El día que mi madre decidió mi destino: una boda en San Miguel del Valle

—¡Manuel, por el amor de Dios! ¿Vas a dejar que se rían de ti toda la vida? —gritó mi madre desde la cocina, golpeando la mesa con la cuchara de madera.

Yo, con la cabeza gacha y las manos llenas de grasa tras arreglar el enchufe del pasillo, no supe qué contestar. Tenía cuarenta años y seguía viviendo con mi madre en la misma casa de adobe donde nací, en San Miguel del Valle. Los vecinos no perdían ocasión para cuchichear cada vez que pasaba: “Ahí va el solterón”, “Ese Manuel no se casa ni aunque le paguen”.

Mi madre, Carmen, era una mujer de armas tomar. Viuda desde hacía más de veinte años, había criado sola a sus tres hijos, pero solo yo seguía bajo su techo. Mis hermanas se habían casado jóvenes y vivían en Madrid. Yo, entre chapuzas y arreglos, nunca encontré tiempo ni ganas para buscar pareja. O eso me decía a mí mismo.

—Mamá, déjalo ya —le respondí, cansado—. No necesito a nadie para ser feliz.

Pero ella no escuchaba razones. En el pueblo, la honra y el qué dirán pesan más que el granito de la iglesia. Así que una tarde de verano, mientras tomábamos café en el bar de Paco, mi madre se acercó a Lucía, la chica que lavaba los platos y servía las mesas. Era callada, morena y con unos ojos grandes que parecían esconder mil historias tristes.

—Lucía, ¿tú no querrías casarte con mi hijo? —le soltó mi madre sin anestesia.

Lucía se quedó helada. Yo casi me atraganto con el café. El bar entero se quedó en silencio unos segundos antes de estallar en risas y murmullos. Pero Carmen no se achantó. Al contrario, empezó a organizarlo todo como si fuera una boda real: habló con el cura, reservó la iglesia y hasta convenció a mis hermanas para que vinieran desde Madrid.

Yo me sentía como un cordero camino del matadero. No conocía apenas a Lucía, pero tampoco quería humillarla ni enfrentarme a mi madre delante de todo el pueblo. Así que acepté, pensando que quizá así callarían los chismes y podría volver a mi rutina tranquila.

El día de la boda llegó sofocante y polvoriento. Me puse el único traje decente que tenía y fui a buscar a Lucía a su casa. Cuando llegué, mi madre ya estaba allí, nerviosa como un flan. De repente, mientras Lucía salía vestida de blanco —un vestido sencillo pero limpio— mi madre se desplomó en el suelo.

—¡Mamá! —grité, corriendo hacia ella.

Sentí cómo mis pantalones se empapaban al arrodillarme junto a su cuerpo. Era sudor frío mezclado con lágrimas; nunca la había visto tan vulnerable. Los vecinos se arremolinaron alrededor, algunos rezando en voz baja, otros cuchicheando aún más fuerte.

—Manuel… —susurró ella—. Perdóname hijo… Solo quería verte feliz…

En ese momento entendí que todo su empeño no era por el qué dirán ni por los chismes del pueblo. Era miedo: miedo a dejarme solo en el mundo cuando ella faltara.

Lucía se acercó despacio y me tomó la mano. Sus ojos ya no parecían tristes; había en ellos una ternura inesperada.

—No tienes que casarte conmigo si no quieres —me dijo en voz baja—. Yo tampoco quiero ser un castigo para nadie.

La ambulancia llegó y se llevaron a mi madre al hospital. La boda quedó suspendida y el pueblo entero pasó días preguntando por su salud. En esos días junto a Lucía en la sala de espera descubrí que compartíamos más cosas de las que imaginaba: ambos habíamos vivido siempre bajo las expectativas ajenas, ambos teníamos miedo al futuro.

Cuando mi madre despertó, lo primero que hizo fue buscarme con la mirada.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Ahora sí —me respondió—. Pero prométeme una cosa: vive tu vida como quieras, no como yo te diga.

Lucía y yo seguimos viéndonos después del hospital. Sin presiones ni bodas forzadas. Poco a poco, entre paseos por el campo y charlas al atardecer, aprendimos a querernos de verdad.

A veces me pregunto: ¿Cuántas vidas vivimos por miedo al qué dirán? ¿Y cuántas dejamos pasar por no escuchar nuestro propio corazón?