniones con abogados, psicólogos, trabajadores sociales… Tuvimos que enfrentarnos a Carmen y Manuel, los padres adoptivos de Lucía, quienes tampoco sabían nada del error. Hubo gritos, reproches y lágrimas por todas partes.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Carmen entre sollozos—. Yo también la quiero como si fuera mi hija…
Nadie tenía respuestas fáciles. Decidimos ir poco a poco: Lucía pasaba temporadas con nosotros y otras con Carmen y Manuel. Al principio era incómodo; luego empezamos a encontrar una rutina nueva, un equilibrio frágil basado en el respeto y el amor compartido.
Hoy han pasado dos años desde aquel día fatídico. Lucía sigue luchando con su identidad; hay días en los que me llama mamá y otros en los que apenas me habla. Pero estamos juntas, aprendiendo a querernos desde el dolor y la esperanza.
A veces me pregunto si algún día podré perdonar al destino por habernos robado tantos años juntas. ¿Cómo se aprende a ser madre de una hija que nunca supo que existías? ¿Y cómo se reconstruye una familia rota por un error tan humano como imperdonable?