El secreto de la niña del solar: una noche que cambió mi vida

—¡Por favor, dime cómo te llamas! —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras la linterna iluminaba su carita sucia y asustada.

La niña no respondía. Solo abrazaba con fuerza una mochila raída, como si dentro guardara el último pedazo de esperanza. El viento otoñal de Madrid se colaba por mi uniforme, pero el frío que sentía era otro: el de la impotencia y el miedo. ¿Qué hacía una niña sola en un solar abandonado, a las afueras de Vallecas, a esas horas?

—No te voy a hacer daño, cariño. Soy Tomás, policía. ¿Dónde están tus padres?

Ella bajó la mirada y murmuró algo ininteligible. Me arrodillé a su lado, intentando no parecer tan grande ni tan amenazante. Recordé a mi hija Lucía, de la misma edad, y sentí un nudo en la garganta. ¿Y si fuera ella?

El solar estaba lleno de escombros, colchones viejos y latas vacías. Un lugar donde nadie debería estar, menos una niña. Miré alrededor buscando alguna pista, algún adulto, pero solo el silencio y el eco lejano de la ciudad.

—¿Tienes frío? —le ofrecí mi chaqueta—. Toma, póntela.

Ella aceptó, temblando. Al hacerlo, vi que tenía un moratón en el brazo y la ropa desgarrada. Algo dentro de mí se rompió.

—¿Quién te ha hecho esto? —pregunté, conteniendo las lágrimas.

La niña apretó más la mochila y, por fin, la abrió. Dentro había un peluche destrozado y una nota arrugada. La cogí con manos temblorosas y leí:

«Perdónanos. No pudimos más. Cuida de ella.»

Sentí que el mundo se me venía encima. Llamé al 091 con la voz entrecortada:

—¡Necesito refuerzos y una ambulancia! ¡Es urgente! Hay una niña abandonada… ¡Por favor, rápido!

No pude evitarlo: las lágrimas me corrían por las mejillas mientras intentaba consolarla. ¿Cómo podía pasar esto aquí, en mi ciudad? ¿Cómo podía una familia llegar a este extremo?

Llegaron mis compañeros y los sanitarios. La niña seguía sin hablar mucho, solo repetía bajito: «No quiero volver». Me quedé a su lado todo el tiempo, hasta que la subieron a la ambulancia.

Esa noche no dormí. Pensaba en los padres, en lo que les habría llevado a dejarla así. La crisis, los desahucios, los trabajos precarios… En España decimos «más vale poco y juntos que mucho y solos», pero ¿y cuando ya no puedes más?

Al día siguiente fui al hospital a verla. Me reconoció y me sonrió tímidamente. Le llevé un peluche nuevo y un bocadillo de jamón serrano. Me contó que su madre lloraba mucho y que su padre había perdido el trabajo hacía meses. Que dormían en un coche hasta que ya no pudieron más.

—¿Vas a buscar a mis papás? —me preguntó con ojos grandes.

No supe qué decirle. Solo le prometí que haría todo lo posible para ayudarla.

Desde entonces, cada vez que patrullo por Madrid y veo a una familia apurada o a un niño solo en el parque, me acuerdo de ella. De lo frágil que es todo y de lo fácil que es mirar para otro lado.

¿De verdad estamos haciendo lo suficiente por los nuestros? ¿Cuántos niños más están esperando que alguien les vea? ¿Y tú qué harías si te encontraras en mi lugar?