El regreso de mi tío Julián: un secreto en la sierra
—¿De verdad vas a dejarle entrar en casa, mamá? —le pregunté con un nudo en la garganta, viendo a mi tío Julián en el umbral, con la mirada baja y una bolsa de deporte raída en la mano.
Mi madre no contestó. Solo le hizo un gesto con la cabeza y Julián cruzó el recibidor como si llevara siglos esperando ese momento. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Mi hermano pequeño, Lucas, se escondió tras mí, sin entender nada pero sintiendo el ambiente cargado de tensión.
La noticia del regreso de Julián corrió como la pólvora por el barrio. Las vecinas cuchicheaban desde sus balcones, y mi abuela Carmen, que vivía dos pisos más arriba, llamó para decirle a mi madre que estaba loca. “Ese hombre solo trae desgracias”, sentenció antes de colgar.
Pero mi madre no era de las que se dejaban llevar por el qué dirán. Desde que papá murió —yo tenía apenas diez años—, ella había sacado adelante a Lucas y a mí limpiando casas y cosiendo para las vecinas. Nunca se quejó, ni siquiera cuando la familia paterna nos dio la espalda tras el entierro. “Cada uno arrastra su cruz”, solía decir.
Julián había pasado casi una década en prisión por un asunto turbio de peleas y deudas. Nadie quería saber nada de él. Pero mi madre le preparó una cama en el cuarto pequeño y le sirvió un plato caliente como si nada hubiera pasado.
Al principio, la convivencia fue incómoda. Julián apenas hablaba. Se levantaba temprano, salía a buscar trabajo y volvía al anochecer con las manos vacías y los ojos cansados. Yo le observaba desde lejos, intentando descifrar si seguía siendo el mismo tío bromista que me llevaba al río cuando era niña.
Las cosas empeoraron cuando mi madre perdió el trabajo en la casa grande del pueblo. La señora se mudó a Madrid y nos quedamos sin ese dinero que nos salvaba cada mes. Pronto empezaron a llegar las cartas del banco y las facturas sin pagar. Una tarde, mientras mi madre lloraba en silencio en la cocina, Julián entró sin llamar.
—Vístanse y venid conmigo —dijo con voz firme.
No preguntamos nada. Caminamos durante horas por los caminos polvorientos de la sierra, hasta llegar a una vieja casona medio derruida que yo recordaba vagamente de mi infancia.
—Aquí vivió nuestro abuelo —explicó Julián—. Nadie ha venido desde hace años. Pero hay algo que quiero enseñaros.
Empujó una puerta carcomida y nos condujo al sótano. Allí, bajo una losa suelta del suelo, sacó una caja metálica cubierta de polvo y telarañas. Dentro había fajos de billetes antiguos, monedas de plata y unos papeles amarillentos.
—El abuelo guardó esto para cuando llegaran tiempos difíciles —susurró Julián—. Yo lo supe antes de entrar en la cárcel, pero nunca pude decírselo a nadie.
Mi madre cayó de rodillas, llorando como nunca la había visto. Lucas y yo nos miramos sin comprender del todo lo que aquello significaba, pero sentí que algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo.
Con ese dinero pudimos salvar la casa y empezar de nuevo. Julián encontró trabajo en una carpintería del pueblo y poco a poco fue ganándose el respeto de los vecinos. La familia empezó a visitarnos otra vez, como si nada hubiera pasado.
A veces me pregunto si todos merecemos una segunda oportunidad o si solo algunos tienen la suerte de encontrar a alguien que crea en ellos cuando nadie más lo hace. ¿Y tú? ¿Perdonarías a alguien como Julián si fuera tu familia?