El corazón de la maestra Carmen: una familia inesperada en la sierra de Granada
—¡Carmen, no puedes hacerte cargo de dos niños tú sola! —La voz de mi madre retumbaba en la cocina, mientras el olor a café recién hecho se mezclaba con la tensión de la mañana. Yo apretaba la taza entre las manos, mirando por la ventana el cielo gris de la sierra de Granada, como si allí pudiera encontrar una respuesta.
—¿Y qué quieres que haga, mamá? ¿Dejarlos en un centro de menores? ¿Que crezcan sin nadie que les dé un beso de buenas noches? —respondí, sintiendo cómo la rabia y la ternura se mezclaban en mi pecho.
Lucía y Diego llevaban semanas llegando a clase con la ropa arrugada y los ojos hinchados de llorar. Nadie en el pueblo hablaba de otra cosa desde el accidente de sus padres, que se los llevó una noche de tormenta en la carretera de Motril. Yo, que nunca había sentido la llamada de la maternidad, de pronto me vi incapaz de dormir pensando en ellos.
—Carmen, hija, la gente ya habla demasiado de ti. Que si eres rara, que si nunca te casaste, que si te pasas la vida entre libros y niños ajenos… —insistió mi madre, bajando la voz, como si el pueblo entero pudiera oírnos a través de las paredes de la casa.
—¡Que hablen lo que quieran! —solté, casi gritando. —Prefiero que digan que estoy loca a que digan que fui cobarde.
Así empezó todo. El papeleo fue un infierno, y más de una vez estuve a punto de tirar la toalla. Pero cada vez que veía a Lucía abrazada a su peluche, o a Diego mirando el suelo con los puños apretados, sentía que no podía fallarles. El pueblo, al principio, me miraba de reojo. En la panadería, la gente cuchicheaba. En la iglesia, las viejas me lanzaban miradas de lástima o de reproche. Pero yo seguía adelante, porque en el fondo sabía que estaba haciendo lo correcto.
Los primeros meses fueron un torbellino. Lucía tenía pesadillas y se metía en mi cama llorando. Diego se encerraba en sí mismo y apenas hablaba. Yo, que hasta entonces había vivido sola y en silencio, tuve que aprender a cocinar para tres, a lavar montañas de ropa, a consolar sin palabras. Hubo noches en las que me senté en el sofá, con una copa de vino, preguntándome si estaba preparada para aquello. Pero cada mañana, cuando los veía desayunar en pijama, sentía que el mundo tenía sentido.
Con el tiempo, el pueblo fue cambiando. La señora Rosario, la vecina de enfrente, empezó a traerme croquetas y a preguntarme por los niños. El panadero les guardaba bollos de chocolate. Incluso el cura, que al principio me miraba con recelo, acabó invitándonos a la fiesta del patrón. Poco a poco, Lucía y Diego fueron encontrando su sitio. Ella se apuntó a baile flamenco, él empezó a jugar al fútbol con los chavales del barrio. Yo los veía crecer y me sentía la mujer más afortunada del mundo.
Pero no todo fue fácil. Cuando Lucía cumplió quince años, empezó a preguntarme por sus padres. Una noche, después de una discusión, me gritó:
—¡Tú no eres mi madre! ¡Nunca lo serás!
Me encerré en el baño y lloré en silencio, sintiendo que todo se me escapaba de las manos. Pero al día siguiente, ella vino y me abrazó. —Lo siento, Carmen. Te quiero —susurró. Y supe que, aunque no llevara su sangre, era su familia.
Diego, más callado, tardó más en abrirse. Pero una tarde, cuando le vi llegar a casa con una guitarra vieja y tocar una canción que había compuesto para mí, supe que todo el esfuerzo había merecido la pena.
Los años pasaron volando. Lucía se fue a estudiar enfermería a Sevilla. Diego se quedó en Granada, trabajando en una tienda de música. La casa se fue quedando vacía, pero llena de recuerdos. Cada Navidad volvían, y llenaban la mesa de risas y anécdotas. Yo, que siempre había temido la soledad, descubrí que el amor no entiende de sangre ni de apellidos.
Hace unas semanas, Lucía me llamó por videollamada. —Carmen, tengo algo que contarte —dijo, con una sonrisa nerviosa. —¡Voy a ser mamá!
Sentí que el corazón se me salía del pecho. Diego, que estaba a mi lado, me abrazó. —¿Te das cuenta, Carmen? Todo esto empezó contigo.
Ahora, mientras escribo estas líneas, pienso en todo lo que hemos vivido. En las noches de miedo, en las risas, en los abrazos. Y me pregunto: ¿No es eso la verdadera familia? ¿No es el amor lo que nos salva, una y otra vez, aunque el mundo diga lo contrario?
¿Y vosotros, qué haríais por amor? ¿Hasta dónde seríais capaces de llegar por alguien que os necesita?