El Últimatum de Lucía: Cuando el Amor y la Mentira Rompen una Familia
—¿De verdad crees que no me iba a enterar, Sergio? —grité, con la voz rota, mientras sostenía a nuestra hija en brazos. El eco de mis palabras rebotó en las paredes del piso de Vallecas, ese que habíamos comprado juntos con tanta ilusión. Él me miró, incapaz de sostenerme la mirada, y supe en ese instante que todo lo que temía era cierto.
No sé si fue el olor a colonia ajena en su camisa o los mensajes que encontré en su móvil lo que más me dolió. Quizá fue su silencio, ese silencio cobarde que lo decía todo. Nuestra hija, Martina, apenas tenía tres meses. Yo no dormía, no comía, y aun así tenía que fingir fortaleza para no desmoronarme delante de ella.
—Lucía, no es lo que piensas…
—¿No? ¿Entonces qué es? ¿Por qué llevas semanas llegando tarde? ¿Por qué ya no me miras igual?
Sergio se encogió de hombros, derrotado. No hubo pelea. No hubo lágrimas por su parte. Solo recogió unas cuantas cosas y se fue. Así, sin más. Me quedé sola, con una niña en brazos y un corazón hecho trizas.
Las primeras semanas fueron un infierno. Mi madre venía a ayudarme cuando podía, pero ella también tenía sus problemas. Mi padre murió hace años y mi hermano vive en Barcelona. Me sentía sola, invisible, como si mi dolor no importara a nadie.
Intenté hablar con Sergio varias veces. Le pedí que pensara en Martina, que no podía desaparecer así. Al principio contestaba con monosílabos. Luego dejó de responder. Cuando por fin logré localizarlo, fue para pedirle ayuda económica. Yo había dejado mi trabajo en la tienda para cuidar de la niña y él lo sabía.
—Lucía, ahora mismo no puedo ayudarte —me dijo por teléfono, con una frialdad que me heló la sangre—. Las cosas en la empresa van mal. Estoy prácticamente en bancarrota.
No le creí ni por un segundo. Sergio siempre había sido listo con el dinero. Demasiado listo. Pero ¿cómo demostrarlo? Empecé a investigar por mi cuenta: hablé con antiguos amigos suyos, revisé papeles viejos, incluso fui a la gestoría donde llevaba las cuentas de su empresa de reformas. Nada. Todo estaba a nombre de otros: su coche nuevo, el piso donde ahora vivía con su amante —una tal Patricia—, hasta las cuentas bancarias parecían vacías.
Me sentí impotente y humillada. No solo me había dejado por otra, sino que además me estaba dejando sin nada para nuestra hija. Decidí acudir a un abogado del barrio. Don Manuel era un hombre mayor, de esos que te miran a los ojos y te dicen la verdad aunque duela.
—Lucía, esto va a ser largo y duro —me advirtió—. Pero tienes derecho a reclamar lo que es tuyo y lo de tu hija.
Iniciamos una batalla legal que parecía no tener fin. Sergio contrató a un abogado caro del centro y empezó a mover hilos: presentó documentos falsos, hizo transferencias sospechosas… Todo para demostrar que era insolvente. Mientras tanto, yo hacía malabares para pagar el alquiler y comprar pañales.
Recuerdo una noche especialmente dura. Martina tenía fiebre y yo no tenía dinero ni para un taxi al hospital. Llamé a Sergio desesperada.
—Por favor, Sergio… Es tu hija —le supliqué entre sollozos.
—No puedo ayudarte ahora, Lucía. Lo siento —y colgó.
Esa noche sentí una rabia tan profunda que juré no volver a pedirle nada nunca más. Empecé a buscar trabajo como loca: limpiando casas, cuidando niños ajenos mientras dejaba a Martina con mi madre o con alguna vecina amable del bloque. Cada euro era una victoria.
La justicia española es lenta y muchas veces injusta para las mujeres como yo. El juez dictó una pensión mínima porque «no había pruebas» de los ingresos reales de Sergio. Él seguía paseándose en coche nuevo por el barrio Salamanca mientras yo contaba céntimos para comprar leche.
A veces me encontraba con Patricia en el supermercado. Me miraba por encima del hombro, como si yo fuera una molestia del pasado de Sergio. Un día no aguanté más y le hablé:
—¿Sabes lo que es criar sola a una hija mientras tu pareja se esconde detrás de mentiras?
Ella bajó la mirada y se fue sin decir nada. No sé si sentí alivio o más rabia aún.
Con el tiempo aprendí a dejar de esperar justicia de los demás y empecé a buscarla dentro de mí misma. Martina creció sana y feliz gracias al amor de mi familia y al esfuerzo diario. Conseguí un trabajo fijo en una tienda de ropa del centro y poco a poco salimos adelante.
Pero nunca olvidaré esa sensación de traición doble: primero como mujer engañada y luego como madre abandonada por un sistema que protege demasiado bien a los listos como Sergio.
Hoy miro a Martina dormir y me pregunto: ¿Cuántas mujeres más tendrán que pasar por esto? ¿Cuándo dejarán de protegerse las mentiras y empezaremos a proteger a quienes realmente lo necesitan?
¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar? ¿Creéis que la justicia española protege realmente a las madres solteras o solo a quienes saben esconderse detrás de papeles?